Sueños amazónicos en un orfanato

Aquella noche, de camino a Villa de Leyva, habíamos decidido pasarla en un hostel al que llamamos, sin malicia y en una pequeña broma privada, “el Orfanato”. Nuestra habitación era una sucesión de literas alienadas en cuyas camas, el huésped debía apilar como mínimo unas tres mantas y dormir acurrucado para paliar el frío andino de la región. 

El hostel estaba decorado con muebles como de rastro; algo ajados, de estilos que nada tenían que ver unos con otros. Pero estaba limpio, bien ordenado, y esa congregación de muebles que -me atrevo a apostar- habrían vivido independientemente una vida pasada -una casa, un bar, incluso una oficina-, descansaban en armonía, confiriéndole al lugar el aura propia de quien arregla su casa con cariño, como buenamente puede. Con humildad, dignidad e ilusión.

Yo normalmente no sueño; o mejor dicho, cuando me levanto, no acostumbro a recordar las inquietudes en las que mi mente ha estado trabajando unas horas antes. 

Un día, conversando con una amiga, me dijo que ella soñaba mucho. Casi todos los días, se despertaba con una historia diferente. Me preocupé tanto, que lo primero que hice tras zanjar conversación fue meterme en internet y buscar información: “¿Será que sufro algún bloqueo neurológico o emocional y por eso no recuerdo los sueños?”. Qué sé yo. Pero no, el hecho de que no recordemos lo que soñamos tiene relación con la fase del sueño en la que estás cuando te despiertas. Lo cual, para mí, fue un alivio.

No sé qué hora de la madrugada sería, cuando entró en la habitación un muchacho que dormía en una de las literas. El tipo tenía un hipo tan incontenible, que aunque se esforzaba en disimularlo no lo conseguía -era sábado, así que lo más probable es que viniera contento de rumbear-, y justo me despertó en una fase del sueño bien propicia, porque  recordaba exactamente lo que había estado soñando unos segundos antes.

Atardecer en el río Solimões. No era aquí, ni a estas horas del día, pero sive.

Estaba en un río que bien podría ser alguno de los afluentes del Amazonas. A ambos lados, una espesa e intransitable selva delineaba el cauce. Dentro del río, pequeños grupos de personas caminaban con el agua hasta la cintura, como conversando entre ellas tranquilamente. Estas personas, habían formado parte de mi vida en algún momento -o seguían formando parte, claro-. El agua del río era negra a causa de la tinción de las raíces de las plantas, pero esto sólo hacía más bello el paisaje.

Y yo nadaba; nadaba con los brazos extendidos hacia delante, moviendo sinusoidalmente el cuerpo, como si fuera una sirena. Pero no era una sirena, era un delfín rosado como los de Puerto Nariño, que tantas leyendas han despertado entre los pueblos indígenas del Amazonas. Saltaba como ellos hacen, me volvía a sumergir, y la corriente del río me llevaba a su favor haciendo que no me costara esfuerzo nadar. Me divertía. Y cuando pasaba al lado de estos pequeños grupos de personas, los invitaba a nadar conmigo: “Pruébenlo, es bien fácil. La corriente los lleva con el río”.

El delfín rosado (Inia geoffrensis) se distribuye por la cuenca del Amazonas, la del río Madeira en Bolivia y la del Orinoco.

Y ya no recuerdo más, tan sólo despertarme como quien justo acaba de hacer algo que le gusta mucho. 

A la mañana siguiente, Sergio me contó que también él había soñado con el Amazonas. ¿Qué tendrá esta parte del mundo, que conecta a las personas oníricamente y hace que la recordemos incluso después de haber marchado?

Os invitamos a que nos dejéis vuestros comentarios, pues siempre nos alegra recibirlos; y si alguien tiene alguna hipótesis, idea o sugerencia para explicar el significado de este sueño, que muy bienvenida sea ;).

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