Cumplimos medio año de viaje en el PN Corcovado (Costa Rica)

El día 6 de abril de 2017 cumplíamos 6 meses desde el inicio de nuestra vida itinerante. Una repentina sucesión de hechos nos había invitado a cambiar los planes de viaje en el último momento: inundaciones en el sur de Colombia, desastres naturales en el litoral de Perú, y una visita inesperada a Cuba por parte de familiares y amigos en mayo y julio.

Estos fueron los desencadenantes principales de que, partiendo de nuestra base en Manizales (Colombia), nos encaminásemos rumbo a Centroamérica dejándonos, por tanto, el resto de Sudamérica pendiente para otra ocasión.

Teníamos un total de 46 días para salvar la distancia Cancún-Ciudad de Panamá a dedo, lo que nos dejaba un promedio de una semana  por país (Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala y  el ala sureste de México). Recortaríamos en algunos países y ampliaríamos en otros.

Siguiendo esta premisa conseguimos salir de Panamá en 3 días.

Los que nos conocéis ya sabéis que no nos gusta viajar con prisas, pero el vuelo Cancún-la Habana estaba fijado y comprado, así que no había posibilidad de negociación. Costa Rica encajaba en nuestros planes, pero no en nuestro presupuesto. Sin embargo, el Corcovado es a los amantes de la naturaleza y la biodiversidad lo que la Meca a los musulmanes, así que simplemente no podíamos pasarlo de largo.

Haciendo autostop Corcovado
Acercándonos al PN Corcovado

Una precaria conexión a Internet nos hizo dar con el nombre que buscábamos: Puerto Jiménez. Puerto Jiménez es el último pueblo antes de la entrada al parque. En este núcleo de aproximadamente 9000 habitantes, es donde se contratan las excursiones y se provee uno de los servicios necesarios antes de perderse en plena naturaleza.

Con ciertas complicaciones -en zona franca son habituales los controles policiales, y la gente no se siente cómoda subiendo a autoestopistas-, finalmente conseguimos llegar al pueblo a mediodía. Antes incluso de sentarnos a acallar el rugir de nuestros estómagos hambrientos, entramos a una tour operadora a preguntar cuánto costaban las excursiones al Parque Nacional del Corcovado. Los precios que obtuvimos fueron siempre superiores a los 190 dólares por persona, por dos días de excursión, comidas aparte.

Si uno trabaja todo el año y quiere unas vacaciones por todo lo alto, adelante: páguelo. Pero actualmente nosotros vivimos así, y estamos cada dos por tres llegando a sitios en los que "merece la pena" dejarse un riñón porque tienen algo que los convierte en únicos.

Total, que nosotros tantos riñones no tenemos, y no podemos invertir en dos días lo que nos gastamos en veinte.

Querer, es poder

Sin embargo, dicen que querer es poder, y aunque ya nos advirtieron de que desde hace unos años no se puede entrar al parque sin guía (cuestión de seguridad, dicen), nos enfilamos camino al Parque Natural del Corcovado de todas formas.

Desde Puerto Jiménez y hacia la entrada del parque, solamente hay dos pequeños núcleos con hoteles y algo de movimiento turístico (muy tranquilo en esta temporada): Matapalo, a 24 km de Puerto Jiménez, y Carate, a 24 km más desde Matapalo. El último bus (acá llamado "el colectivo"), ya había pasado, y aunque nos dijeron que durante ese trayecto la gente no para a los autoestopistas (intuimos que por afianzar el negocio del transporte y las tour operadoras), nos lanzamos a por ello.

Andando por la playa
Andando por la playa en las inmediaciones del parque

Camina que te camina, y suda que te suda durante buen rato.

En Costa Rica el frío no te mata, pero quizás sí una deshidratación de narices. Pasaron muchos coches, y efectivamente ninguno paraba. Al final, creo que fuimos creando tal mueca de desespero en el rostro que nos paró una familia de costarricenses que se dirigían hacia Matapalo.

Una adolescente en la parte trasera con los cascos puestos, una mujer en el asiento del copiloto algo arisca, y un señor al volante al que le preguntamos si podíamos subir, y que creo que nos hubiese dicho que no, si no le hubiésemos removido la conciencia. Tarea fácil.

Algunas veces los coches nos suben y notamos en el ambiente cierta incomodidad, un ambiente hostil, porque están expectantes por saber quiénes somos, de dónde venimos, y de qué vamos.

Comencé a charlar como si no hubiese mañana y a explicar a grandes rasgos nuestra trayectoria en la vida. Poco a poco creo que nos fuimos ganando su simpatía: la adolescente se quitó los cascos a modo de "estos dos molan", la mujer en principio arisca comenzó a introducirse con comentarios cómplices, y el señor tomó la postura de oyente atento.

Aquella noche acampamos en una bonita playa con -dato MUY importante- duchas de agua dulce. Al día siguiente emprendimos de nuevo camino, queriendo llegar a la entrada al parque. Y si el día anterior fue duro... Este fue ya tremendo. Pasaban coches con turistas gringos al volante. Y ninguno paraba. Algún costaricense sí lo hizo, alegando no poder subirnos: "Trabajamos en un hotel de acá y el dueño (gringo, obvio), no nos deja subir a nadie en el carro".

Fuimos autoencizañándonos y creando una especie de rencor reivindicativo hacia estos norteamericanos, que no venían sino a hacer lo que consideramos una colonización silenciosa: compran tierras, montan negocios, suben los precios hasta las nubes y encima no te suben al carro cuando te ven haciendo autoestop. Conclusión: los extranjeros tienen más facilidades para conocer una joya como el Corcovado, que los propios costaricenses -situación que sabemos que se repite en tantos otros lugares-.

Durante este trayecto de penitencia que al final se convirtió en un río de emociones intensas, nos preguntamos también sobre la naturaleza humana. Yo le decía a Sergio: "No les estamos pidiendo dinero, a la vista está que tenemos menos peligro que Dora la Exploradora (esas cosas se intuyen). Nos están viendo sufrir con este peso tremendo, y sudar a pleno Sol. Obviamente se dirigen hacia donde nosotros, que es la única dirección que hay."

¿Quién sino una mala persona pasa de largo sin más?

Entrado al PN Corcovado
Entrado al PN Corcovado

Todo pasa por algo

Nos sentamos a descansar. Algunos coches más pasaron pero ya no teníamos ganas ni de levantar el dedo... Y cuando al rato estábamos superando la ola del resentimiento, para un carro. Era una pareja de estadounidenses que estaba de vacaciones, Chino y Megan. El feeling entre los cuatro fue instantáneo, y Chino pasó de decir "Estamos buscando la casa que hemos alquilado por tres días, que está cerca. Pero no os vamos a dejar aquí... Os llevaremos hasta Carate", a directamente invitarnos a pasar con ellos la noche: "Os quedáis en la casa, os va a encantar. Y mañana os llevamos a Carate". Nos miramos sonrientes y aceptamos inmediatamente.

Llegamos a la casa y... Directamente nos quedamos sin palabras. Enfrente del mar, con piscina, dos plantas, una cama de nubes para nosotros solos, naturaleza in vivo en el jardín y lujo en cada rincón.

Para que os hagáis una idea: el retrete tenía un mando a distancia donde podíamos programar función de lavado (delantero y/o trasero) y secado. Pasamos un total de 24 horas magníficas con ellos, y nos tomamos unas copas de vino después de cenar a modo de celebración. ¿Os dije ya que ese día cumplíamos 6 meses desde el comienzo de nuestra vida itinerante?

Regalo de meseversario (¡aniversario del mes!)

Lo más gracioso de todo es que cuando Chino y Megan nos recogieron, se habían pasado la casa de largo. Resultó que la casa estaba justo al lado de donde habíamos acampado la noche anterior, así que un día después nos encontrábamos durmiendo casi en el mismo lugar pero, obviamente, en unas condiciones muy diferentes. Cosas de la vida.

Sergio descansando en la cama de nubes
Sergio descansando en la cama de nubes

Nos ofrecieron quedarnos una noche más con ellos, pero apremiados por el poco tiempo y las muchas ganas de explorar el Corcovado, decidimos seguir camino. Nos despedimos de ellos en Carate, y tras regalarles un par de pertenencias personales a modo de "recordad este encuentro", hicimos una pequeña caminata de 3km de trekking hasta la entrada misma al Parque.

Llegados a la entrada, nos dijeron lo que ya sabíamos: que sin guía no estaba permitido el paso.

A estos precios, naturaleza para ricos 😉

Aún así no nos importó, porque aunque nos faltó el deseado oso perezoso, vimos monos aulladores, monos araña, capuchinos, saimiris, coatís, guacamayos, osos hormigueros, tucanes y zopilotes en plena naturaleza. Según nos dijo una chica canadiense que conocimos a la vuelta: "Tal vez se vean tantos animales en las inmediaciones al parque, como dentro del mismo".

 

mono colgando

Mono colgando en el PN Corcovado

Guacamayo en PN Corcovado

Guacamayo

Oso hormiguero

Oso hormiguero

Coatí

Mono colgando en el PN Corcovado

Seguimos en nuestro afán de compartir experiencias y reivindicar que descubrimiento y dinero no siempre van de la mano.

¡Atentos al plan B, que si se quiere, se puede!

Vidas indígenas: un viaje al pasado

Debo confesar que nos fuimos del Amazonas con un deseo incumplido. Nos convertimos en oyentes de contadores de historias indígenas durante nuestra estancia allá, desde que pisamos Manaus hasta que nos fuimos de Puerto Nariño. Escuchábamos atentos, boquiabiertos y preguntones ante todo lo que nos despertaba curiosidad, que no era poco.

Tras el batiburrillo de información clasificamos las comunidades indígenas, a groso modo, en tres categorías: las  contactadas, las no contactadas, y una categoría intermedia, contactada pero con reservas. Dicho sea de paso, que me perdonen los antropólogos; esta división fue creada con el rigor del que se zambulle en una marea de historias y se hace un esquema mental carente de rigor pero útil, con el fin de entenderlas.

En las comunidades contactadas la cultura del civil, del hombre blanco, se ha adentrado devorando ferozmente tradiciones y estilos de vida; como el virus que, tras invadir la primera célula del cuerpo, se expande sin retroceso. Por ello no es infrecuente ver en las cabañas de estas comunidades, comodidades propias de la era moderna: televisores y móviles, motocicletas, hijos que son enviados a la universidad -quizá uno de cada seis-, tal vez incluso vicios y adicciones como las que causa el alcohol.

 

Niños de la etnia tikuna jugando a fútbol en la comunidad indígena Guanabara III (Amazonas, Brasil).

 

Las no contactadas viven en territorios protegidos por el estado, y está totalmente prohibido a nivel legal que el foráneo se adentre. El osado podría incluso pagar el atrevimiento con la muerte, pues ellos no quieren intrusos en sus tierras, no quieren culturas que acaben engullendo la suya. Quizás en estas comunidades haya personas que ni sepan que existimos, que existen otros estilos de vida ajenos. Es una existencia tan arraigada a lo que la Madre Tierra les ofrece, que se hace sorprendente que hayan sobrevivido intactas y continúen en pie siglos después de la colonización.

Por último está la clase intermedia, que es un mix de ambas. Suelen habitar lejos (a días en barco o a pie) de los principales núcleos de población, y aunque tienen un estilo de vida relativamente inalterado, sus gentes viajan con periodicidad a pueblos o ciudades para proveerse de bienes y servicios. Por lo general, no ven con buenos ojos la presencia de extraños, y si el civil se empeña en querer visitarlas, seguramente tenga que pedir algún permiso de índole legal y convencerlos de antemano.

Aunque pudimos visitar y pernoctar en comunidades contactadas, nos quedamos con las ganas de vivir una experiencia más auténtica. Obvio no íbamos a ser cómplices de tours en lo que te llevan a ver indígenas que comienzan a danzarte fingiendo no entender el portugués, fingiendo tener un estilo de vida que hace tiempo abandonaron o que ni siquiera han llegado a tener. Quizás lo único que los une a esta cultura son una fisionomía común, la sangre de origen. Tampoco queríamos circos al aire libre, en los que se te permite acariciarle la cabeza a un delfín rosado amaestrado que se baña contigo porque sabe que el adiestrador le va a dar un pescado luego. Buscábamos un contacto real, auténtico, pero nos fuimos del Amazonas sin conseguirlo. 

¿Y por qué tanto empeño? Quizás si sois ciudadanos de este bello continente estéis acostumbrados a oír hablar, a ver etnias indígenas. Nosotros, que venimos del otro lado del Atlántico, conocíamos la teoría de los libros de historia o los documentales de televisión. Y la verdad es que, amigos míos, la teoría dista mucho de la experiencia vivida.

 

Esto es, precisamente, la clase de teatro que no buscábamos…

 

Imaginad una cultura en la que los chamanes se reúnen y mambean su poporo durante rituales de reflexión que duran días y días; mambean y mambean, ni comen ni duermen. Pensad en enfermedades terminales incurables que consiguen desaparecer tras meses de tomas de yagé o ayahuasca a modo de tratamiento -pero del de verdad, del que no se adultera-.

Cread en vuestra mente el sonido de lenguas antiquísimas que se han transmitido generación tras generación gracias al don de la palabra dicha, sin registro escrito ni lectura disponible. Deliberad sobre tradiciones tan éticamente controvertidas como las que dan pie a que niñas de 12 años queden embarazadas en relaciones incestuosas porque el padre, los tíos o los hermanos se sienten con la responsabilidad -o el derecho- de introducirlas en las labores del sexo.

Preguntaos si le pediríais a vuestro hermano que se hiciera cargo de vuestras responsabilidades maritales -en todos los aspectos de esta expresión-, para con vuestra esposa e hijos mientras os vais unos días de caza. Imaginad las discusiones de algunos indígenas cuando bajan al pueblo, se quedan mirando la película de ciencia ficción que dan en la tele de la cafetería y comienzan a discutir entre ellos porque creen que el hombre que han visto volar en pantalla o el animal de tres cabezas que echa fuego por la boca existe de verdad.

Trazad en la imaginación siluetas menudas, pieles oscuras y tersas, ojos rasgados, cabelleras de negro azabache, densas y lisas, ropajes de algodón blancos o cuerpos desnudos decorados con pinturas que sacan de plantas y árboles. Haceos una idea del impacto causado por misioneros de religiones evangelistas que tratan de “captar almas” en comunidades indígenas en las que lo más parecido a una religión es la basada en la de los 4 elementos.

Pensad en cómo se desvirtúa la evolución de culturas ancestrales que se ven alteradas por formas de vida en las que hablar a través de un teléfono móvil con alguien que está en la otra punta del mundo dejó de ser un reto hace mucho. Mezclar estas culturas ancestrales con hábitos de vida modernos, es como saltarse siglos de “evolución” de por medio.

 

Niños de la etnia de los cogui en la Sierra Nevada de Santa Marta.

 

Analizad todo esto con una mirada curiosa, intentando vaciar vuestros prejuicios y evitando poner en tela de juicio. Son culturas vivas, paralelas y contemporáneas a la vuestra. ¿En serio no sentís la intriga?

Dicen que todo llega en su debido momento, así que nos fuimos del Amazonas un poco tristes por este deseo no cumplido pero mirando de nuevo hacia todo lo que estaba por venir.

¡Zas! La magia indígena apareció de nuevo en La Guajira, Colombia. Nos gusta decir que descubrimos la otra cara del turismo en Palomino porque, aparte de descansar mucho en la casa y formar una pequeña familia con la gente del hostal, cambiamos los días de Sol y playa por un par de travesías en la Sierra Nevada de Santa Marta. Nos hablaron de un poblado indígena subiendo el río Ancho, a unos 12Km de Palomino, al que con un poco de suerte se podía acceder si llevabas comida como ofrenda y los pillabas de buen talante.

Sin saber muy bien con qué nos íbamos a encontrar, cargamos con la tienda de campaña y comida para unos tres días, y salimos de Palomino. Poco antes de llegar al poblado nos cruzamos con un par de argentinas que nos dijeron que se habían tenido que devolver porque a partir de ahí no dejaban pasar. Digamos que la Sierra es territorio indígena, así que los foráneos no son siempre bienvenidos. Las dos muchachas estaban ligeramente alteradas por el ímpetu con el que se las había “invitado” a marcharse, lo cual ya fue una muestra de que lo que pretendíamos hacer no era del todo fácil.

 

Este es el poblado que está subiendo por Ríoancho.

 

Llegamos al poblado y conseguimos seguir camino más allá dándole algo de dinero a una señora que estaba sentada en la puerta de una de las cabañas -no sé si a modo de vigía o simplemente se encontraba tomando el fresco-.  Como no teníamos tantos paquetes de arroz como personas nos íbamos a cruzar en el camino, nos metimos galletas en los bolsillos y a modo de “por favor déjame pasar” íbamos repartiendo a diestro y siniestro.

Conseguimos subir por el río durante unas 8 horas de caminata, y visto en retrospectiva creo que tuvimos mucha suerte. A partir del primer poblado, solamente vimos a cuatro no indígenas, acompañados por un par de Coguis (etnia predominante subiendo el río Ancho) a modo de tour, que se extrañaban al vernos solos, sin guía.

A media tarde llegamos a un punto en el camino en el que había una extensa familia afuera de la cabaña. Uno de los hijos mayores -después supimos que se llamaba Mateo y tenía 18 años-, al vernos se plantó frente a nosotros mirándonos con los brazos en jarras, y diciendo en un español forzado: “A ver, ¿quiénes son ustedes?, ¿qué hacen aquí?, ¿y quién les ha permitido pasar?”. Inciso: de Mateo me hacía gracia la tendencia que tenía de colocarle a todas las palabras la S al final, aunque estuvieran en singular.

Por fin la reacción que llevábamos 8 horas esperando… Le explicamos como pudimos nuestra trayectoria, y nos dijo que seguir camino a tales horas de la tarde era peligroso. “Nosotros nos sentimos con una obligación para con ustedes. Nos toca hacernos cargo si les pica una serpiente, o se extravían en el camino. Mejor quédense a pasar la noche y ya vemos cómo lo arreglamos”.

Supongo que esperando una buena recompensa, nos dijo las instrucciones que debíamos seguir cuando viniera el padre -ellos dos eran los únicos de toda la familia que hablaban un poco de español-: “Le tienen que decir que me conocieron en Palomino, que somos amigos y que están conociendo el lugar”.

Insistió tanto en esto que nos creamos la expectativa de recibir una mala reacción por parte del padre en cuanto nos viese. Al final, acabamos ayudándoles a pelar yuca, cocinamos y compartimos toda la comida que llevábamos para la cena y el desayuno del día siguiente.

 

En la foto el padre de la familia Cogui con la que estuvimos.

Mientras montábamos la tienda de campaña y sacábamos nuestras cosas nos hacían círculo boquiabiertos. Más de 10 pares de ojos expectantes a todos los objetos extraños que llevábamos… Parecía que no sólo nosotros estábamos descubriendo otra cultura.

Esa noche fue intensa porque después de cenar nos sentamos a conversar alrededor del fuego con el padre, Mateo -quien se quedó dormido rápidamente-, uno de sus hermanos y un par de chiquillos. Recuerdo que uno de ellos se tumbó a mi lado, al fuego, y se reía inocentemente con las cosquillas que mis dedos trazaban en su brazo. Imagínense la situación. Nos preguntaron asombrados cómo es que con nuestra edad aún no teníamos hijos, y se sorprendieron aún más al descubrir que tal vez tenerlos para nosotros era una opción, no una imposición.

A la mañana siguiente Mateo salió de la cabaña con una larga lista de cosas que querían que les comprásemos. (Aclaración: aunque casi ninguno hablaba español, se notaba que Mateo estaba avispado con respecto a la ley del comercio y el regateo). Un poco entre risas le dijimos que todo eso no podíamos comprarles: “Mateo, a ver si nos va a salir la noche más cara que en un hotel 5 estrellas”, así que acabamos pactando que compraríamos en Ríoancho lo que considerásemos oportuno. El hermano mayor nos alcanzaría en el camino para recoger la compra.

 

Acampamos al lado de la cabaña de la familia Cogui.

Mientras tanto, mandaron con nosotros a un peladito, un muchachito de unos 5 años que se hizo las 6h de bajada sin zapatos, a un ritmo incansable y con dos saquitos cruzados en los que llevaba plátanos para comer durante el camino. El muchachito solamente hablaba cogui, y cada vez que se tropezaba con una piedra en el camino y se hacía sangre en el dedo, nos daba una ternura implacable.

En el camino de bajada nos paró un señor con un recelo inquisitivo. Nos hizo gran cantidad de preguntas: que cómo habíamos conseguido pasar sin permiso, dónde habíamos dormido, a quién conocíamos, qué hacíamos allá. Le digo a Sergio: “Nos lo llegamos a encontrar ayer y no pasamos”. Mateo nos dio información suficiente antes de salir de la casa como para aplacar en cierta medida semejante interrogatorio, pero nos apresuramos a concluir conversación diciéndole que teníamos prisa por bajar y que nos íbamos ya. 

La familia nos había colocado a los dos unas pulseras de hilo blanco y detalle en rojo en el brazo derecho. Después supimos que son pulseras de protección, y que no las comparten con todo el mundo. 

Este muchachito, Mariano, es el que nos acompañó durante el camino de vuelta.

Llegamos al pueblo, donde se supone que debíamos reunirnos con el hermano mayor. Esperamos frente a la tienda un rato, y tras charlar con el dueño -“Ah, yo los conozco. De vez en cuando vienen a comprar aquí”- y viendo que no aparecía nadie, le puse un billete en la mochilita al niño, repitiéndole unas cuentas veces el nombre de Mateo. El niño asintió, y con un poco de pesar lo dejamos con el señor de la tienda bebiendo gaseosa y comiendo pan.

Lo que yo diga, el intercambio cultural más berraco (como dicen aquí) de mi vida. Deseo cumplido.

 

La magia de la Sierra Nevada de Santa Marta

Palomino nos enganchó como sólo lo hacen los sitios en los que uno se siente verdaderamente a gusto. Aquí el turismo ha crecido efervescentemente en los últimos 4 o 5 años, y no es raro encontrar en este, municipio de entrada a la Guajira, representantes de las nacionalidades más diversas y lejanas. Lo que pensábamos que iban a ser 2 días (no nos atraen especialmente los sitios turísticos), se convirtieron en 12, periodo en el cual tuvimos tiempo de iniciar y concluir una travesía por las inmediaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, subiendo el río Palomino.

Esta foto fue tomada furtivamente en un poblado de la etnia de los Cogui. La vestimenta típica es como la que lleva el niño en la foto.

La Sierra Nevada de Santa Marta es territorio indígena. Viven etnias como los Coguis y los Aruacos, que construyen cabañas de barro y chamizo, visten con prendas de tela blanca y viven recordándonos épocas pasadas: cultivan lo que comen, habitan la Sierra sin electricidad ni otras comodidades de la era Moderna, y no es infrecuente encontrar a personas que ni entienden ni hablan español, sobre todo conforme se va ganando en altura y en distancia con respecto a los núcleos urbanos.

Adentrarse en la Sierra no es tarea fácil, ni siquiera en sus faldas más bajas: uno se siente como invadiendo salón de casa ajena. Se trata de un territorio sagrado en donde no siempre se permite el paso. Dicen que los indígenas presienten la energía de las personas, juegan con ventaja. Aceptan ofrendas, miran curiosos, te preguntan a dónde vas.

A esta familia de indígenas Aruacos la conocimos de regreso a Palomino.

Los Mamos son los primeros en esta jerarquía; cuentan las leyendas que controlan las fuerzas de la naturaleza, lo que les ha permitido persistir y mantenerse fuertes tantos siglos posteriores a la colonización. Los más poderosos habitan las cimas de los nevados, y que un civil, un blanco, un no-indígena llegue hasta allí o corone alguna de sus cimas (algunas superiores a los 5.000 metros), es directamente imposible. Sin embargo, la Sierra elige quién debe entrar y quién debe salir de ella. Expulsa de su vientre a quien no merece caminarla bastándose con argucias tan diversas como picaduras de serpiente, desorientación del caminante, quemaduras varias, y otras armas letales. Los que se han atrevido a entrar sin consentimiento han salido con secuelas de por vida, o quizás ni han llegado a salir. Espero haber transmitido con esto que la Sierra es poderosa.

La travesía que realizamos me regaló muchas cosas los días en que la disfrutamos: comida para paliar el hambre, agua para saciar la sed, el misticismo de quien se adentra en territorio sagrado, la sanación de espíritu del que camina y camina y acaba purificándose.
No obstante, no todos los regalos fueron igual de gratos. Algo me picó y yo me rasqué. El caso es que la pierna izquierda se me hinchó bien feo, y al día siguiente de regresar al hostal acabé sin tobillo y como el pie cual pata de elefante con retención de líquidos.

Desafortunadamente sale un poco movida, pero la luz de esta instantánea me parece mágica.

Tras dolorosas friegas de desinfección en casa y trucos domésticos varios con mi botiquín de viaje, me decidí a visitar -un poco a regañadientes-, a un curandero en Palomino. “¿Por qué no vas a William?”, me decían hasta por la calle. Este señor lleva ejerciendo décadas, y según cuentan buenas y malas lenguas, la gente lo visita desde lejos. “Hasta en el Centro de Salud del municipio médicos y enfermer@s mandan allí los peores casos”, oí comentar.

El caso es que llegué una polvorienta mañana de domingo a su morada. En ese corral había gallinas, polluelos, perros rastafaris y hasta una capibara con collar, un roedor gigante que tienen como mascota. Me tendió con su uña negra un algodón empapado con no sé qué para que yo misma limpiara las heridas, que habían comenzado a cicatrizar sobre zona infecta. El sitio me pareció tan antagónicamente alejado de la asepsia, e inadecuado para tratar cualquier tipo de infección, que me fui de allí diciéndole que volvería tras limpiarme bien las heridas en casa, pero sin ánimo de hacerlo realmente. Escéptica, incrédula, demasiado científica y analítica.

Seguí con mis curas domésticas pero por la tarde la cosa no había hecho más que empeorar. Llegaron al hostal un par de muchachas colombianas que, al verme, me dijeron: “En climas tropicales este tipo de problemas pueden complicarse que ni te imaginas. Parecen picaduras de pito (una especie de chinche), cuya orina tiene bacterias tan bravas que carcomen la carne y pueden causarte infección sanguínea con secuelas a medio y largo plazos. Una vez una chica llegó a Palomino con el dedo tan carcomido que se le veía hasta el hueso. Por favor, visita al curandero William”.

No tengo foto del pie, pero os puedo mostrar cómo es una capibara. En Colombia las llaman chigüiro

El caso es que volví a ese corral por la tarde como una coja tan emparanoiada, que si me hubiese dicho que revolcándome en piscina de estiércol me curaría, lo hubiese hecho. Me aplicó un polvo terroso en 5 de los 6 núcleos de infección, una pomada en el sexto, y me dio a beber un trago que llaman “la contra”. Una amarga bebida de hierbas que limpia la sangre. “Regresa mañana para ver cómo sigues”, me dijo. Me desperté a la mañana siguiente andando recto y con el pie irreconocible. Y a partir de aquí todo evolucionó sin complicaciones.

Aclarar que don William no cobra visitas; acepta obsequios. Medicina tradicional versus Medicina moderna, 1 a 0. Ya saben, si están por Palomino y la cosa se pone fea, visiten a don William. Mis eternos respetos para este señor.

Como siempre, os invitamos a que compartáis con nosotros vuestros comentarios 🙂 ¡Nos encanta leeros!

Couchsurfing en el Cañón del Chicamocha

Llegada a San Gil

Desde nuestra última parada en Villa de Leyva, a San Gil (en el departamento de Santander) llegamos por los pelos. ¿Cómo por los pelos? A las 17h de la tarde no habíamos recorrido ni una cuarta parte del trayecto que teníamos pensado hacer ese día, y aún quedaban 3 horas hasta San Gil. Justo en el momento en que Sergio y yo estábamos deliberando sobre la idea de pasar noche dondequiera que estuviésemos o seguir sacando dedo en el arcén de la carretera, nos para un camión. “¿A San Gil? ¡Súuuubanse!”.

Couchsurfing en San Gil

Allí teníamos apalabrado hacer couchsurfing con Félix. ¿Couch qué? Couchsurfing. “Couch” significa sofá, así que la traducción literal sería “surfeando el sofá”. Se trata de una plataforma online a nivel mundial en la que anfitriones ofrecen un sofá, una cama, una habitación, lo que sea que tengan disponible, para que los huéspedes o viajeros que quieran puedan dormir allí por unos días. Cada persona tiene un perfil creado en el que describe sus gustos, hobbies, etc., y en el que se refleja su puntuación como anfitrión o huésped en base a los comentarios y notas que otros anfitriones y huéspedes han valorado según sus experiencias.

Pero espera un momento. ¿Por qué alguien va a querer meter a un desconocido en su casa, o va a querer meterse en casa de un desconocido? Fácil. Porque conocer gente nueva puede ser una experiencia muy gratificante, y si uno no está en su lugar de origen, tendrá la posibilidad de conocer el país que visita a través de sus gentes; sí, un intercambio cultural que no es más que una expresión más de la globalización en pleno siglo XXI.

Nacimiento de un plan: ¿Travesía por el cañón del Chicamocha?

Vistas antes de realizar el descenso al Cañón del Chicamocha.

A la mañana siguiente de llegar a San Gil, mientras desayunábamos, Félix nos propuso irnos de travesía un par de días al cañón del Chicamocha. Y nosotros, con el gesto habitual y la rapidez inmediata con la aceptamos esos dulces planes espontáneos, no tuvimos tiempo ni de parpadear antes de aceptar. Una hora más tarde estábamos reuniéndonos con su amigo David y subiendo a un bus que nos llevaría desde San Gil hasta Villanueva -por 4.800 pesos-, donde comenzaríamos la caminata.

De camino al cañón…

Nada más bajar del bus se nos unen un grupo de belgas algo despistados que van buscando el cañón. “¿Pero ustedes van a ir sin agua, ni comida? Bajar al cañón a mediodía no es recomendable”, dice David, quien, al igual que Félix, ha ejercido como guía de montaña y ha participado en rescates por la zona, encontrándose al rescatado en algunos casos teniendo alucinaciones derivadas de un golpe de calor. La pasión que David siente por la montaña toma reflejo en el programa de radio online que emite a las 12h de la noche, hora en Colombia: 1am de Montaña xtrema.

San Gil es un lugar de reunión de mochileros de todas las partes del mundo que vienen a practicar deportes de aventura, como rafting, parapente, barranquismo o bungee jumping. ¡Pero la bajada al cañón sin agua o calzado apropiado a ciertas horas del día podría suponer también un deporte de aventura y muy arriesgado! Se trata de un desnivel de 1.400 m bastante pronunciado, y tanto el descenso como su ascensión no deberían tener mayor complicación si se hacen a horas prudentes del día. Sin embargo, al mediodía no hay apenas sombras en el camino, y la orografía del terreno convierte a este punto en un hervidero al que no le llegan corrientes de aire y que absorbe el calor, irradiándolo de nuevo desde el suelo hasta bien entrada la noche.

Por este motivo, caminamos unas tres horas con un sol abrasador que nos advertía, llegamos a una finca en la que nos quedamos conversando, comiendo y tomando una par de cervezas, hasta las 5 de la tarde, momento en el cual despedimos a los belgas -ellos cogerían un bus a Santa Marta-, y seguimos camino.

Este río atraviesa el cañón del Chicamocha.

La palabra “Chicamocha” tiene su origen en la lengua de los indios Guane, y significa “Hilo de plata en noche de luna llena”. El hilo representa el río que lo atraviesa, que posee un color verde plateado debido a la cantidad de sedimentos que lleva. La belleza del entorno es… espectacular: la vegetación está adaptada a una región en la que pueden prolongarse los periodos secos, y la tierra da vida a un arcoiris de púrpuras, amarillos, marrones, grises y verdes, que le dejan a uno embobado tratando de hacer recuento de colores.

Una vez allí, ¿dónde nos quedamos?

Tardamos algo más de 2 horas en bajar al cañón y unos 15 Km desde que salimos de Villanueva. Llegamos al hotel Shangrila (significa paraíso perdido) recién llegada la noche, y tras haber ido adaptando visión a la escasez de luz propia de los atardeceres.
En el hotel Shangrila, único en esta concreta zona, bien se pueden alquilar cabañas por 40.000 pesos por persona, dormir en hamacas por 20.000 o bien acampar con tienda propia por 15.000 (esto último es lo que hicimos nosotros, puesto que la llevábamos encima).

Puente colgante en el pueblo de Jordán.

El hotel tiene una piscina de agua natural en la que -por supuesto- nos bañamos nada más llegar, y desde la que pudimos contemplar un rato un cielo plagado de estrellas. Y estuvimos tan, tan a gusto, que al día siguiente decidimos quedarnos un día más. De día, las vistas desde la piscina y hacia el cañón son aún mejores; hicimos visita al pueblo de Jordán, a unos 3 Km, para comprar subsistencias, y nos bañarnos como niños que no han pisado nunca un río poco después. Por la noche, hacíamos rondas en las que cada uno contaba una historia. En esas conocimos a Máximo, un señor colombiano, pintor, y amante de la montaña, que se nos unió al juego.

De vuelta a San Gil, pasando por Barichara.

Máximo nos invitó, a Sergio y a mí, a hacer junto con un grupo de senderistas el camino de vuelta al día siguiente, esta vez pasando por Villanueva y llegando hasta Barichara, en un recorrido de algo más de 20 Km.

El pueblo de Barichara en Santander es famoso en Colombia.

Una vez más, aceptamos las inquietudes de este destino caprichoso, y tras algo menos de 3 horas de sueño, nos despertamos para desayunar y emprender la subida al cañón. Ésta es conveniente comenzarla no más tarde de las 6 de la mañana, pues como dijimos el Sol la hace muy dura e inconfortable. Caminamos toda la mañana, y pasado el mediodía llegamos a Barichara.

Barichara es considerado como uno de los municipios más bellos de Colombia y de los cascos urbanos coloniales mejor conservados. Este municipio declarado monumento nacional en 1975, constituye un documento arquitectónico de la época de la Colonia.

Allí aprovechamos para comer, pasear, sacar algunas fotos –al que le guste la Fotografía éste es un buen lugar para entretenerse-, y regresar a casa de Félix en bus, tremendamente cansados, pero encantados de haber vivido una experiencia como ésta, retomando ese contacto con la montaña que tanto nos gusta.

Jordán, el perro, nos acompañó durante todo el recorrido. En la foto preguntando a un señor dónde comer.

Gracias a Félix, David, Máximo, y a todo aquel que conocimos por el camino, incluido Jordán, nombre que elegimos para el perro que anduvo con nosotros este último día, protegiéndonos de todo carro, can ajeno o maldad. En Barichara, visitamos una clínica veterinaria con él, y tuvimos varias ideas que aún mantenemos en mente. Pero éste, amigos míos, es otro cuento que, quizás, les contemos más adelante ;).

 

Sueños amazónicos en un orfanato

Aquella noche, de camino a Villa de Leyva, habíamos decidido pasarla en un hostel al que llamamos, sin malicia y en una pequeña broma privada, “el Orfanato”. Nuestra habitación era una sucesión de literas alienadas en cuyas camas, el huésped debía apilar como mínimo unas tres mantas y dormir acurrucado para paliar el frío andino de la región. 

El hostel estaba decorado con muebles como de rastro; algo ajados, de estilos que nada tenían que ver unos con otros. Pero estaba limpio, bien ordenado, y esa congregación de muebles que -me atrevo a apostar- habrían vivido independientemente una vida pasada -una casa, un bar, incluso una oficina-, descansaban en armonía, confiriéndole al lugar el aura propia de quien arregla su casa con cariño, como buenamente puede. Con humildad, dignidad e ilusión.

Yo normalmente no sueño; o mejor dicho, cuando me levanto, no acostumbro a recordar las inquietudes en las que mi mente ha estado trabajando unas horas antes. 

Un día, conversando con una amiga, me dijo que ella soñaba mucho. Casi todos los días, se despertaba con una historia diferente. Me preocupé tanto, que lo primero que hice tras zanjar conversación fue meterme en internet y buscar información: “¿Será que sufro algún bloqueo neurológico o emocional y por eso no recuerdo los sueños?”. Qué sé yo. Pero no, el hecho de que no recordemos lo que soñamos tiene relación con la fase del sueño en la que estás cuando te despiertas. Lo cual, para mí, fue un alivio.

No sé qué hora de la madrugada sería, cuando entró en la habitación un muchacho que dormía en una de las literas. El tipo tenía un hipo tan incontenible, que aunque se esforzaba en disimularlo no lo conseguía -era sábado, así que lo más probable es que viniera contento de rumbear-, y justo me despertó en una fase del sueño bien propicia, porque  recordaba exactamente lo que había estado soñando unos segundos antes.

Atardecer en el río Solimões. No era aquí, ni a estas horas del día, pero sive.

Estaba en un río que bien podría ser alguno de los afluentes del Amazonas. A ambos lados, una espesa e intransitable selva delineaba el cauce. Dentro del río, pequeños grupos de personas caminaban con el agua hasta la cintura, como conversando entre ellas tranquilamente. Estas personas, habían formado parte de mi vida en algún momento -o seguían formando parte, claro-. El agua del río era negra a causa de la tinción de las raíces de las plantas, pero esto sólo hacía más bello el paisaje.

Y yo nadaba; nadaba con los brazos extendidos hacia delante, moviendo sinusoidalmente el cuerpo, como si fuera una sirena. Pero no era una sirena, era un delfín rosado como los de Puerto Nariño, que tantas leyendas han despertado entre los pueblos indígenas del Amazonas. Saltaba como ellos hacen, me volvía a sumergir, y la corriente del río me llevaba a su favor haciendo que no me costara esfuerzo nadar. Me divertía. Y cuando pasaba al lado de estos pequeños grupos de personas, los invitaba a nadar conmigo: “Pruébenlo, es bien fácil. La corriente los lleva con el río”.

El delfín rosado (Inia geoffrensis) se distribuye por la cuenca del Amazonas, la del río Madeira en Bolivia y la del Orinoco.

Y ya no recuerdo más, tan sólo despertarme como quien justo acaba de hacer algo que le gusta mucho. 

A la mañana siguiente, Sergio me contó que también él había soñado con el Amazonas. ¿Qué tendrá esta parte del mundo, que conecta a las personas oníricamente y hace que la recordemos incluso después de haber marchado?

Os invitamos a que nos dejéis vuestros comentarios, pues siempre nos alegra recibirlos; y si alguien tiene alguna hipótesis, idea o sugerencia para explicar el significado de este sueño, que muy bienvenida sea ;).

Jornadas en la comunidad indígena Guanabara III. Colaboración con la FUCAI

En el barco con itinerario de 7 días que cogimos desde Manaus, capital del estado del Amazonas, hasta Tabatinga, municipio ubicado en la triple frontera de Perú, Colombia y Brasil, teníamos diariamente muchos ratos muertos en los que nos podíamos sentar tranquilamente a contemplar las aguas del río Amazonas, o mirar con fijeza el horizonte.

Estábamos un día en mitad de uno de esos muchos ratos, cuando vimos a una muchacha acercarse a la baranda del barco con un tupperware plástico repleto de comida. “Irá a tirar el contenido al río”, pensé de forma automática. “Nunca está de más echarle un poco de pasto a los peces”. Sin embargo, y para sorpresa nuestra, alargó el brazo y lanzó bien lejos el tupper. Recorrió más camino para acercarse a la baranda que para ir hasta la basura que tenía a 2 metros de distancia. Esa imagen vino acompañada de otras tantas, protagonizada por gran variedad de personas. Pero esa, esa en concreto, fue la que nos hirió hasta el punto de arrancarnos la idea de emprender un proyecto relacionado con la Educación Ambiental.

Punto de vertido de residuos del municipio Benjamin Constant, Estado de Amazonas, Brasil.

No obstante, este acto a priori despiadado debe considerarse en un contexto adecuado y justo. Las comunidades indígenas amazónicas históricamente han arrojado al río la basura que generaban, y esta era siempre orgánica. Desde hace años, el influjo de la industria plástica y el estilo de vida de las urbes ha llegado a prácticamente todos los rincones del planeta, y de repente la basura, que hasta ahora había sido orgánica, deja de serlo. En muchas regiones la gestión de estos residuos está suponiendo un verdadero problema, y aunque esta muchacha no era indígena, es un claro ejemplo de que seguimos haciendo las cosas mal.

Un par de días más tarde, por contactos y conocidos acabamos siendo invitados a participar en una charla en la Comunidad indígena-Tikuna Guanabara III, en un proyecto llamado “Soberanía Alimentaria”, en colaboración con la FUCAI (Fundación Caminos de Identidad), cuya misión consiste en apoyar procesos de desarrollo en poblaciones vulnerables que aporten a la transformación de las personas, de las comunidades y de su entorno en el marco del Estado social de derecho y de una Colombia pluriétnica y multicultural.

Comunidad Tikuna
Comunidad indígena Tikuna Guanabara III, estado de Amazonas, Brasil

Uno de los colaboradores nos pidió, aprovechando nuestra experiencia laboral en el sector de los agrotóxicos, que tratáramos también esta temática con los asistentes, y así lo hicimos. No sé quién ni qué, pero nos cuidan. En el Universo todo fluye.

Durante el desarrollo de parte de las jornadas con la FUCAI

Os dejamos con este breve vídeo de la experiencia:

Remontando el río Amazonas: 7 días en barco desde Manaos hasta Tabatinga

Lo exótico de este viaje no sólo reside en el hecho de pasar los próximos siete días en un barco por el río Amazonas (o Solimões, según gustos y preferencias), rumbo a Tabatinga, la triple frontera entre Perú, Colombia y Brasil. Tampoco reside exclusivamente en el hecho de que vayamos a celebrar aquí los 30 de Sergio -nadie puede decir que no es una forma original de comenzar la tercera década de vida-. Ni siquiera reside en el hecho de que daremos la bienvenida al 2017 a la vera del río, y despediremos a un 2016 cargado de momentos e intensidad con autenticidad y nostalgia. Lo que lo convierte en un posteo especial es, nada más y nada menos, que con él nos abrimos camino en el mundo del Blogtrip.

barco Fénix II
Más de 1400 Km recorridos en el Fénix II

Nos despedimos de Adélia, anfitriona y amiga, a las 10 y media de la mañana de un lluvioso lunes de diciembre en el puerto de Manaus. Y cuando digo lluvioso, me refiero a que, para que os hagáis una idea, el nivel del caudaloso río Negro había subido un par de metros con respecto al día anterior.

Una pequeña pasarela nos dio la bienvenida al Fénix II, un barco de tres alturas decorado al estilo de la bandera de Argentina, con los colores azul y blanco llevando la voz cantante. No debo negar que la primera impresión fue buena, mucho mejor de lo que nuestras mentes, siempre abocadas a una realidad no del todo confortable, habían imaginado. A la hora de llegada, el hogar de nuestro futuro más inmediato ya vestía adornado con coloridas y diversamente estampadas hamacas colgantes, colocadas a diferentes alturas. En ellas, los que calculo seríamos unos 150 pasajeros aguardaríamos la llegada del sueño por las noches. Por lo visto estábamos de suerte, pues la capacidad máxima del barco (contando a los pasajeros y a las 10 personas que forman parte de la tripulación) es de 342 plazas, por lo que el barco estaba lleno sólo a medio camino.

Los pasajeros del barco duermen en hamacas colgantes

El precio estándar para hacer la ruta Manaus-Tabatinga en temporada alta oscila entre los 330 y los 350 reales por persona. También existe la posibilidad de salvar esta distancia en lancha rápida, durante un itinerario de aproximadamente un día, pero en este caso el precio del billete se duplica. Según nos dijeron, en temporada baja (a partir de febrero), los pasajes estándar pueden conseguirse por unos 250 reales -hablo ahora del itinerario de 7 días en barco-. A cambio, el pasajero cuenta con 3 comidas incluidas al día, un bar donde comprar algún refrigerio (no es caro, una lata de cerveza cuesta 4 reales y una hamburguesa cuesta 6), y 7 básicos baños con ducha en la parte posterior. También existe la posibilidad de viajar en camarote, que se encuentran situados en la primera planta, lugar de carga de mercancías como azúcar y cervezas. Las dos Suite Casal (dentro de la gama top de la estancia en el Fénix II) están en la parte anterior de la segunda planta del barco, separadas de la zona de hamacas por un par de puertas enrejadas.

 

En la zona central de la primera planta hay pilas de aseo y una máquina que dispensa agua mineral fresca en vasos plásticos. Esta planta se encuentra más abarrotada que la planta superior, lo cual es una ventaja si no se dispone de un saco de dormir o una manta mínimamente gruesa para pasar las noches, pero un inconveniente durante el día, donde por momentos la brisa que percibes estando tumbado en la hamaca es prácticamente inexistente.

casas flotantes
Casas flotantes a orillas del río Amazonas

Como el barco salía al mediodía, los mejores lugares estaban ya ocupados, así que no tuvimos más remedio que establecer nuestra zona de campamento en la parte externa del tercer piso. Al final ésta resultó ser un área excelente, con vistas al río y a mi gusto no tan agobiante. La casualidad nos llevó a caer justo al lado del único mochilero español que había en el barco, aparte de nosotros: un catalán que lleva unos tres años mochileando por aquí y por allá, compartiendo sus aventuras en su blog La Volta a la Terra, y con el que rápidamente hicimos buenas migas.

Durante los tres meses de ruta por Brasil, ya nos habíamos percatado de que cuando un brasileño te dice “Nos vemos a las 12”, con probabilidad no aparezca antes de la una y media del mediodía. Sumando esto al diluvio que nos acompañó toda la mañana y parte de la tarde, dábamos por sentado que zarparíamos con algo de retraso. ¿Algo? Inocente. Pasadas las seis de la tarde despedimos la capital amazonense con el Sol desvaneciéndose en el horizonte.

atardecer frente a Amaturá
Atardecer desde el barco frente a la localidad de Amaturá

La rutina en el barco se desarrolla entre actividades como dormir, leer, jugar al dominó o a las cartas, conversar con la gente; también se forma algún grupo no muy numeroso frente al bar, donde se bebe y se escucha música. Nosotros aprovecharnos también para organizar y retocar fotos, editar vídeos, incluso hacer algo de ejercicio, y demás quehaceres que no precisan de conexión a Internet. En el techo hay clavijas para cargar los aparatos electrónicos, y aunque en esta trayectoria se va remontando el río, el itinerario es tranquilo y sin apenas movimiento, por lo que los que tengáis facilidad para el mareo podéis estar tranquilos.

Las comidas tienen un horario establecido: de 6 a 7:30h el desayuno, de 11 a 13h la comida, y de 17 a 18:30h la cena. Como podéis suponer, la gente se levanta pronto y se acuesta pronto. Por las mañanas suelen dar café con leche, algo de fruta, panes con mantequilla y algo de relleno. Las comidas y las cenas siempre consisten en arroz, feijao, farofa y pescado o carne, y puedes servirte a voluntad zumos artificiales de los que se preparan con sobre. Sin duda, este sería un buen punto de mejora, ya no sólo por la falta de variedad en los platos, sino porque a partir del tercer día comenzaron a haber algunos casos de intoxicación (Sergio y yo, por ejemplo, que nos pasamos día y medio convalecientes y sin otra preocupación que que algún aseo estuviera disponible). Además, sobra decir que cuando algo te ha sentado mal lo último que quieres es seguir comiendo, el resto de la semana y dos veces por día, exactamente lo mismo.

La limpieza del barco es, en general, mejor de lo que teníamos previsto. Todos los días barren los suelos y asean un poco los baños. Y conforme pasan los días, es posible ver cómo la gente comienza a relacionarse más abiertamente. Yo personalmente me divierto bastante con la costumbre que he podido observar en los latinos, que se cambian de ropa unas tres veces al día y se arreglan hasta puntos que muy respetuosamente considero innecesarios. No sé si esto es un hábito que adoptan solamente en periodos de aburrimiento o puede generalizarse a todos los ámbitos de la vida. A mi poco me faltó para sentirme como en casa y pasearme por la cubierta con mi pijama de verano. Otra cosa a tener en cuenta es que el barco va efectuando a lo largo de los siete días algunas paradas para subir y dejar pasajeros y cargar provisiones, demorándose bastante en algunas de ellas (tiempo máximo de espera de hasta 7 horas). Ahora mismo falta algo más de un día para llegar y somos muchos menos pasajeros que al comienzo, aunque tal como nos dijo nuestro vecino de hamaca, mucho más barullentos.

Pasajeros del barco
Confraternización transoceánica entre cubanos y españoles

Como punto para sellar este largo pero espero que no por ello muy pesado post, hablaré de un pensamiento que me viene rondando la mente desde aproximadamente el tercer día de estancia. Lo peligroso de levantarte y no tener mucha cosa que hacer es que cuando, en cierto modo, comienzas a cogerle el gusto, también te comienza a preocupar un poco que la semana de postración en barco te pase factura en un futuro, y te inhabilite la capacidad de ser un ser enérgico y despierto al que le gusta hacer cosas. En contraposición a los dos primeros meses y medio, en los que subimos nuestra media diaria de kilómetros recorridos muy acusadamente, nuestra estancia en Manaus y a continuación en el barco hacia Tabatinga, ha hecho posible que nuestros músculos se vuelvan vagos y perezosos. Por muchas vueltas que le des a la cubierta del barco y subas y bajes las escaleras para cambiar de planta o simplemente ir al baño, sigues estando en una cárcel flotante con bonitas vistas. Y no os dejéis engañar: el agua del Amazonas no es para nada apetecible, por lo que tirarse al río y nadar detrás del barco no es una opción para entretenerse.

Os dejamos con el vídeo del viaje hecho por Sergio 😉

¿Peligros en Belém o Campanas de Navidad?

Cuando le preguntas a un brasileño sobre el nivel de peligrosidad de Brasil, con certeza te responderá que es alto, muy alto. Por supuesto que suceden cosas: esta semana supimos sobre un italiano que, malguiado por su GPS, entró en moto a una de las muchas favelas que hay en Río de Janeiro. Los narcotraficantes lo confundieron con un policía, y no dudaron en dispararle, tras ver que éste -posiblemente horrorizado e intentando velar por su vida con muy poco éxito- desobedecía las órdenes que le exigían que parase. Sin embargo, considero que lo más justo sería medir este nivel de peligrosidad con respecto al número de habitantes que tiene el país, o al número de turistas que lo visitan. No olvidemos que la población es de más de 200 millones de personas, y existen otros factores que hacen que la vida aquí se complique. Normal que pasen más cosas que en España. Normal.

 

Belém
Centro histórico de Belém

 

Para nosotros ha sido inevitable ir creando conciencia de que, al parecer, el mismo pueblo vive bajo una sombra de terror y miedo constante, muy infundada por los medios de comunicación, que él mismo se preocupa de que persista. Desde hace tiempo, esta sombra se mantiene generación tras generación, turista tras turista. Cuántos camioneros nos han dicho que los asaltos nocturnos en la carretera son frecuentes. A continuación, nosotros siempre preguntamos: “¿Usted ha sufrido alguno?”, “Gracias a Dios no, pero un conocido de un conocido…”. Y esta conversación podéis extrapolarla, en general, a todas las que hemos tenido sobre este mismo tema, con la gente de aquí.

 

Además, viajar de mochilero por Brasil hace que estés constantemente expuesto, por mucho que intentes evitarlo: es fácil que te metas por equivocación en algún barrio de reputación dudosa, normalmente andas con una mochila a la que sólo le falta un cartel luminoso, tienes una cara de gringo que no puedes negar y a veces, sólo a veces, haces noche donde no tienes más remedio. El punto a nuestro favor es que, tal como dijo un argentino que conocimos hace poco, “los mochileros no andamos con mucha plata; además saben que daremos más guerra que el resto de gente, por salvaguardar las 4 cosas que tenemos”. Lo que intento decir es que, aún sabiendo que si nos hubieran atracado hubiéramos vuelto a casa lloriqueando y diciendo que Brasil es lo peor, nosotros pensamos que no es tanto como la gente dice. Sólo hace falta un poco de sentido común y no ir liándola pardísima por la calle. Hemos hecho autoestop, hemos hablado con desconocidos, alguna vez hemos caminado por sitios no del todo recomendables, y aunque estamos más morenos, seguimos teniendo cara de extranjeros (bueno, al menos yo; a Sergio le han endiñado nacionalidad venezolana, brasileña, colombiana, mejicana, ascendencia árabe… ¡Siempre lejos de la querida Europa!). Y no ha pasado nada, nada de nada. Conclusión: ¿en verdad es para tanto?.

 

Ver-O-Peso
Agapornis en el mercado Ver-O-Peso, Belém, Estado de Pará

 

Pues bien, si dices que vienes a Belém (consideré un acierto hacerlo en fechas tan próximas a la Navidad), se echan las manos a la cabeza y el ahínco con el que te dicen que tengas cuidado, es exageradamente mayor. En serio, yo me dejé la cámara en el hostel hasta que el tercer día decidí que ya estaba bien. “Lo mejor que tiene Belém es el agua del grifo”, me dijo la casera cuando le pregunté si la podía beber. “Lo demás es basura”. El primer día dormimos en una casa con mil cerrojos y una verja eléctrica que rodeaba el edificio. En mi vida había visto algo semejante. Nos despertaba curiosidad callejear la ciudad por la noche, para ver si los ladrones se convertían en vampiros u hombres lobo, ver qué estaba pasando, pero no lo hicimos. A mi me pareció una ciudad muy singular, que me encantó visitar, aunque reconozco que no viviría en ella. Mucha gente en la calle durante el día (y cuando digo mucha, me refiero a mucha mucha). Calles llenas de mercados de comida, animales y puestos de ropa, un barullo inagotable. Decenas de cables cruzando de lado a lado, en lo alto de los edificios. Una mezcla de olores para los que debes tener el olfato bien preparado. Lluvia ligera todos los días, siempre a las 4 de la tarde. Sensación constante de calor y humedad que no desaparece ni con tres duchas diarias. Y pulpa de açaí, fruta originaria y exclusiva de Brasil, muy típica, que bien puede acompañarse con pescado, o tomarse fresquita con algo de azúcar y harina de mandioca.

 

Comida en el Ver-O-Peso
Uno de los muchos puestos de comida en el mercado Ver-O-Peso, Belém, Estado de Pará

 

Con muchas preguntas y pocas respuestas, nos fuimos de esta peculiar ciudad en un vuelo directo a Manaus (Estado de Amazonas), desconcertados ante la idea de Brasil, Belém, y sus respectivos niveles de peligrosidad.

Dunas en el litoral nordestino. De Jericoacoara a los Lençóis Marenhenses

 

Considero que el factor sorpresa es clave, fundamental, decisivo, en la impresión que nos genera un lugar. Me disculpo por la inexplicable tendencia de utilizar los adjetivos de tres en tres. Tenemos un amigo al que no le gusta saber de antemano el argumento de la película que va a ver. Pues bien, a mi esto me pasa un poco con los lugares. Aún así, la lista de puntos de interés es tan amplia, que no pudimos evitar una rápida ojeada en Google a la famosa playa de Jericoacoara. Una playa que ha alcanzado puntos de fama tan elevados, que la gente se refiere a su pueblo como Jijoca de Jericoacoara, y no a la playa como Jericoacoara de Jijoca, como sería lógico suponer. El primer día una rápida visita al pueblo. El segundo día, cargados con más de quince quilos por barba, emprendimos camino bajo el abrasador sol del estado de Ceará, y con el ferviente optimismo de ser de los pocos turistas que llegan a la playa en autoestop (los turistas hacen esta ruta en vehículos 4×4 a cambio de una tasa de 15 reales, por lo que es todo un reto que alguien te lleve de gorra). Y ahora es cuando emplearé una frase muy hollywoodiense: somos tipos con suerte. Llegamos a la playa en autoestop.

Cruzando en 4×4 el Parque Nacional de Jericoacoara

Toda esta introducción con el fin de explicar cómo de boquiabierta me quedé al divisar, por primera vez y desde aquel 4×4 pilotado por dos chavales, seguramente aficionados al gran rally Dakar y a la macoña, un enorme desierto de dunas gigantescas y de arena color marfil. Quizás por eso en aquel instante pensé que era uno de los paisajes más bonitos que mis ojos habían contemplado jamás: porque simplemente no me lo esperaba. El Parque Nacional de Jericoacoara. Sobra decir que el camino de regreso, dos días más tarde, no me resultó ni la mitad de intenso y revelador.

Dibujos que forma la arena en playa de Jericoacoara, Estado de Ceará, Brasil

El siguiente escenario escogido en la ruta por el litoral fue El Parque Nacional dos Lençóis Marenhenses, cruzando el estado de Piauí hacia Maranhão. Nos hablaron de este lugar a comienzos del viaje, y sumó tantos puntos que fue decisivo para que cambiáramos la idea inicial. Decidimos pues, subir por el litoral de Brasil hasta el norte, dejando a Argentina en estado de espera. De nuevo un paisaje de dunas, esta vez con la peculiaridad de que entre ellas se forman lagunas de agua cristalina a causa de la subida del nivel freático por las lluvias. La mejor época para visitarlas es entre enero y julio. Una lástima que fuera diciembre.

Haciendo autoestop en 4×4 hacia Barreirinhas, Estado de Maranhão, Brasil

El camino, como siempre, estuvo lleno de historias. “El tiempo es lo más caro del mundo. Ahora ustedes son millonarios”. Esa es la frase que nos dijo el conductor de un Range Rover del 2005 que nos recogió haciendo autoestop en la carretera hacia Paulino Neves. La frase nos alcanzó como un dardo que da justo en el centro de la diana. Era un paulistano (gentilicio para designar a los originarios de la ciudad de São Paulo), que cambió el traje, la corbata y los rascacielos de la avenida Paulista, por un look más nordestino y la tranquilidad de quien opta por vivir en un pueblo que no conoce el asfalto. Actualmente se dedica a hacer tours de varios días para turistas por el litoral del país, y nos confesó que cuando regresa a su ciudad por más de 15 días, no puede evitar cierta sensación de urticaria en la piel que no desaparece hasta que se marcha.

Lençóis Maranhenses
Primeras dunas en el Parque dos Lençóis Maranhenses, Estado de Maranhão, Brasil

Unas horas más tarde, un pescador local nos llevó, junto con su mujer, a Atins por el Río Preguiça (que viene a ser el Río de la Pereza), un pueblo fronterizo al Parque dos Lençóis. Otra vez se repite la misma situación: llegamos como autoestopistas (ahora por agua, ya sólo nos queda que algún piloto de avión nos dé una carona por aire), al típico lugar para turistas accedido casi en exclusiva por 4×4 y lanchas motoras, a cambio de importes no menores a 20 y 60 reales brasileños por persona, respectivamente. Nosotros nos hemos ido dejando la vergüenza por el camino, y con educación y buena onda es increíble lo lejos que puedes llegar. La bomba de agua se estropeó y acabamos haciendo turnos para inyectar el agua a la manguera de forma manual. Cuatro horas de paseo por el serpenteante río, que al final se alargararon un poco más. Por cierto, la especie de mosquitos de la zona no es tan jodida como la que describimos en: “Ilhabela: más que un sitio para relajarse”, pero siguen estando muy sedientos de sangre estos bichos. Sergio sufrió un mini ataque de desquicio en la barca. Creo que le han quedado secuelas.

Foto de anuncio en el Parque dos Lençóis Maranhenses, Estado de Maranhão, Brasil

Llegamos por la noche y avistamos desde lejos la silueta de las dunas. Si nos hubiesen dicho que era nieve (y hubiésemos obviado el factor clima), nos lo hubiéramos creído. Había sido un día requetecompleto: dos coches, un par de 4×4 que despertarían las envidias de cualquier adicto a cierta dosis de adrenalina, y una barca para llegar hasta aquí. Pasamos la noche acampados en la playa, y nos despertamos al día siguiente con los ronquidos de un par de cerdos madrugadores.

Playa en el pueblo de Atins, en el Parque dos Lençóis Maranhenses

Los acantilados rojizos de Canoa Quebrada

Canoa Quebrada
Letrero tallado en el acantilado frente al mar

Canoa Quebrada es un pueblo costero de la región nordeste del país, en el que se repite una situación que he presenciado ya tantas y tantas veces. Sitio turístico que se alimenta del remordimiento que sienten sus visitantes, cuando piensan en los pocos días de vacaciones que tienen al año. Acaban pagando fortunas por lo que les costaría una cuarta parte en el pueblo vecino. Sonrío con cierto cariño, y pienso: “Nosotros también éramos de esos”. Se acerca un vendedor y nos ofrece un tour por las dunas en quad. Le explicamos que somos estraderos, como los llaman aquí. Viajantes, mochileros. Que nuestro presupuesto es mucho más limitado, pero nuestras vacaciones mucho más extensas. Que hace sólo un par de días viajamos haciendo autoestop en la parte trasera de una camioneta, sintiendo la misma brisa marina en la cara. Se despide deseándonos buen camino.

Playa de Canoa Quebrada, Estado de Ceará, Brasil

A pesar de todo esto, sería injusto no admitir que se trata de un lugar de una belleza arrebatadora. Arena blanca, agua azul turquesa, y acantilados rojizos sobre los que golpea fuertemente el mar cuando sube la marea. Quizás de ahí el nombre. Andando unos dos kilómetros, es posible deshacerse del barullo del pueblo y disfrutar de los solitarios refugios frente al mar que ofrecen las sombras de las palmeras. Y aquí estamos los dos: yo, escribiendo, y Sergio empecinado en tirar a pedradas algún coco que nos calme la sed. Hace un momento, hemos pasado por Porto Canoa, un presuntuoso complejo urbanístico que fracasó antes de comenzar. No hemos podido evitar la tentación de preguntarle al único señor que hemos visto en un kilómetro a la redonda, si la casa abandonada que acabábamos de escudriñar estaba en venta. Podría imaginarnos perfectamente viviendo allí una temporada, o montándonos algún negocio que nos hiciera sentir bien. Intercambiamos un sinfín de posibilidades en tan sólo dos minutos.

Sergio intentando tirar cocos de la palmera

Anoche vivimos una situación que a ambos nos dejó rayados. Lo sé, he intentado buscar un adjetivo más elegante, pero ninguno encaja tan bien como este. Un camionero que transportaba melones para exportación (últimamente estamos conociendo a muchos), nos había dejado en el desvío hacia Canoa Quebrada. Antes incluso de dejar mochilas para seguir haciendo autoestop, nos para una camioneta blanca en la que iban dos hombres que decían ser hermanos. Nos montamos, y al poco el conductor nos pregunta amablemente si ya tenemos posada. Le decimos, con la misma educación, que en función de precios y posibilidades decidiremos si acampar o no. Vemos que pasa de largo el pueblo, y nos dice que va un momento a casa de su hijo. Llegamos y nosotros, confundidos, bajamos con él cuando nos abre la puerta de la camioneta. Yo no estaba asustada porque el tipo era grandote, pero con cara de bonachón, y además, en la casa nos recibieron el hijo, la mujer, un perro y la niña pequeña, todo muy familiar. Sin embargo, no negaré que una parte de mí estaba en alerta (y lo mismo podía entrever más en la cara de Sergio que en su actitud… Creo que estoy empezando a adquirir la capacidad de leerlo muy requetebién). No sabíamos muy bien qué estábamos haciendo allí, y el hermano se había quedado fuera, con las mochilas… Ya podéis atar cabos. Nos volvemos a montar en el coche, nos dan un paseo por el pueblo y paramos en un oscuro mirador a pie de playa. Bajamos del coche, y otra vez la misma sensación de alerta. Al cabo de un rato, se despiden de nosotros y nos dejan en Broadway, la calle principal. Resulta que los tipos no querían nada más que ser amables y hospitalarios con nosotros. “La gente de aquí es increíble”, coincidimos los dos.

Que le preguntes a un taxista por una dirección para llegar a pie, y te lleve sin cobrarte la carrera; que te saquen dos raciones de comida en un restaurante y quieran cobrarte solo una; que un balsero, que se dedica a ello, te cruce las mochilas por el río solamente con un “Muito obrigados” como recompensa… Son cosas que sólo pasan en Brasil.

Mula cargando con un carro lleno de plásticos recogidos en la playa

Estamos quebrantando las normas que hasta el padre más permisivo le impondría a su hijo. “No hables con desconocidos”, “No te subas en el coche de un extraño”, “No confíes en el que se te acerca voluntariamente porque algo quiere”. Y no hemos hecho más que volvernos más humanos cada día. A veces me imagino a mi madre, cuya muerte nos sacudió, a mi familia y a mi, como un latigazo fuerte y doloroso hace ya casi veinte años, sentada en algún lugar viendo la película de mi vida, apoyándome y enorgulleciéndose hasta de mis errores. Errores o, como a mi me gusta verlos, quizás en un anhelo por sentirme mejor, lecciones de vida.

Accidente en la carretera

Esta noche ha tenido lugar un incidente que me ha disparado los niveles de adrenalina al máximo y me ha sumido, a continuación, en un estado de letargo, calma y reposo. Como cuando activas el modo avión en el teléfono móvil o bajas el nivel de brillo de la pantalla; reduces el consumo de batería, pero no apagas el dispositivo.

Era ya tarde, prácticamente noche cerrada. Íbamos un total de cuatro personas en un camión al que nos acabábamos de subir, para llegar a un puesto de gasolina en el que irremediablemente esperaríamos el momento del alba, para seguir camino al día siguiente hacia Belém, Estado de Pará, Brasil. Cuatro pares de ojos fijos puestos en la carretera que efectúan un mismo movimiento: derecha, centro, izquierda. El cerebro registra las señales que le acaban de llegar y las traduce: moto, perro, hombre. Por lo que parece, el accidente acaba de tener lugar. El conductor aparca el camión en el arcén y bajamos poco más que alarmados. El cuerpo del hombre arrollado, boca abajo, en el lado izquierdo, no sabemos si yace muerto.

Vemos un camión que se acerca en sentido contrario. Abrimos los brazos en el aire intentando cortarle el paso. No ha visto el accidente, ni el cuerpo del hombre que está apunto de embestir. Ve a las cuatro figuras que salen como fantasmas en la oscuridad y realiza un zigzagueo. Con probabilidad cree que está siendo asaltado, pero consigue frenar a tiempo. Justo a tiempo. Los siguientes vehículos van parando por orden de llegada. Se reúnen algunas personas en torno al cuerpo, y lo mueven fuera del asfalto. Veo cabeza y brazo ensangrentados, pero el hombre consigue moverse con aire lastimero. Me doy cuenta de que he perdido a Sergio de vista. Entonces los ojos me van directamente al perro, que está tumbado inmóvil, solo. Quiero apartar la vista del charco de sangre que le sale del hocico, pero no puedo. La estampa me sume en un desagradable estado de tristeza. “El hombre es víctima del hombre. El animal es víctima del hombre”. Sin malinterpretaciones. Veo a dos grabando la escena y estallo en cólera. Me acerco gritándoles que aparten el móvil. “Debería daros vergüenza”. Por lo que consigo entender, parece que alguien ya ha llamado a los servicios de emergencia. Entonces vuelvo al camión.

Sobre café y otras cosas

Veintiséis años desmarcándome con orgullo del grupo de “gente que precisa de al menos una dosis de café diaria para sobrevivir”, y vengo a Brasil, y me engancho. Como diría mi abuela por parte de padre, nada como un café aguachirri (es decir, bien aguado), con mucho azúcar y un poco de leche por las mañanas. Lo de la leche es un añadido mío, ella es intolerante a la lactosa. Aparte de estar delicioso, es un vuelo directo, sin escalas ni retrasos, al w.c. Y yo, que desde que nací he sido de intestino reprimido, o lo que es lo mismo, he tenido una molesta e ingrata tendencia al estreñimiento, me lo tomo cual bálsamo destinado a espantar malos espíritus.
 
café

Por esto mismo, cuando viene el momento, si es que viene, me desvivo buscando un baño y me lleno de felicidad cuando lo encuentro, aunque las condiciones sean una apología a la suciedad y la indigencia. No sabéis lo feliz que puede llegar a hacerte llevar un rollo de papel higiénico encima. Recuerdo que cuando preparé mi mochila para este viaje, hice una foto que mandé al grupo de WhatsApp que tengo con unos buenos amigos que conocí en la universidad. Uno me dijo,”¿vas a llevarte papel higiénico?, ¿en serio?”. Desde entonces, cada vez que me veo en una de estas me acuerdo de ese momento (¡saludos desde aquí!).

baño público

Esta vez el escatológico incidente tuvo lugar en el baño de un barco, con el que cruzábamos desde São Luís hasta Alcântara, Estado de Maranhão, Brasil, con la amiga, de la novia, de un amigo de Sergio que bien nos acogió en su casa un par de días (lo siento, no he tenido forma de simplificar la relación que nos une). Nos recibió, me atrevería a decir, con un mimo que rozaba casi lo maternal, de verdad. Me sentí muy cuidada. (¿Os he dicho ya que adoro al pueblo brasileño?).

Pues bien, optimismo efervescente cuando entré a unos baños con olor a limpio, papel higiénico, y jabón de manos. ¿Qué más se puede pedir en un momento como ese?. Una ejecución rápida, yo diría que casi perfecta. Busqué la cadena del w.c. con intriga, pues el mecanismo va variando ligeramente de un país a otro, de un estado a otro, de un medio de transporte a otro. Vi una rosca circular con un letrero incrustado: “fechado” en portugués, “cerrado” en castellano, al que le acompañaban unas flechas en el sentido de las agujas del reloj. Me deslicé placenteramente hacia el autoengaño de quien se siente astuto y no lo es, e intenté moverlas en el sentido contrario con el anhelo de despedirme por siempre del desayuno de la mañana: pan gomoso, puré de maíz y café con leche. Me embarqué en un pulso, mano a mano, con la rosca circular de la cañería, y no conseguí moverla ni un ápice.

Salí del baño, algo despeinada y con el parar de quien algo trama, en busca de una idea que me sacara del apuro. Vi entonces un cubo con productos de limpieza que saqué de dentro con ávida rapidez, con la intención de llenarlo de agua antes de que alguien viniera. Desgraciadamente, la pila de manos era circular y chata, y este hecho me hizo fracasar estrepitosamente. “¿Qué hago?, Qué hago?”, “Anda, si aquí hay una puerta cerrada. A ver si encuentro dentro una ducha para llenar el cubo”, me dije conversando conmigo misma (es que aquí muchos baños tienen también duchas). Nada, era un aseo para minusválidos, con una cañería y una rosca igual a la que me estaba a mi dando tal quebradero, sólo que más nueva y reluciente.

Admito que se me pasó varias veces por la cabeza dejarle un regalo navideño al que entrara detrás. “Pero oye, que siempre te indigna ver cómo se dejan los demás el baño, no vayas a ser ahora tú igual”. Entonces presiono la rosca y… Voilà. Consigo tirar de la cadena. Tantos años de evolución humana para esto… En fin, que salí de los aseos con aire triunfal, y tomé de nuevo asiento como si nada. Sergio me miraba y sonreía. Se olía algo, espero que sólo metafóricamente.

Conclusión: me encanta, y escribo encanta en negrita y subrayado, la sencillez de la vida.