Eva Giner

Eva
¡Esta soy yo!

Describirse a uno mismo es una tarea bien complicada. Me gustaría poder verme a través de ojos ajenos para ofrecer una descripción más justa sobre mí misma. Sin embargo, os advierto de que, como todo hijo de vecino y casi de forma inconsciente, agrandaré virtudes y empequeñeceré defectos; y esta descripción se convertirá inevitablemente en una oda al egocentrismo. Pido disculpas de antemano. Comenzaré primero por la parte fácil: la parte formal.

Me llamo Eva Giner y tengo 27 años. Nací y me crié en tierras valencianas, a la vera del Mediterráneo, y nunca me he sentido tan española como estando lejos de casa. No se trata de un sentimiento de patriotismo ni añoranza; me considero tan ciudadana del mundo como ayer y, posiblemente, mañana. Pero aprendí que mis raíces conforman inexorablemente la base que me convierte en lo que soy hoy. 

Tengo un título por ahí que dice que soy licenciada en Ciencias Ambientales: una carrera multidisciplinar que te viene como anillo al dedo cuando muchas son las cosas que te entusiasman, pero pocas las que te enamoran. Terminada la universidad encontré (o él me encontró a mí), un trabajo como auditora en investigación con agroquímicos, del que aprendí durante 3 años, y comencé, en paralelo, un posgrado en Bioestadística que no descarto retomar algún día. Un día decidí que viajar un mes al año no era suficiente.

Y aquí es donde empieza la parte informal. Me gusta verme a mí misma como una persona fuerte, independiente y segura de sí misma. Una guerrera. Pero lo cierto es, que soy dos caras de una misma moneda que va cambiando según el momento, el día, o la época del año: habladora y ensimismada, tímida y desvergonzada, reflexiva e impulsiva, sociable y solitaria.

En ocasiones dicen que albergo dos personas en un mismo cuerpo: una es calmada y tranquila, y le gusta sentarse a contemplar el mar; la otra vive rápido y está siempre activa, pensando que cada segundo que pasa ya no vuelve. La primera se esfuerza en educar a la segunda, y trata de limarle un defecto que le viene de cuna: la impaciencia.

Advierto en el “no saber qué viene después” un encanto que engancha, y curiosamente, las decisiones que me cambian la vida son las que menos me cuesta tomar.

Me gusta refugiarme en el deporte y la lectura, y convertir los viajes en descubrimientos gastronómicos. Pasar tiempo al aire libre y perderme en paisajes que acabo de descubrir y que no sé si volveré a ver. Reflexiono a diario, casi sin querer; y con frecuencia centro tanta atención en lo que hago que pierdo la noción del tiempo. Tengo una lista de “Cosas que me gustaría hacer antes de morir” que voy ampliando día tras día, y un perro, Mus, que me gana sólo con mirarme.

Descubrí en Sergio mucho más que el compañero de viaje perfecto; la otra mitad de mi puzzle de dos piezas. Siempre encuentro en los cambios algo positivo, y creo adaptarme a las circunstancias con facilidad; quizás por eso veo en la palabra resiliencia algo poético. Me cuesta poco conciliar el sueño y dormir profundamente.

Y me encanta aventurarme, porque hace que me sienta viva. Ojalá que algún día despierte con más de 80 años y la sensación de haber vivido mucho.

Podría hablar también de que soy despistada, algo tozuda y, a veces, un poco frívola. Pero los defectos los dejo mejor para otro post 😉 .