Sobre café y otras cosas

Veintiséis años desmarcándome con orgullo del grupo de “gente que precisa de al menos una dosis de café diaria para sobrevivir”, y vengo a Brasil, y me engancho. Como diría mi abuela por parte de padre, nada como un café aguachirri (es decir, bien aguado), con mucho azúcar y un poco de leche por las mañanas. Lo de la leche es un añadido mío, ella es intolerante a la lactosa. Aparte de estar delicioso, es un vuelo directo, sin escalas ni retrasos, al w.c. Y yo, que desde que nací he sido de intestino reprimido, o lo que es lo mismo, he tenido una molesta e ingrata tendencia al estreñimiento, me lo tomo cual bálsamo destinado a espantar malos espíritus.
 
café

Por esto mismo, cuando viene el momento, si es que viene, me desvivo buscando un baño y me lleno de felicidad cuando lo encuentro, aunque las condiciones sean una apología a la suciedad y la indigencia. No sabéis lo feliz que puede llegar a hacerte llevar un rollo de papel higiénico encima. Recuerdo que cuando preparé mi mochila para este viaje, hice una foto que mandé al grupo de WhatsApp que tengo con unos buenos amigos que conocí en la universidad. Uno me dijo,”¿vas a llevarte papel higiénico?, ¿en serio?”. Desde entonces, cada vez que me veo en una de estas me acuerdo de ese momento (¡saludos desde aquí!).

baño público

Esta vez el escatológico incidente tuvo lugar en el baño de un barco, con el que cruzábamos desde São Luís hasta Alcântara, Estado de Maranhão, Brasil, con la amiga, de la novia, de un amigo de Sergio que bien nos acogió en su casa un par de días (lo siento, no he tenido forma de simplificar la relación que nos une). Nos recibió, me atrevería a decir, con un mimo que rozaba casi lo maternal, de verdad. Me sentí muy cuidada. (¿Os he dicho ya que adoro al pueblo brasileño?).

Pues bien, optimismo efervescente cuando entré a unos baños con olor a limpio, papel higiénico, y jabón de manos. ¿Qué más se puede pedir en un momento como ese?. Una ejecución rápida, yo diría que casi perfecta. Busqué la cadena del w.c. con intriga, pues el mecanismo va variando ligeramente de un país a otro, de un estado a otro, de un medio de transporte a otro. Vi una rosca circular con un letrero incrustado: “fechado” en portugués, “cerrado” en castellano, al que le acompañaban unas flechas en el sentido de las agujas del reloj. Me deslicé placenteramente hacia el autoengaño de quien se siente astuto y no lo es, e intenté moverlas en el sentido contrario con el anhelo de despedirme por siempre del desayuno de la mañana: pan gomoso, puré de maíz y café con leche. Me embarqué en un pulso, mano a mano, con la rosca circular de la cañería, y no conseguí moverla ni un ápice.

Salí del baño, algo despeinada y con el parar de quien algo trama, en busca de una idea que me sacara del apuro. Vi entonces un cubo con productos de limpieza que saqué de dentro con ávida rapidez, con la intención de llenarlo de agua antes de que alguien viniera. Desgraciadamente, la pila de manos era circular y chata, y este hecho me hizo fracasar estrepitosamente. “¿Qué hago?, Qué hago?”, “Anda, si aquí hay una puerta cerrada. A ver si encuentro dentro una ducha para llenar el cubo”, me dije conversando conmigo misma (es que aquí muchos baños tienen también duchas). Nada, era un aseo para minusválidos, con una cañería y una rosca igual a la que me estaba a mi dando tal quebradero, sólo que más nueva y reluciente.

Admito que se me pasó varias veces por la cabeza dejarle un regalo navideño al que entrara detrás. “Pero oye, que siempre te indigna ver cómo se dejan los demás el baño, no vayas a ser ahora tú igual”. Entonces presiono la rosca y… Voilà. Consigo tirar de la cadena. Tantos años de evolución humana para esto… En fin, que salí de los aseos con aire triunfal, y tomé de nuevo asiento como si nada. Sergio me miraba y sonreía. Se olía algo, espero que sólo metafóricamente.

Conclusión: me encanta, y escribo encanta en negrita y subrayado, la sencillez de la vida.

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