Ubatuba, Paraty y donde el río Mambucaba se junta con el mar

Nada más inspirador que un baño matutino en la playa tras una tormenta eléctrica nocturna. Es lo que tiene el clima tropical: por la noche parece que la llegada del Apocalipsis sea inminente; por el día te despiertas y todo está como si nada. El Sol fuera, las calles casi secas y el mar plano como una tabla rasa.

Lo último que me vino a la mente aquella noche, antes de dormirme nuevamente, y tras despertarme sobresaltada por los destellos de los relámpagos, y el sonido de los truenos (dormíamos en tienda de campaña), fue el recuerdo de una monitora que tuve de pequeña. La recordé partiendo limones y colocándolos en los extremos de la tienda, con el fin de disuadir a cualquier rayo caprichoso.

Yo estaba en un campamento en el Pirineo Aragonés, y tenía unos 9 o 10 años. Aquel verano aprendí que el metal atrae a los rayos, y que en plena tormenta un árbol es mal refugio, por lo que Sergio y yo estábamos en una situación de pena. “Tendremos que comprar limones”, creo que le susurré adormecida. Pero antes de contaros lo que nos llevó a acampar en el jardín de esa casa, guardada por un casero de apellido Banana, debemos poneros al día.

No vayamos a comenzar la historia por el final.

 

Ubatuba y Paraty son dos lugares costeros de visita obligatoria, si uno se encuentra próximo a estos lares.

En Ubatuba trabajamos durante una semana en el jardín de una familia con tres churumbeles y una preciosa perrita llamada Nina. El trabajo era, algunos días, bastante pesado: tareas de desbroce, allanamiento de suelo, incluso arrancamos un par de árboles (bueno, lo cierto es que de esta tarea me desentendí mientras pintaba un muro en el jardín… Pobre Sergio). Aun así, el padre de familia trabajaba con nosotros, por lo que no nos sentíamos exactamente como Kunta Kinte, nos preparaban la comida a diario, y el jardín era una gozada para los cinco sentidos.

 

Praia do Cachadaço
Eva peleándose con las olas de Praia do Cachadaço, Trindade (Estado de Río de Janeiro).

 

Las tardes en que había Sol y ganas, nos íbamos un rato a las playas vecinas a hacer el parguela con una vieja tabla de surf. En el primer instante en que pones el pie en el mar de las playas de Ubatuba (o de Brasil en general), te das cuenta de lo mal acostumbrados que nos ha tenido siempre el Mediterráneo. Entrar y salir se convirte en una carrera contrarreloj: entra cuando la ola acabe de romper, sal antes de que empiece a formarse la siguiente, sortea en la medida de lo posible la succión de la corriente.

Una vez te has metido airosa, quizás veas que se aproxima una ola de un tamaño algo incómodo. Echas mano pues, de lo que has visto que hacen los surferos cuando nadan contracorriente, y la esquivas zambulléndote por debajo de ella. Si por alguna razón te pilla desprevenida, entonces la ola te pega tal viaje que te sientes como una muñeca de trapo en una lavadora. Pero bueno, como una vez al año no hace daño…

A la próxima procurarás no volver a tragar agua de mar.

 

A Ubatuba le siguió una visita express a Paraty. De esta histórica y pintoresca ciudad tan solo haré un par de comentarios: tiene playas de infarto en islotes próximos, a los que es posible acceder en lancha, y si esperas a cierta hora del día, quizás veas cómo la subida del nivel del mar inunda parte de sus calles. “Sirve para purificarlas”, dicen por acá.

Una imagen de postal de la Venecia Latina.

 

Paraty
Subida del nivel del mar en Paraty (Estado de Río de Janeiro).

Pues bien, llegó el día previo a la noche de tormenta que os comentaba antes. Salimos de casa con la idea de pegar una carona a Angra dos Reis (hacer autoestop). Era un mundillo que aún nos resultaba ajeno y, deseosos de probar más experiencias, lo intentamos.

Hacíamos rondas de 10 minutos cada uno, y en la tercera, para un auto. Nos dice el chico que va a una playa a 10 km. Decidimos montarnos, y acabamos pasando el mediodía y parte de la tarde con él y su prima. Nos invitan a cervezas, comida y algo de macoña, que viene a ser hierba (“No gracias, no fumamos”). Resulta que el chico tiene un gusto exquisito para la música (cuidado, ¡exquisito en portugués significa extraño!).

Un regalazo de tarde, vamos.

 

Prainha
Amigo espontáneo que decidió pasar la tarde con nosotros.

 

Lo que tiene viajar, y más hacerlo así, es que te despiertas sin tener ni idea de qué te deparará el día. Conoces a gente en el camino con la que compartes un rato, una tarde, o unos días. Te despides sabiendo que posiblemente no los vayas a volver a ver (¿o sí?, quién sabe), pero esto no te entristece, porque te han aportado exactamente lo que necesitabas en ese momento.

Que no te sintieras como una extraña en un país que no es el tuyo.

 

Nos despedimos y acabamos, un par de autobuses, algún que otro kilómetro a pie, y un susto que casi me cuesta un disgusto (maldito pasaporte… Y qué cabeza la mía), en la playa que veis a continuación. Conocemos al ya mencionado señor Banana, al que preguntamos si podemos acampar en el jardín de la casa que guarda. Nos ofrece más que un rato de su tiempo… Qué difícil es seguir su consejo: “O Brazil é um país muito perigoso, ser cuidadoso… Não confie nas pessoas”, si todo lo que hemos recibido de aquí, hasta el momento, ha sido hospitalidad.

Y a continuación, noche de tormenta.

 

río Mambucaba
Sergio contemplando el atardecer antes de acampar, donde el río Mambucaba se junta con el mar.
Si te gusta... ¡COMPARTE!Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn