Vidas indígenas: un viaje al pasado

Debo confesar que nos fuimos del Amazonas con un deseo incumplido. Nos convertimos en oyentes de contadores de historias indígenas durante nuestra estancia allá, desde que pisamos Manaus hasta que nos fuimos de Puerto Nariño. Escuchábamos atentos, boquiabiertos y preguntones ante todo lo que nos despertaba curiosidad, que no era poco.

Tras el batiburrillo de información clasificamos las comunidades indígenas, a groso modo, en tres categorías: las  contactadas, las no contactadas, y una categoría intermedia, contactada pero con reservas. Dicho sea de paso, que me perdonen los antropólogos; esta división fue creada con el rigor del que se zambulle en una marea de historias y se hace un esquema mental carente de rigor pero útil, con el fin de entenderlas.

En las comunidades contactadas la cultura del civil, del hombre blanco, se ha adentrado devorando ferozmente tradiciones y estilos de vida; como el virus que, tras invadir la primera célula del cuerpo, se expande sin retroceso. Por ello no es infrecuente ver en las cabañas de estas comunidades, comodidades propias de la era moderna: televisores y móviles, motocicletas, hijos que son enviados a la universidad -quizá uno de cada seis-, tal vez incluso vicios y adicciones como las que causa el alcohol.

 

Niños de la etnia tikuna jugando a fútbol en la comunidad indígena Guanabara III (Amazonas, Brasil).

 

Las no contactadas viven en territorios protegidos por el estado, y está totalmente prohibido a nivel legal que el foráneo se adentre. El osado podría incluso pagar el atrevimiento con la muerte, pues ellos no quieren intrusos en sus tierras, no quieren culturas que acaben engullendo la suya. Quizás en estas comunidades haya personas que ni sepan que existimos, que existen otros estilos de vida ajenos. Es una existencia tan arraigada a lo que la Madre Tierra les ofrece, que se hace sorprendente que hayan sobrevivido intactas y continúen en pie siglos después de la colonización.

Por último está la clase intermedia, que es un mix de ambas. Suelen habitar lejos (a días en barco o a pie) de los principales núcleos de población, y aunque tienen un estilo de vida relativamente inalterado, sus gentes viajan con periodicidad a pueblos o ciudades para proveerse de bienes y servicios. Por lo general, no ven con buenos ojos la presencia de extraños, y si el civil se empeña en querer visitarlas, seguramente tenga que pedir algún permiso de índole legal y convencerlos de antemano.

Aunque pudimos visitar y pernoctar en comunidades contactadas, nos quedamos con las ganas de vivir una experiencia más auténtica. Obvio no íbamos a ser cómplices de tours en lo que te llevan a ver indígenas que comienzan a danzarte fingiendo no entender el portugués, fingiendo tener un estilo de vida que hace tiempo abandonaron o que ni siquiera han llegado a tener. Quizás lo único que los une a esta cultura son una fisionomía común, la sangre de origen. Tampoco queríamos circos al aire libre, en los que se te permite acariciarle la cabeza a un delfín rosado amaestrado que se baña contigo porque sabe que el adiestrador le va a dar un pescado luego. Buscábamos un contacto real, auténtico, pero nos fuimos del Amazonas sin conseguirlo. 

¿Y por qué tanto empeño? Quizás si sois ciudadanos de este bello continente estéis acostumbrados a oír hablar, a ver etnias indígenas. Nosotros, que venimos del otro lado del Atlántico, conocíamos la teoría de los libros de historia o los documentales de televisión. Y la verdad es que, amigos míos, la teoría dista mucho de la experiencia vivida.

 

Esto es, precisamente, la clase de teatro que no buscábamos…

 

Imaginad una cultura en la que los chamanes se reúnen y mambean su poporo durante rituales de reflexión que duran días y días; mambean y mambean, ni comen ni duermen. Pensad en enfermedades terminales incurables que consiguen desaparecer tras meses de tomas de yagé o ayahuasca a modo de tratamiento -pero del de verdad, del que no se adultera-.

Cread en vuestra mente el sonido de lenguas antiquísimas que se han transmitido generación tras generación gracias al don de la palabra dicha, sin registro escrito ni lectura disponible. Deliberad sobre tradiciones tan éticamente controvertidas como las que dan pie a que niñas de 12 años queden embarazadas en relaciones incestuosas porque el padre, los tíos o los hermanos se sienten con la responsabilidad -o el derecho- de introducirlas en las labores del sexo.

Preguntaos si le pediríais a vuestro hermano que se hiciera cargo de vuestras responsabilidades maritales -en todos los aspectos de esta expresión-, para con vuestra esposa e hijos mientras os vais unos días de caza. Imaginad las discusiones de algunos indígenas cuando bajan al pueblo, se quedan mirando la película de ciencia ficción que dan en la tele de la cafetería y comienzan a discutir entre ellos porque creen que el hombre que han visto volar en pantalla o el animal de tres cabezas que echa fuego por la boca existe de verdad.

Trazad en la imaginación siluetas menudas, pieles oscuras y tersas, ojos rasgados, cabelleras de negro azabache, densas y lisas, ropajes de algodón blancos o cuerpos desnudos decorados con pinturas que sacan de plantas y árboles. Haceos una idea del impacto causado por misioneros de religiones evangelistas que tratan de “captar almas” en comunidades indígenas en las que lo más parecido a una religión es la basada en la de los 4 elementos.

Pensad en cómo se desvirtúa la evolución de culturas ancestrales que se ven alteradas por formas de vida en las que hablar a través de un teléfono móvil con alguien que está en la otra punta del mundo dejó de ser un reto hace mucho. Mezclar estas culturas ancestrales con hábitos de vida modernos, es como saltarse siglos de “evolución” de por medio.

 

Niños de la etnia de los cogui en la Sierra Nevada de Santa Marta.

 

Analizad todo esto con una mirada curiosa, intentando vaciar vuestros prejuicios y evitando poner en tela de juicio. Son culturas vivas, paralelas y contemporáneas a la vuestra. ¿En serio no sentís la intriga?

Dicen que todo llega en su debido momento, así que nos fuimos del Amazonas un poco tristes por este deseo no cumplido pero mirando de nuevo hacia todo lo que estaba por venir.

¡Zas! La magia indígena apareció de nuevo en La Guajira, Colombia. Nos gusta decir que descubrimos la otra cara del turismo en Palomino porque, aparte de descansar mucho en la casa y formar una pequeña familia con la gente del hostal, cambiamos los días de Sol y playa por un par de travesías en la Sierra Nevada de Santa Marta. Nos hablaron de un poblado indígena subiendo el río Ancho, a unos 12Km de Palomino, al que con un poco de suerte se podía acceder si llevabas comida como ofrenda y los pillabas de buen talante.

Sin saber muy bien con qué nos íbamos a encontrar, cargamos con la tienda de campaña y comida para unos tres días, y salimos de Palomino. Poco antes de llegar al poblado nos cruzamos con un par de argentinas que nos dijeron que se habían tenido que devolver porque a partir de ahí no dejaban pasar. Digamos que la Sierra es territorio indígena, así que los foráneos no son siempre bienvenidos. Las dos muchachas estaban ligeramente alteradas por el ímpetu con el que se las había “invitado” a marcharse, lo cual ya fue una muestra de que lo que pretendíamos hacer no era del todo fácil.

 

Este es el poblado que está subiendo por Ríoancho.

 

Llegamos al poblado y conseguimos seguir camino más allá dándole algo de dinero a una señora que estaba sentada en la puerta de una de las cabañas -no sé si a modo de vigía o simplemente se encontraba tomando el fresco-.  Como no teníamos tantos paquetes de arroz como personas nos íbamos a cruzar en el camino, nos metimos galletas en los bolsillos y a modo de “por favor déjame pasar” íbamos repartiendo a diestro y siniestro.

Conseguimos subir por el río durante unas 8 horas de caminata, y visto en retrospectiva creo que tuvimos mucha suerte. A partir del primer poblado, solamente vimos a cuatro no indígenas, acompañados por un par de Coguis (etnia predominante subiendo el río Ancho) a modo de tour, que se extrañaban al vernos solos, sin guía.

A media tarde llegamos a un punto en el camino en el que había una extensa familia afuera de la cabaña. Uno de los hijos mayores -después supimos que se llamaba Mateo y tenía 18 años-, al vernos se plantó frente a nosotros mirándonos con los brazos en jarras, y diciendo en un español forzado: “A ver, ¿quiénes son ustedes?, ¿qué hacen aquí?, ¿y quién les ha permitido pasar?”. Inciso: de Mateo me hacía gracia la tendencia que tenía de colocarle a todas las palabras la S al final, aunque estuvieran en singular.

Por fin la reacción que llevábamos 8 horas esperando… Le explicamos como pudimos nuestra trayectoria, y nos dijo que seguir camino a tales horas de la tarde era peligroso. “Nosotros nos sentimos con una obligación para con ustedes. Nos toca hacernos cargo si les pica una serpiente, o se extravían en el camino. Mejor quédense a pasar la noche y ya vemos cómo lo arreglamos”.

Supongo que esperando una buena recompensa, nos dijo las instrucciones que debíamos seguir cuando viniera el padre -ellos dos eran los únicos de toda la familia que hablaban un poco de español-: “Le tienen que decir que me conocieron en Palomino, que somos amigos y que están conociendo el lugar”.

Insistió tanto en esto que nos creamos la expectativa de recibir una mala reacción por parte del padre en cuanto nos viese. Al final, acabamos ayudándoles a pelar yuca, cocinamos y compartimos toda la comida que llevábamos para la cena y el desayuno del día siguiente.

 

En la foto el padre de la familia Cogui con la que estuvimos.

Mientras montábamos la tienda de campaña y sacábamos nuestras cosas nos hacían círculo boquiabiertos. Más de 10 pares de ojos expectantes a todos los objetos extraños que llevábamos… Parecía que no sólo nosotros estábamos descubriendo otra cultura.

Esa noche fue intensa porque después de cenar nos sentamos a conversar alrededor del fuego con el padre, Mateo -quien se quedó dormido rápidamente-, uno de sus hermanos y un par de chiquillos. Recuerdo que uno de ellos se tumbó a mi lado, al fuego, y se reía inocentemente con las cosquillas que mis dedos trazaban en su brazo. Imagínense la situación. Nos preguntaron asombrados cómo es que con nuestra edad aún no teníamos hijos, y se sorprendieron aún más al descubrir que tal vez tenerlos para nosotros era una opción, no una imposición.

A la mañana siguiente Mateo salió de la cabaña con una larga lista de cosas que querían que les comprásemos. (Aclaración: aunque casi ninguno hablaba español, se notaba que Mateo estaba avispado con respecto a la ley del comercio y el regateo). Un poco entre risas le dijimos que todo eso no podíamos comprarles: “Mateo, a ver si nos va a salir la noche más cara que en un hotel 5 estrellas”, así que acabamos pactando que compraríamos en Ríoancho lo que considerásemos oportuno. El hermano mayor nos alcanzaría en el camino para recoger la compra.

 

Acampamos al lado de la cabaña de la familia Cogui.

Mientras tanto, mandaron con nosotros a un peladito, un muchachito de unos 5 años que se hizo las 6h de bajada sin zapatos, a un ritmo incansable y con dos saquitos cruzados en los que llevaba plátanos para comer durante el camino. El muchachito solamente hablaba cogui, y cada vez que se tropezaba con una piedra en el camino y se hacía sangre en el dedo, nos daba una ternura implacable.

En el camino de bajada nos paró un señor con un recelo inquisitivo. Nos hizo gran cantidad de preguntas: que cómo habíamos conseguido pasar sin permiso, dónde habíamos dormido, a quién conocíamos, qué hacíamos allá. Le digo a Sergio: “Nos lo llegamos a encontrar ayer y no pasamos”. Mateo nos dio información suficiente antes de salir de la casa como para aplacar en cierta medida semejante interrogatorio, pero nos apresuramos a concluir conversación diciéndole que teníamos prisa por bajar y que nos íbamos ya. 

La familia nos había colocado a los dos unas pulseras de hilo blanco y detalle en rojo en el brazo derecho. Después supimos que son pulseras de protección, y que no las comparten con todo el mundo. 

Este muchachito, Mariano, es el que nos acompañó durante el camino de vuelta.

Llegamos al pueblo, donde se supone que debíamos reunirnos con el hermano mayor. Esperamos frente a la tienda un rato, y tras charlar con el dueño -“Ah, yo los conozco. De vez en cuando vienen a comprar aquí”- y viendo que no aparecía nadie, le puse un billete en la mochilita al niño, repitiéndole unas cuentas veces el nombre de Mateo. El niño asintió, y con un poco de pesar lo dejamos con el señor de la tienda bebiendo gaseosa y comiendo pan.

Lo que yo diga, el intercambio cultural más berraco (como dicen aquí) de mi vida. Deseo cumplido.

 

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