ESPAÑA CON OJOS DE TURISTA (I): volver a casa tras un largo viaje

Sugerencia: si tenéis Spotify o Youtube a mano, os recomiendo leer el texto con la canción “Les Nuits” (de Nightmares on wax), de fondo. Por casualidad me releí este post con la susodicha canción sonando y me pareció mucho mejor que el silencio.

La primera vez que me desarraigué de los lazos del hogar fue a los 21. Fui beneficiaria de las ya expiradas becas SÉNECA que te permitían estudiar en otra universidad española y vivir, por ende, en otra ciudad.

Granada
Fui a estudiar a Granada. Me encantaban las vistas a la Sierra Nevada desde la ciudad.

 

Por aquel entonces, como tantos otros momentos en la vida, una no era consciente de que esto marcaría un antes y un después. Unos meses sin volver a mi pueblo -no más de cuatro- hasta la primera visita en Navidad, fueron suficientes como para ver mi casa con otros ojos.

Unos ojos más objetivos y una mirada más crítica.

Mi casa ya no era del todo mi casa. Era una casa ajena, con características buenas; otras no tanto. Apreciaba sus bondades y me fijaba en sus defectos. El jardín una delicia. ¿Quién no disfruta de un poco de Sol con un clima como el mediterráneo? Extrañaba terriblemente esto viviendo en un piso de 50m2.

Otros rincones, en cambio, se me antojaban escasamente iluminados. Habitaciones absurdamente dejadas en el olvido que tan sólo visitamos para guardar algún trasto-estorbo (trastos que se convierten en estorbos), o limpiar el polvo de vez en cuando.

(Pregunta: ¿por qué siempre la misma tendencia al exceso? Como en las comidas de Navidad, ¡leñe!).

cena de navidad

 

Incluso el olor. Por primera vez fui consciente de que mi casa tenía un olor característico en el que no había reparado antes.

¿Pero a qué viene todo esto, si este es un blog de viajes? Bueno, de viajes y también de reflexiones. Porque viajar nos abre la mente, y lo que os voy a contar va en la misma línea de pensamiento…

El caso es que me acordé mucho de esta sensación cuando regresamos a España después de un intenso año viajando por América. Vale que no era la primera vez para ninguno de los dos (que nos íbamos fuera, ¡digo!). Pero en unas vacaciones de un mes la sensación es descaradamente incomparable.

Necesitas más tiempo para desarraigarte de lo tuyo, y hacer de otro ambiente lo cotidiano.

España ya no era un país donde dábamos por hecho las cosas. Había dejado de ser nuestro particular ombligo del mundo por y para siempre. Lo de aquí no es más correcto que lo de allí. Ni nuestras tradiciones son mejores, ni nuestra forma de pensar la acertada, ni nuestros valores incuestionables.

En España, como en todos los lugares del planeta tierra, la gente ha forjado su peculiar y exclusiva forma de concebir el mundo.

España

 

Lo cual me lleva a pensar en definir qué es mejor y qué es peor. Supongo que coincidirás conmigo en que no hay un color mejor que otro. Unos prefieren el azul, mientras que otros se decantan por el verde. Algunas preferencias son estrictamente subjetivas (o casi).

Pero no todo es tan relativo. En lo referente a la sanidad o la educación, por ejemplo, seguramente haya una opinión más unánime al respecto. ¿Verdad que sabríamos a qué países tomar como referente en cuestiones académicas? Mejor Finlandia que Nigeria, donde la tasa de analfabetismo es mucho mayor, ¿no?

Pues creo que España se me antojó como lo que a día de hoy es.

Un país del sur de Europa, con una población de poco más de 45 millones de habitantes, y unos cuantos conflictos bélicos de más en la historia que lleva a sus espaldas.

Un país donde la gastronomía es brutal, el vino bueno, bonito y barato, el clima relativamente suave y estacional, la gente seria y maleducada (si comparamos con los del sur), o alegre y extrovertida (en comparación a los del norte). No me gusta generalizar de esta forma, pero a mis ojos es indiscutible que el clima es un condicionante decisivo del carácter cultural.

Reconocí el folklore español, tan peculiar y característico en lugares como el clicheístico bar Casa Paco, o la taberna de toda la vida, donde irte a tomar unas tapas o unas cañas. O unas tapas y unas cañas. Libre elección si preferís más tapas que cañas, o al revés.

bar casa Paco
El bar Casa Paco es más o menos así

 

Me re-indigné volviendo a la realidad de la situación laboral de mi país. ¿Cómo sin hablar un inglés perfecto era capaz de, en una semana, poder elegir entre varios puestos de trabajo en Canadá?. ¿Por qué aquí, a pesar de habernos pasado media vida estudiando, tenemos unas probabilidades tan altas de fracasar en la búsqueda de un trabajo que merezca la pena?

Observé la decadencia de algunos lugares: caminos de tierra alrededor de campos de naranjas no muy lejos de casa. Pensé también, en lo muchísimo que me hubiese gustado una ciudad con otra “Ciudad de las Artes y las Ciencias” como la de Valencia. ¡Dios! Nos pasamos una tarde entera tomando fotos a cada rincón.

Ciudad de las Artes y las Ciencias
Ciudad de las Artes y las Ciencias en Valencia, España.

 

Y no penséis que exagero cuando digo lo mucho que a los dos nos llamó la atención, montados en el último avión antes de llegar a casa, escuchar de nuevo el castellano a lo españolito. Ese “ceceo” tan característico aquí, y tan difícil de encontrar al otro lado del Atlántico.

En fin, que este año nos abrió la mente, en todos los sentidos.

Cuando conoces qué hay más allá de lo que estás predestinado a ver por haber nacido en una determinada latitud y longitud, tienes más herramientas para comparar qué te parece peor y qué te parece mejor. Amplías horizontes, rompes esquemas, y en más de una ocasión se te gira el cerebro. Literal.

Pero todo te lleva a ser una persona más justa, objetiva y racional. Flexible y tolerante.

Cierro reflexión con una conversación que tuve con una antigua y muy querida compañera de trabajo. Nos tomamos una jornada laboral de 40 horas a la semana como justa, porque nos han enseñado que lo es. Y ya está, punto y pelota. Mientras tanto consideramos que la gente en, por ejemplo China, trabaja de más.

mucho trabajo

 

¿Pero cuarenta horas a la semana es mucho o poco? Poco si comparo con las 12 horas diarias de media laboral en China, mucho si pienso en un tercio de mi vida. ¡Eh! Que otro tercio se me va durmiendo, y con alguna otra cosilla que hacer a la que me despisto se me pasa el arroz…

En fin, más vale seguir recabando información de todo lo que veamos dentro y fuera de España.

Cuanto más sepamos del mundo, mejor decidiremos si nos estamos montando la vida que queremos. ¿No crees?

No me gusta ver mis fotos

Esta entrada no va sobre complejos físicos de carácter adolescente, o sobre lo poco que me gusta revisar la calidad de mis fotos cuando aplico lo que aprendo en los cursos de Fotografía.

Esta entrada va sobre lo jodidamente efímera que es la vida.

El otro día estaba enfurruñada frente al ordenador. Hacía apenas un año desde que lo formateé, y mi carácter previsor me estaba avisando de que no tardaría mucho en quedarme sin espacio en el disco duro. Ya lo dice el dicho, hombre precavido (o mujer, que siempre se les olvida), vale por dos.

Maldita Era Digital, en la que un espacio en “La Nube” (así, con mayúsculas y todo), o un espacio en a saber dónde, es un bien tan codiciado. Guardamos nuestras cosas en formatos que me parecen, aún a día de hoy, muy místicos, y al menos yo sigo preguntándome si cuando tenga 80 años voy a saber rescatar los recuerdos de mi juventud.

 

ancianas con portátil

 

Supongo que una foto impresa sigue dándome más garantías de perpetuidad, aunque mi esencia minimalista y el riesgo de incendios me dicta que no vaya acumulando trastos. Que a la que nos descuidamos tenemos que ir alquilando trasteros para guardar los enseres y la vida está muy cara. Hala.

El caso es que se me ocurrió desempolvar mi cajón de Dropbox.

Para los que no lo sabéis, Dropbox es una aplicación web que te permite almacenar de forma gratuita, aunque no desinteresada, una cantidad X de memoria. No me atrevo a definir dicha cantidad porque la van cambiando según les viene en gana, y porque es ampliable si superas las 12 pruebas de Hércules… Ya sabéis, “Si invitas a no sé cuántos amigos a que se registren y pruebas a saltar sobre el pie izquierdo con el índice derecho sobre la nariz, te regalamos otros X GB de almacenamiento extra”.

En fin, que este hijo maldito de la Era Digital resulta de mucha utilidad cuando haces un viaje con amigos (o con quien sea), y quieres compartir tus fotos con ellos (o con quien sea) en esto que llamamos “La Nube”.

Como seguramente también vosotros habréis comprobado, la tendencia acumulativa del ser humano es extrapolable al terreno digital, caso concreto sea este el de las fotos. Es decir, que cuando vamos cámara en mano cual japonés practicando turismo, somos capaces de efectuar tal ingente capacidad de disparos por minuto, que cualquiera diría que no habría un mañana para seguir con susodicha actividad.

 

japoneses haciendo fotos

 

Acabamos con el dedo roto y teniendo copias casi idénticas de lo mismo, o fotos sin ton ni son (2 o 3, 3 o 4, por si alguien sale con los ojos cerrados o el encuadre no nos gusta). Las acumulamos por dejadez y sin querer caer en la cuenta de que, algún día, nos tocará comprometernos con la ardua e infravalorada tarea de seleccionar y eliminar todo aquello que no nos sea útil, y emplear el codiciado espacio de La Nube en obras maestras de las de verdad.

¿Os acordabais de que estaba enfurruñada frente a mi ordenador y su limitada capacidad de almacenamiento, no? Sergio dice que tiendo a divagar e irme por las ramas. Bien. El caso es que achiné los ojos y comencé a hacer limpieza en mi cuenta de Dropbox para dar cabida a las fotos del viaje (América 2016-2017).

Fue como abrir un cajón polvoriento, la Caja de Pandora.

Algunos recuerdos un poco vagos y difusos, dibujos de trazo claro y a mano alzada, cobraron vida de nuevo. Otros reaparecieron sin tan siquiera esperar a ser invitados.

Las fotos son testimonio de que lo que recordamos algún día sucedió. De que lo que vivimos, es intangible y etéreo. De que somos incapaces de congelar el aquí y ahora. Tan sólo podemos tratar de inmortalizar en nuestro recuerdo lo que buenamente podamos.

Y esto es apabullante.

Vi a mis sobrinos, tan pequeños y cambiados con respecto a las últimas fotos que me llegan por Whatsapp, que hasta me costaba reconocerlos. Pensé que ya nunca más podría acunarlos entre mis brazos como acostumbraba a hacer un tiempo atrás.

A mis abuelas, con menos arrugas en el rostro pero los mismos ojos curtidos en incontables batallas mirando a cámara. Vi aquel piso de estudiantes que alquilé el último año de licenciatura, o fotos en el pub que frecuentaba con mis amigas cuando era adolescente.

 

mi abuela
He aquí a mi yaya por parte de padre.

 

Vi a personas que alguna vez formaron parte de mí, y con las que perdí el contacto. O cuya relación fue marchitándose con el tiempo.

Vi a los que ya no están porque tuvieron que marcharse. Al cielo, dicen.

También vi a los que siguen estando a día de hoy, aunque de los que estaban por aparecer ni rastro. Vi el flujo continuo de mi vida. De una vida pasada que, paradójicamente, sigue siendo la misma de hoy.

Sentí una punzada de nostalgia tan profunda y adictiva, que por un momento se me anegaron los ojos de lágrimas y contuve el aliento. Como si me hubiesen dado un fuerte empujón en el pecho, o un golpe seco en la garganta.

Entonces deseé estar en mi casa. Ponerme a revolver entre los armarios en un ataque de insomnio nocturno (lo mío con el café es una eterna relación de amor y odio). Abrir aquella bolsa de piel marrón que guardaba los álbumes de la familia como tesoro escondido. Rebuscar entre las cintas de VHS y hacer funcionar ese viejo vídeo del que aún no nos hemos desecho porque nos hace viajar al pasado.

Recordar mi cara cuando era niña. Ponerle voz de nuevo a la figura de mi madre. Analizar desde una perspectiva adulta, y por primera vez desde entonces, nuestra relación materno-filial. Sentí mucha intriga a su vez por mi tía Eva, que también murió cuando yo era niña y a la que mi padre dice que me parezco tanto. No en el físico, no en el nombre. Quizás en algo mucho mejor.

Dicen que los nuestros, aunque se vayan, siguen aquí mientras los recordemos. Y yo lo hago con más frecuencia de la que jamás admitiré en voz alta.

Si hasta sentí nostalgia de pensar que ese preciso instante, ese momento concreto y actual que estaba viviendo también iba a desvanecerse, ¡joder!

Y entonces recordé por qué no me gusta ver mis fotos.

Es porque me recuerdan que la vida es efímera. Que todo pasa, lo malo pero también lo bueno. Hasta el lavarse los dientes cada mañana es exclusivo, porque lo hacemos en unas condiciones concretas, únicas e irrepetibles. Y porque sé, o al menos espero, que dentro de mucho miraré mi cara frente al espejo y pensaré: “Joder, ¿tan pronto ha pasado mi vida?”.

Tal vez los budistas tengan razón cuando afirman que la clave de la felicidad reside en vivir el presente.

 

No acostumbro a ser una persona nostálgica, pero esa noche me concedí el deseo. Sentada con el portátil sobre mi regazo bajo la luminosa, solitaria e interrogante luna, frente a unos viñedos que no volvería a ver nunca más cuando me fuera, fui consciente de que aquel instante también pasaría a ser historia algún día.

Y tú, ¿qué relación guardas con tu pasado?

Pasado, presente y futuro

 

¿El entorno limita el desarrollo personal?

El ser humano es una especie que vive y se desarrolla en sociedad. La explicación biológica de esta característica reside en que, con ello, estamos más protegidos frente a los peligros que en el entorno acechan. Juntos mejor que separados. La manada siempre es más segura.

Partiendo de esta premisa, no es de extrañar que busquemos mediante nuestras acciones el beneplácito de los que nos rodean. Cuando nos sentimos desorientados y sin saber qué hacer, recurrimos a pedir consejos a la gente de nuestro entorno. Incluso cuando tenemos las ideas bastante claras con respecto a un asunto, seguimos anhelando ese ligero asentimiento de cabeza por parte del prójimo, a modo de ansiolítico.

Buscamos sentirnos aceptados y dentro de la manada, mediante el apoyo de los nuestros.

 

Fuera la vida es incierta, insegura, hostil, quizás hasta peligrosa.

 

manada de lobos

 

Si mi familia y mis amigos me apoyan, será que estoy haciendo las cosas bien, ¿cierto? Con esto dejamos zanjado el asunto, y ni vamos ni vemos más allá.

Sin embargo, si por alguna razón se nos ocurre la idea de salir de la manada -entiéndase por “alguna razón”, generalmente, el aprender a otear el horizonte por lo que podamos encontrar más allá de nuestro campo de visión-, y pedimos consejo, estamos perdidos. Nuestro entorno no va a apoyar la decisión, al menos a priori ni instintivamente, puesto que con ello ponemos en peligro la supervivencia y perpetuación de este colectivo de lobos que somos los seres humanos.

Los nuestros limitan nuestro desarrollo personal porque nos quieren. Y esto tiene que quedar claro. No es que el papá ni la mamá de Juanito no quieran que él se marche fuera porque “seguro que le va a ir mejor y se lo va a pasar de rechupete”. Es que el papá y la mamá de Juanito, quieren tanto a Juanito, que no se dan cuenta de que demostrándole su amor de esta manera le están cortando las alas que Juanito necesita para ser feliz.

Nadie está trazando un plan maquiavélico para impedir tu desarrollo personal. Sin embargo, en muchas ocasiones tenemos la sensación (cada vez menos, por suerte), de que todo lo que se salga del estereotipo básico, es un disparate:

  • Estudia una carrera
  • Encuentra un buen empleo (y mantenlo)
  • Conoce a alguien y cásate
  • Y… ¡En marcha los motores! Que ya va siendo hora de tener uno o dos churumbeles

¿De verdad tengo que creerme que todos y cada uno de los que conformamos esto a lo que llamamos Mundo, seremos felices así? Lo dudo mucho.

Familia dibujos

Para mí, personalmente, el disparate es saber cómo va a ser el resto de mi vida.

 

Precisamente por esto, si les presentas una opción que no les cuadra, del tipo: “Voy a dejar mi trabajo fijo en un país con una alarmante tasa de paro, para irme a recorrer el mundo, y luego ya se verá”, y además, lo haces dejando asomar una serie de dudas e inseguridades en tu voz, probablemente recurrirán a todo tipo de medidas disuasorias. Van a intentar convencerte y hacerte cambiar de opinión: “Pero hombre, ¿cómo vas a hacer eso con lo bien que ganas, y lo bien que estás en el trabajo?, ¿y el mundo? ¡El mundo es un lugar cruel y hostil que puedes limitarte a visitar en vacaciones!”.

Sienten que la manada peligra y se ven amenazados.

Esta reflexión me lleva a lo que inevitablemente estáis pensando. ¿Qué es lo que pasó con nosotros y nuestro entorno cuando decidimos hacer lo que Juanito?

Mi corta trayectoria de “decisiones que cambian sustancialmente mi vida” me había enseñado que, cuando alguna vez había tenido dudas con respecto a un tema en concreto, y lo comentaba a mi familia, en la mayor parte de las ocasiones ésta no me alentaba al cambio, a dar el paso. A saciar la curiosidad. A apostar, porque entonces tenía posibilidades de perder. Perder siempre era el concepto que figuraba entre líneas, no ganar.

¿Qué es lo que pasaba con el tiempo? Que el run-run de la curiosidad, de llevar a cabo esa idea que se había sembrado en mi mente como una semillita que se planta, e inconscientemente va creciendo con el agua de las dudas, era tan incómoda que yo acababa haciendo, literalmente, lo que me venía en gana, y desestimando todo tipo de consejo. Con más pesar o menos, con mayor o menor folklore, dándole más o menos vueltas al asunto, pero haciendo, a fin de cuentas, lo que yo quería.

¿Pero qué tipo de familia es la mía por no alentarme al cambio, y qué clase de tipeja soy yo por no hacer ni puñetero caso?

 

Alicia en el País de las Maravillas

 

Ni mi familia es única en su especie, ni yo soy un personaje extravagante salido de Alicia en el país de las maravillas. Os aseguro que somos un ejemplo, un patrón claro, de lo que pasa en nuestra sociedad. Queremos, protegemos, y acabamos encarcelando al prójimo, porque estamos contaminados por una nube tóxica de historias con finales tristes sobre males ajenos.

También es verdad que con los años he aprendido a echar mano de mi cabezonería, y quizás he convertido este defecto en un fiel aliado. Un aliado que siempre me insta a que pruebe, a abrirle las ventanas a la mente para que la semilla que ahora es árbol tenga por donde salir.

Por lo general, los cambios siempre me han llevado a una situación de mayor felicidad. Y apuesto a que esto es así porque, si he decidido cambiar algo, lo he hecho con la conciencia clara y el instinto innato de saber que eso era lo que en el fondo precisamente quería.

 

Si hacemos lo que queremos es difícil que nos equivoquemos.

 

Retomemos el asunto de Juanito y nuestros disparates. Yo sabía que si comentaba de golpe y porrazo en casa: “Papá, hermanas; tengo pensado irme a ver mundo, ¿vosotros qué opináis?”, la disputa estaría servida.

Así que primero, Sergio y yo tomamos la decisión a escondidas. Nos reforzábamos y motivábamos a nosotros mismos frente a las pequeñas inseguridades, y construimos un muro atrincherado con un vigía en lo alto de una torre que protegería nuestro territorio de los misiles provenientes del exterior, es decir, de las explosivas e incómodas opiniones que inevitablemente estaban por llegar.

Directamente dijimos en casa que la decisión estaba tomada y que no había vuelta atrás ni posibilidad de cambio. En vez de pedir consejo ni preguntar por la opinión de nadie, fingí una falsa seguridad dando la noticia. Un aplomo que ni a todas luces tenía, pero mi única estrategia frente al objetivo de no dejar a nadie sobrepasar la barrera de un compromiso que había sellado a cal y canto conmigo misma.

Recuerdo que unos días después de dar la noticia en el trabajo, celebramos una comida en casa de mi abuela, la madre de mi madre. Una reunión informal a mediodía y entre semana, aprovechando que era verano y estaban mis tíos de visita.

Una mesa relativamente grande de gente ocupada frente a unos platos de pasta exquisitos, charlando despreocupadamente de asuntos cotidianos y poco relevantes. Yo, estratégicamente, colocada en un extremo de la mesa a punto de activar el detonante: “Pues nada, es que hemos decidido que nos vamos…”.

La batalla estaba servida. Solté la bomba y no me hizo falta participar en la consecución del debate, porque todo se desarrolló como si yo no hubiera estado allí.

 

boom

 

Dos bandos notablemente diferenciados: unos a favor, otros en contra. Mis hermanas, protegiendo la manada, enzarzadas en plena discusión con mis tíos, que alegaban afirmaciones del estilo: “¡pero es que ella no es como vosotras!, ¡busca otros caminos!”.

Mi abuela alrededor de la mesa con semblante risueño, sin decir nada pero divertida, sin duda, ante lo que frente a ella estaba aconteciendo. Los niños metidos en sus asuntos, demasiado ocupados como para prestar atención a los aburridos problemas de los mayores, y el perro de la casa (un gigante negro llamado Dani con problemas para controlar sus niveles de energía), detrás de la puerta del jardín, brincando incansable y notablemente emocionado frente al alboroto. El perro notaba, sin duda, la excitación del momento.

Esto es lo que me viene a la mente cuando pienso en aquel día.

Concluí el debate diciendo que la decisión estaba tomada y era irreversible.

Con el tiempo, las personas que desde un principio habían estado a favor reforzaron su teoría sobre la felicidad individual (gracias, por cierto, por creer en nosotros). Las que inicialmente presentaron cierto grado de resistencia y desaprobación acabaron concluyendo, o al menos eso creo, que la decisión fue un acierto.

Si nos hubiésemos dejado convencer no estaríamos hoy aquí, ni este año hubiese supuesto un punto de inflexión en nuestras vidas.

Por tanto, como moraleja concluyo: el entorno puede limitar el desarrollo, pero quien bien te quiere acabará apoyando que tú seas feliz. Si tienes un plan, una predeterminación, una locura por hacer, hazla. Haz lo que tú creas que debes hacer, escucha a quien haga falta pero no te dejes influenciar más de la cuenta por opiniones ajenas.

 

En unos años, el único que se arrepentirá de todo lo que no hizo, no serán ni tus padres, ni tus abuelos, ni tus hermanos, ni tus tíos o tus primos. Serás tú y nadie más que tú.

 

Como siempre, estamos atentos, felices y contentos de que nos dejéis por aquí cualquier tipo de comentario, sugerencia, duda o desavenencia.

¡¡¡ ADELANTE !!!

La vida al revés: viaja nueve meses y trabaja tres

¿Estás sin dinero?, ¿No tienes trabajo?, ¿Tienes trabajo pero no te llena?, ¿Estás cansado de la rutina?,  ¿Te parece que un mes de vacaciones al año es un robo a tu tiempo de vida?, ¿te sientes vacío?… Aquí te proponemos una solución, un plan, una alternativa que puede hacer que todo esto cambie; VIAJAR. Si, si, tal y como lo lees.

Hay mucha más gente de la que piensas que ya ha tomado la decisión de cambiar su estilo de vida. Dejar de trabajar 11 meses al año y disfrutar sólo 1 para darle la vuelta a la tortilla.

Una de las cosas que más nos sorprendió  durante el viaje fue encontrarnos con tantísimos viajeros que llevan varios años viajando.  Algunos se han convertido en nómadas digitales. Su trabajo ahora les permite viajar con su oficina portátil y poder generar dinero desde cualquier parte del mundo. Otros tienen habilidades que les permiten ganar dinero mientras viajan o van haciendo pequeños trabajos durante el propio viaje que les va sustentando. Por ejemplo, en México conocimos a una pareja que se dedicaba a hacer malabares en los semáforos. En un par de horas de trabajo sacaban suficiente dinero como para pasar dos o tres días, eso sí, ¡eran unos auténticos cracks!.

Malabaristas en la calle
Cada vez es más común ver a estos artistas callejeros ganándose la vida en los semáforos.

Sin embargo, la gran mayoría no tenemos estos conocimientos o habilidades, o simplemente, preferimos trabajar poco tiempo y el resto dedicarlo 100% a viajar (o a lo que sea). En este caso, nos toca recurrir a lo de toda la vida, al trabajo típico, a doblar el lomo, a currar. La diferencia radica en elegir muy bien el país, el trabajo que vas a realizar y evitar pagar alojamientos. En este post te vamos a contar lo que nosotros hemos hecho y la forma que se adapta mejor a nosotros y nuestro estilo de viaje.

¿Te interesa? Pues sigue leyendo…

Lo primero es saber si realmente te gusta viajar. Y me refiero a viajar de verdad,  es decir, irte de casa cargado con tus pertenencias en una mochila, maleta o alforjas a conocer el mundo por un largo periodo de tiempo. No son las típicas vacaciones de 15 días donde vas como pollo sin cabeza, soltando billetes y viviendo en una burbuja turística. Quizás no lo tengas claro porque nunca antes has hecho un viaje tan largo y no sabes si realmente te va a gustar.  Nosotros no lo sabíamos, lo máximo que habíamos estado de viaje era en modo turista y no más de 17 días, sin embargo, algo nos decía desde dentro que lo íbamos a disfrutar como niños en parque de bolas. Y así es.

Escúchate a ti mismo y sino prueba… siempre puedes volver.

 

Si entiendes que vivir viajando no es lo mismo que ampliar de forma indefinida las vacaciones de 15 días, te proponemos que cambies la proporción trabajar/viajar. Por ejemplo, hay personas que trabajan séis meses y viajan otros séis. Suelen ser trabajos de temporadas largas con un buen sueldo que les permite ahorrar para invertirlo en los siguientes séis meses de viaje. Trabajar en verano como socorrista, en invierno en alguna estación de esquí, en zonas turísticas como camareros…Es una buena opción pero nosotros pensamos que lo ideal es trabajar tres meses y viajar  nueve. 

OJO, estoy hablando de viajar sin tener que estar buscándote la vida día tras día, que ya sabemos que hay gente que viaja sin un duro, pero a mi parecer, se puede hacer muy incómodo. Est0y hablando de un viaje sin muchas preocupaciones económicas.

Ok, muy bien, ¿pero dónde está el truco? Porque trabajando 3 meses en España o en cualquier país de habla hispana es casi imposible sacar suficiente dinero como para viajar nueve meses. COOOORRECTO.

EL TRABAJO

El truco es trabajar en países de renta alta: Canadá, EEUU, Nueva Zelanda, Australia, Reino Unido, Suiza, Noruega,…y que además tengan trabajos de temporada muy fuerte como recogida de frutas, pesca, venta de salmón en Noruega…

Algo muy importante para maximizar nuestras ganancias es que estos trabajos te den la posibilidad de hospedarte gratis. Esto parece una locura pero en países como en Canadá, por ejemplo, es muy típico ver grandes extensiones de orchards (cultivos) con temporeros acampados o viviendo en caravanas (como nosotros).

Eva concentrada en el jardín de nuestra “casa”

Estas zonas de acampada suelen tener todos los servicios básicos cubiertos; una cocina común y baños. Así te ahorras elevadas cantidades de dinero en alojamiento y todo, o casi todo, lo que ganes podrás destinarlo al viaje.

Los trabajos suelen ser duros, con jornadas laborales que se alargan hasta las 16 horas en algunos casos y con pocos días libres. Trabajos repetitivos que aburren a cualquiera y con un alto desgaste físico y psicológico. Sin embargo, estos problemas desaparecen en cuanto ves la cifra que puedes ganar y los meses de disfrute que vendrán después. Además sabes que va a ser solo por tres meses.

Por ejemplo, en Canadá (que no es el país que más se gana ni mucho menos) se pueden ganar fácilmente más de 2500€ al mes trabajando una media de 10h diarias y descansando 4 días al mes. Eso sí, tienes que currar, ya que los trabajos más interesantes son los que pagan por trabajo realizado (por kg de fruta recogida, por árboles plantados…) y eso depende de ti.

Vale, esto me interesa, ¿pero cómo consigo trabajo en estos países?

Hoy en día si eres español y tienes entre 18 y 35 años (los criterios cambian entre países) tienes la posibilidad de conseguir las famosas Working Holiday Visa para Canadá, Nueva Zelanda y Australia.  Estas visas te permiten trabajar y viajar en cualquiera de estos países.  Si no eres español lo mejor es que chequees si tu país está inscrito en el acuerdo con el país de destino para tramitar las WHV.

Aquí te dejo los enlaces donde puedes buscar esta información e iniciar los trámites. OJO, no os dejéis engañar por otras páginas que no sean oficiales para tramitar las visas, cobran comisiones altísimas y muchas veces son estafas. ¡SIEMPRE tramitadlas en las PAGINAS OFICIALES!

Canadá – Australia – Nueva Zelanda 

En este link, Laura de mimundosinfronteras.com nos explica los requisitos para acceder a cada una de las visas.

 

 

La opción B: trabajar de manera ilegal. Ósea, irte a un país, buscar trabajo y trabajar con una visa de turista normal y corriente. Es una opción posible, que muchísima gente  hace (muchísima es muuuuuchísima) en Canadá y EEUU sobre todo, pero tiene sus inconvenientes:

    • No tener un seguro médico.

    • No darte de alta en su sistema de empleo.

    • Si no te pagan no puedes justificar que has trabajado.

    • Pueden pagarte menos de lo normal o recibir un peor trato.

    • ES ILEGAL y pueden multarte, deportarte o cosas que no queremos.

¿Y cómo encuentro el trabajo?

Pues como harías en tu propio país. Buscando. Puedes hacerlo antes de salir de casa mediante las páginas de búsqueda de empleo online, grupos de Facebook, contactos de otros amigos que ya lo han hecho…O puedes aventurarte a viajar al país y buscarlo in situ como nosotros hicimos. En realidad, depende del país, y nosotros solo tenemos la experiencia de trabajar en Canadá, pero lo normal es ir a la zona donde sabes que se cultiva e ir preguntando puerta a puerta.

Lo que quiero que te quede claro es que es muy fácil encontrar trabajo. En las temporadas de fruta, por ejemplo, se necesita mucha mano de obra que los propios países no llegan a cubrir. Nosotros rechazamos varios trabajos y nos quedamos con el que más nos pagaba. ¡Tuvimos la oportunidad de elegir trabajo!…Impensable en España.

 

EL VIAJE

Como ya he mencionado antes, viajar por un periodo largo no es lo mismo que un viaje de 15 días o un mes, donde tiras la casa por la ventana y eres capaz de gastarte 1000 o 2000 euros en pocos días. En este tipo de viajes tienes que economizar para que el dinero ganado te dure el tiempo que quieres estar viajando.

Para ello tienes que aplicar ciertas reglas, trucos o consejos que te ayudarán a tener un presupuesto diario de unos 10-15€ dependiendo de los países que vayas a visitar (se puede reducir incluso a 5€ si eres muy extremo). Recuerda que mientras viajas te olvidas de gastos fijos como seguros de coche, internet, teléfono, alquiler de vivienda….

Viaja reduciendo gastos

Trucos para reducir gastos en los tres pilares básicos de un viaje: comida, alojamiento y transporte.

Hagamos unas cuentas fáciles.

Imagínate que ganas como mínimo 6000€ en tres meses (muy mal tiene que irte) y durante el viaje gastas 20€/día porque prefieres no ir tan ajustado.

6000€/20€ al día= 300 días, o lo que es lo mismo ¡10 MESES!

¡¡¡¡Es una locura!!!!!!

Ahora que ya te he contado la teoría y seguramente estés deseando darle una patada a todo para lanzarte a viajar, te voy a contar nuestra historia (si quieres saber más solo tienes que darte una vuelta por el blog 😉 ).

Eva y yo dejamos nuestros trabajos en una empresa en crecimiento y con sueldos relativamente buenos en la que llevábamos cuatro años bastante a gusto. Cuando decidimos dejarlo todo y empezar un viaje sin fecha de regreso teníamos ahorrados unos 4000€ cada uno pensando que nos durarían séis meses.

Empezamos el viaje en Saõ Paulo y recorrimos durante nueve meses Brasil, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala, México y Cuba. Cogimos tres aviones (de Belém a Manaos, de Medellín a Ciudad de Panamá y de México a Cuba). Hicimos una travesía en barco por el Amazonas de 7 días desde Manaos a la triple frontera con Perú y Colombia. Y nos sacamos cuatro cursos de buceo en Utila, una isla paradisíaca del caribe hondureño.

Y todo esto supuso una INVERSIÓN de unos 4000€. Aprendimos todas las técnicas para reducir gastos durante el viaje y las aplicamos, y el único trabajo que hicimos fue hacer videos en tres hostales a cambio de alojamiento y un video en un tour para avistar delfines, que además nos gustó hacer.

El dinero que pensábamos que nos duraría seis meses lo alargamos a nueve, y un estilo de vida que pensábamos sería temporal se nos metió en el cuerpo como una droga de la cual no queríamos desengancharnos. Podíamos haber vuelto a España a nuestros antiguos trabajos, volver a la rutina, a las comodidades, familia, amigos, etc, pero no. Decidimos que queríamos seguir y nos fuimos a buscar trabajo a CANADÁ.

Montando a caballo en el Hostal La Laguna en los Andes Colombianos, Manizales.

Primero estuvimos dos semanas de turisteo con mis padres, que vinieron a vernos. Aprovechamos que teníamos coche alquilado y nos dimos una vuelta por la zona de Canadá donde se encuentra el trabajo temporal en la cereza, manzana y uva. El Okanagan Valley.  Buscamos por Google Maps, las zonas donde se podía observar cultivos desde las fotos aéreas y trazamos una ruta con el coche a la cual dedicamos un solo día. Conseguimos varios contactos y seguimos de turismo. 

Mis padres se fueron y solo 4 días después ya estábamos trabajando en un viñedo, viviendo en una caravana y ganando una media de 18 $ dólares canadienses a la hora en el precioso Okanagan Valley.

En dos meses que estuvimos trabajando unas 9-10 horas al día conseguimos ganar unos 9000 CAD cada uno (6000€ al cambio). Con este dinero vamos a seguir viajando, pero esta vez en bicicleta que es aún más económico y ¡más aventurero!. Y con nuestro perro Mus, que nos está esperando en casa con la mochila preparada.

Este es Mus….esperándonos.

Como véis, es más que factible darle un giro de 180º al estilo de vida estereotipado que nos han inculcado. Ese estilo de vida que parece que si no sigues cuando eres joven eres un fracasado, un loco o un soñador, pero que cuando tienes 50, 60 o 70 años piensas… ¡mierda! He malgastado mi vida en un trabajo que no me llenaba, apenas conozco mi país y apenas me conozco a mí.

Nunca es tarde, también hay viajeros con más de 70 años dando la vuelta al mundo. Pero yo creo que es mejor no llegar nunca a pensar que has malgastado una vida, la única que tienes.

Así que no lo pienses más y lánzate a vivir una vida de aventuras, haz que cada día cuente y merezca la pena.


Y ya sabes, si te ha gustado el post y crees que puede ayudar a alguien más para motivarlos, no dudes en COMPARTIR.

Pero sobretodo… ¡Déjanos un comentario! Cada vez que recibimos uno es como un empujoncito que nos anima a seguir escribiendo y a seguir con este proyecto de vida.

 

¡Nos vemos en el camino!

Qué suerte, disfruta tú que puedes. Excusas para no tener la vida que deseas

Estas palabras retumban en mis oídos mientras sigo quitando hojas y brotes secundarios de los viñedos de Claude.

Lo malo (probablemente también lo bueno) de los trabajos mecánicos, es que le dejan mucho espacio en blanco a la mente, para que divague por rincones a los que tan sólo llega de pura hartera por aburrimiento.

Apunte: es muy conveniente aburrirse de vez en cuando.

 

 

¿No estáis entendiendo nada?

Bien, comencemos por el principio.

Llevábamos unos 8 meses de viaje por el continente americano cuando llegamos a Canadá. Decidimos que este extenso, tranquilo y lejano país sería buen lugar para trabajar: pagan relativamente bien (aunque esto sólo cobra sentido si tienes algo con que comparar), y es fácil encontrar trabajo, pues hay una alta demanda de mano de obra joven y enérgica.

En el segundo país más grande del mundo vive menos gente que en España. Me gusta abrir google maps y maravillarme con esta frase, comparando los tamaños de ambos países colocando cada uno en un extremo de la pantalla. Normal que ni en las ciudades más cosmopolitas se vea nunca batiburrillo de gente. Y hablo de Vancouver, que es la única que a día de hoy conocemos por acá.

 

 

Además, trabajar fuera es otra forma de conocer mundo. A mi personalmente me hacía ilusión, sentía que así cerrábamos ciclo. Nos demostrábamos a nosotros mismos que en el momento en que lo necesitáramos, no iba a ser tan complicado encontrar trabajo, lo cual es una tranquilidad bien grande para la salud mental del viajero.

Una forma de corroborar en carnes propias que vivir viajando no es sólo posible, sino también todo lo fácil que uno desee.

 

El caso es que buscamos y encontramos. Fuimos literalmente de granja en granja, y pronto conseguimos un contacto. Trabajo para dos. No en lo que habíamos estado pensando (era época de la cosecha de cereza en el valle), tal vez mejor.

Y aquí estamos ahora: dos meses después, haciendo labores de campo en el Okanagan Valley, a unas horas de la capital de estado, Vancouver.

Un trabajo al aire libre (cosa que me encanta), con un jefe bueno, flexible y justo (lo cual me encanta aún más), y una extensión de terreno cercado justo enfrente con cabras, un par de caballos preciosos, ovejas y tres llamas cotillas que se acercan cuando te ven para ver si les has traído comida. Me pregunto por qué los vecinos tienen llamas…

 

 

Mientras transito de un extremo a otro del campo, harta de tanto rap, tanta música electrónica, y tanto reguetón (viajar por Latinoamérica no sólo puede cambiarte el acento), escucho en el móvil un podcast sobre viajes.

De repente, uno de los entrevistados dice algo que me resulta extremadamente familiar. Algo así como: “Cada vez que alguien me dice: “qué suerte, disfruta tú que puedes” cuando se entera de que vivo viajando, no puedo evitar sentirme ofendido”.

Paro en seco.

Me siento tan identificada con esto, tan sumamente identificada con él, que inevitablemente comienzo a darle vueltas al tema.

¿Por qué?, ¿por qué me sienta mal también a mí?

 

Lo que podría considerarse un halago, pasa inevitablemente a la sección de comentarios insolentes. Y quizás mi instinto replicón, mi genio maleducado, sólo tiene ganas de responder: “¿Por qué tengo suerte?, ¿por haber cogido las riendas de mi vida?”. Risa maléfica a continuación, al más puro estilo muajajaja.

A colación de esto, entre hoja y hoja, entre brote y brote, paso a la siguiente reflexión.

La gente a la que le gustaría vivir viajando pero no lo hace, suele poner (o auto-convencerse) de una serie de excusas genéricas que suelen repartirse en 5 categorías.

Obviamente hay otros muchos motivos que no hemos incluido aquí, ¡pero el mundo es muy grande y las circunstancias infinitas!

  • Dinero
  • Tiempo
  • Compañía
  • Edad
  • Familia

 

Dinero.

La excusa por excelencia. El motivo en la cúspide de la pirámide. La razón entre las razones.

Si buscamos un poco en la web, veremos testimonios sobre una gran cantidad de viajeros que realizan su sueño con un presupuesto más bien escaso.

Como os contábamos en “Viaja reduciendo gastos” o “¿Viajar es caro? 5 meses, 2 países y miles de km. Precio: 2000€ todo incluido”, viajar con comodidades es caro. Viajar, a secas, no lo es. Y si nuestro presupuesto te parece ajustado, te confirmo que aún podría serlo más.

Por tanto, si eres occidental y vives en un país desarrollado, esta no debería de ser excusa. Tienes la posibilidad de hacerlo, tus necesidades primarias están más que cubiertas. Pon una fecha, hazte con algunos ahorros (olvídate de cifras astronómicas) y elige destino.

 

 

Sí, pero, y cuando se me acabe el dinero ¿qué?

 

Sí, por ahí también hemos pasado nosotros.

No voy a hablarte de montarte un negocio online, o de que trabajes como blogger, porque ese es otro tema y, además, una meta que nosotros no hemos alcanzado.

Así que empezaré por la parte fácil: viaja unos meses, y cuando veas que la economía empieza a flojear, busca trabajo en un sitio donde te merezca la pena trabajar.

Por ejemplo, si estás en Norteamérica y sabes que en Estados Unidos tienes posibilidad de ganar más dinero que en México… voilà. Vete a Estados Unidos. No importa si no te dedicas a lo que has estudiado, sólo va a ser un trabajo temporal, de tránsito, que contribuirá a que te desenvuelvas más y mejor por la vida.

Si algo es cierto es que todos tenemos capacidad de aprendizaje y capacidad de trabajo.

No vamos a morir de hambre. Te lo prometo.

 

Tiempo.

Este punto está estrechamente relacionado con el anterior.

El conflicto surge cuando nuestro trabajo requiere que estemos un mínimo de 5 días a la semana en una ubicación geográfica determinada, lo cual nos imposibilita el desplazamiento.

Sin trabajo, hay tiempo de sobra. Como dice el refrán popular: muerto el perro, se acabó la rabia. Problema resuelto.

 

Compañía.

“No tengo a nadie con quién hacerlo”. Entiendo que te de miedo, no es un paso fácil.

Seguramente yo no estaría donde estoy ahora si no hubiese tenido a otra cabecita loca que me complementara en mis idas y venidas.

Pero sé más valiente que yo, y no esperes la compañía perfecta. Seguro que lo que de primeras es un inconveniente, acaba por convertirse en una ventaja: la flexibilidad de un viaje en solitario es única. Incluso si te complementas bien con tu compañero. 

Sólo te diré que quien prueba a viajar solo repite, y que la experiencia es siempre enriquecedora.

 

 

Si por caprichos del destino nosotros no pudiésemos viajar juntos, estoy convencida de que, a estas alturas, abriríamos caminos en solitario.

Pero seguiríamos viajando.

 

Edad.

Estuve a punto de no añadir esta categoría a la lista, pero a fin de cuentas es algo que también se utiliza como argumento.

Repito lo mismo: ni os imagináis la de gente que se conoce, de todas las edades, repito, todas las edades, viajando. Y es que nunca es tarde si la dicha es buena. A este paso, acabaremos recitando la mitad del refranero español antes de acabar el post… jaja.

Como ejemplo, conocimos a una señora rusa de unos 60 y pico años, en una de esas típicas habitaciones compartidas de hostel cuando estábamos en Colombia. No hablaba español y su inglés era muy básico, pero ahí estaba la tía. Toda una echá pa’ lante. Y olé.

 

Familia.

Me refiero al hecho de viajar con niños.

Si soy sincera, aún no he forjado una opinión concreta al respecto.

Si bien no hay nada que enseñe más que el hecho de ver mundo, con una vida nómada pierdes por completo la estabilidad de los convencionalismos. Y esta estabilidad durante la infancia, además de bonita, puede ser conveniente.

 

 

Ya sabéis, forjar amistades desde bien chiquitos, la estrechez de lazos durante el crecimiento y desarrollo, la etapa escolar… En definitiva, ofrecerles a tus hijos una infancia “de las de toda la vida”. Para que tengan amiguitos de jardín de infancia cuando sean mayores.

Aún así, ¿quién sabe?

Tal vez en un futuro nos veamos arrastrados a movernos al más puro estilo wanderlust, con los chiquillos a cuestas… ¡No digas de este agua no beberé! (no os decía yo…).

Uno de los temas clave en relación a este punto es el de la formación académica. Ésta debería estar tutelada por los padres y existen muchas escuelas a distancia que hacen posible este estilo de vida.

En fin, no hay nada más válido como justificación de que algo es posible, que tener ejemplos de que alguien lo ha hecho antes que tú. Si ellos pueden, ¿por qué tú no? Esta es la clave.

 

 

¿Puede que lo que huela sea miedo? Sí, puede que sí.

¿Te cuento un secreto?

Nos pasa a todos. Pero sólo tú puedes decidir si afrontarlo o no.

Al final, no hay excusas.

Sin embargo, también hay que sincerarse con uno mismo.

Parece que esto de los viajes está de moda, y que queda mejor decir “Si fueran otras mis circunstancias, me gustaría dar la vuelta al mundo, o vivir viajando” que “La verdad es que soy feliz con mi estilo de vida” y punto.

Porque la realidad es que cuando uno sale de casa así, pierde comodidades, sale de la zona de confort, se enfrenta a momentos delicados y renuncia a muchas cosas, aunque el balance al final sea siempre positivo.

Sí, a mi también me gustaría estar en casa cuando enfermo y no tengo alojamiento, hablar bien el idioma para pedir indicaciones porque no sé dónde estoy, o estar presente en el cumpleaños de mi sobrino, porque ya he perdido la cuenta de los eventos familiares que me he perdido.

A veces siento que no me acostumbro a no estar allí; la mayoría pienso que esto está hecho para mí. Por eso ya hemos pospuesto “el regreso a casa” en dos o tres ocasiones.

Pero supongo que, al fin y al cabo, es una cuestión de prioridades. Y este es el precio que tenemos que pagar, aunque suene mal decirlo así.

Recuerdo cuando le comenté a una de mis hermanas sobre este proyecto de vida que aún estaba por comenzar. Me dijo: “Yo soy más de echar raíces”.

 

 

¿Sabéis qué?

Que me agradó lo que escuché. Y no por la respuesta en sí, sino por la franqueza.

Así que primero, pregúntate si realmente es lo que quieres. Quizás eres ingeniero y tu proyecto de vida es destacar y ascender en la multinacional en la que trabajas, porque quieres triunfar laboralmente. O tienes hijos y ahora no entra en tus planes ni en tus ganas vivir así. O te gusta más la estabilidad, moverte en ambientes conocidos e ir a almorzar todos los sábados al bar de la esquina, que es el que conoces y más te gusta. O con un mes al año de vacaciones tienes suficiente para irte de viaje. O no te gusta viajar, y punto.

Lo que a mí me hace feliz puede no hacerte feliz a ti.
 Sin embargo, y parafraseando una parte del diálogo de Trainspotting que me gusta mucho: no te levantes los domingos por la mañana preguntándote quién co** eres. Y si lo haces, busca por qué. Seguramente te des cuenta de que, sólo en tus manos, está el cambiar tu suerte.

Disfruta tú que puedes.

 

¡Os animamos a que dejéis vuestros comentarios porque nos ponemos muy contentos de leeros!

¿Cuál es tu experiencia en esto?, ¿Qué opinas al respecto? ¡Comparte pensamientos!

 

Os dejamos con el vídeo de los meses en los que estuvimos trabajando en el Okanagan Valley, Canadá.

 

 

¿Qué tan peligroso es viajar de mochilero? Experiencias y consejos

Cuando hablamos con la gente sobre el hecho de llevar a cabo un viaje mochilero, el tema de la seguridad –entiéndase seguridad con respecto a la integridad física- se sitúa en el puesto número 2 del ranking por orden de interés (el número 1 suele ocuparlo la economía).

¿Qué tan peligroso es viajar por países con tan mala fama como Brasil o Colombia, de mochilero, acampando en cualquier sitio y viajando a dedo? Dicho así, incluso a nosotros nos suena mal. No hubiésemos dicho unos meses antes de comenzar, que lo llegaríamos a hacer con tanta ligereza y naturalidad como ahora.

Viajar, salir de casa, ya de por sí vivir, son hazañas que no se eximen de llevar intrínsecas ciertos riesgos. No obstante, la probabilidad de convertirse en víctima de algún incidente desafortunado es aún mayor si viajas, claro, haciendo autoestop, haces acampada libre, andas con una mochila que lejos está de pasar desapercibida y además, de vez en cuando, duermes en casa de desconocidos -haciendo “Couchsurfing”, contactando por Facebook, o aceptando el contacto “de un amigo de un amigo” que te puede alojar-.

Fabiula y Simão fueron nuestros primeros anfitriones Couchsurfing.

Antes de hablar de alguna de nuestras experiencias personales, queremos aclarar que escribimos este post llevando 5 meses recién cumplidos de nuestro mochileo por Latinoamérica, muchísimos kilómetros a las espaldas, anécdotas varias y algún susto que no entrañó más que eso; ser simplemente un susto que se convirtió en anécdota. Por lo tanto, si en algún momento de la lectura os da por alarmaros… ¡Tranquilos! Si ahora estamos escribiendo esto es porque todo salió bien.

Sustos que se convirtieron en anécdotas…

Para mí el peor trago haciendo dedo fue aquella vez en la que nos paró una camioneta en la que viajaban 4 tipos. “Lo siento, somos dos y no cabemos. Pero gracias”, les decimos. “¿No es su esposa? Pues entre usted y que se siente ella encima”, le dice a Sergio. Sin mucho tiempo para reaccionar y hartos de estar aguantando semejante solambre a luz del mediodía, nos montamos los dos. Él sentado, yo sobre sus piernas con la cabeza torcida por la falta de espacio –“si nos chocamos me rompo el cuello”-, pienso. Y no hubiese sido raro dada la velocidad y la conducción con la que el conductor pilotaba el coche. Pronto nos dimos cuenta de que el copiloto iba ebrio, y los dos de atrás eran dos armarios que le reían las gracias de una forma un poco grosera. Yo intentaba mantenerme callada, como queriendo pasar desapercibida, pero el colmo fue ver cómo el copiloto comenzaba a mostrarle a sus colegas los vídeos porno que llevaba en el móvil. Sin importarle, claro está, lo que podía incomodarme esto sobre todo a mí (Sergio no se dio ni cuenta; yo estaba sentada sobre su regazo y le tapaba la visibilidad). Sentía el corazón latirme en la garganta y el viaje –no tan largo, por fortuna- se me hizo lento y tortuoso. Comencé a imaginarme todo tipo de situaciones para nada gratas: “A ver qué podemos hacer con 4 hombres, 2 de ellos enormes. Correr, simplemente correr. ¿Conseguirían alcanzarnos?”. Gracias al destino, a la suerte, o no sé a qué, nos dejaron en el punto acordado, al pie de la carretera. Me bajé rápidamente y dije bastante malhumorada: “Lo siento, pero el autoestop se ha acabado por hoy. No me vuelvo a subir con 4 tipos nunca más”. Aunque esto, señores, fue un pacto conmigo misma que pronto olvidé.

Playa de Coquerinho
Como recompensa nos encontramos aquel día con este atardecer en una playa desierta (Playa de Coquerinho).

También tenemos varios ejemplos sobre cómo la propia gente te advierte en la calle. Una vez en Olinda, Brasil, íbamos con el teléfono móvil en la mano siguiendo la ruta que nos marcaba el GPS para llegar a la parada del autobús –como dato: el sitio no nos había causado sensación de inseguridad en los dos días que estuvimos allí-. Un matrimonio, a la puerta de una casa, nos silba y hace ademán con la mano para que nos acerquemos. “Guarde el móvil inmediatamente y no vaya por esa calle”, nos dicen. “Se están metiendo en un barrio muy peligroso. Si quieren llegar a la parada, den un rodeo por allá”. Por suerte, ahí ya entendíamos bastante bien el portugués, así que acatamos órdenes sin rechistar y les dimos las gracias por tan sabios consejos.

Olinda
Las calles de Olinda son muy pintorescas.

En otra ocasión estábamos en la playa de Salvador de Bahía regresando de camino al hostal al caer la tarde, aunque aún no era de noche. Se nos acercan tres muchachos navaja en mano y vemos ya de lejos que van como zarandeándolas en alto, algo alterados. Nos paran y, de pronto, lo que pensábamos que iba a ser un atraco inminente se convierte en un consejo: “No vayan por ahí, nos acaban de robar la mochila. Les he sacado la navaja, serán hijos de p***”. Uff… por los pelos. Una vez más la gente consiguió salvarnos de un posible –o bien probable- robo. En general, debo admitir que en los dos días que pasamos en Salvador de Bahía sí tuvimos sensación de inseguridad con bastante frecuencia.

Lo de Belém –de nuevo en el norte de Brasil- fue lo más. Antes de llegar y estando una vez allí, absolutamente TODO el mundo nos advertía: “Cuidado con las mochilas, que aquí roban mucho”, “Ni salgáis por la noche… es peligrosísimo”, “A mi sobrino lo secuestraron la semana pasada pidiendo rescate”, nos dijo la que nos hospedó a través de la plataforma AirBnb. La primera noche, cuando llegamos a su casa, nos quedamos boquiabiertos al ver la cantidad de cerrojos que tenía en la puerta y la valla electrificada que rodeaba el edificio. Pillamos tal paranoia, que el último día aún no nos habíamos atrevido ni a sacar la cámara de la mochila. Este mismo día pensé que ya estaba bien y la saqué en la calle. Vi tantos rostros voltearse hacia mí –no sé si por el interés para con la cámara, o porque simplemente pensaban que yo era una tarada inconsciente-, que la guardé rápidamente.

Belem
Esta es la única foto que nos atrevimos a hacer con la cámara

En Agra dos Reis (Brasil) contactamos con un anfitrión Couchsurfing que vivía en la periferia de la ciudad, en un barrio muy humilde. Tuvimos que hacer tiempo por la calle hasta que él terminase de trabajar y regresase a casa… Y de nuevo, un señor en la calle nos dijo que no fuésemos llamando tanto la atención con las mochilas por ahí. Le contamos la historia a nuestro anfitrión Arundo, el cual nos respondió que la gente vive con mucho miedo. Yo pienso igual.

Hemos dormido en sitios bastante extravagantes. La noche que llegamos tarde a Lagoinhas nos tocó pernoctar en la playa -ni nos molestamos en montar la tienda de campaña-, y nos la pasamos despertándonos intermitentemente con el sonido de algún quad haciendo travesía nocturna. Sin embargo, quizás la peor fue cuando, haciendo dedo, llegamos a las afueras de un pueblo llamado Casimiro de Abreu (Brasil), se puso a llover y como estaba anocheciendo, tuvimos que dormir en una casa abandonada -parte del relato lo describimos en esta entrada-. Creo que en las ocasiones de peligro muchas veces se me activa en el cerebro algo así como una defensa psicológica que me desactiva la capacidad de contemplar y enumerar riesgos. Simplemente, hago por dejar la mente en blanco y no pensar. Claro está, que no por ello no nos cuidamos de tomar ciertas precauciones, como utilizar luz roja dentro de la tienda para no llamar la atención de ningún curioso.

Sí amigos, esta es la casa abandonada en la que hicimos noche.

Nuestra primera ciudad en el viaje fue São Paulo. Quedamos con un chico suizo que habíamos conocido el día anterior y fuimos a dar una vuelta. Llegamos a la boca de una calle llena de fumadores de crack y muchachas intentando captar clientes a las puertas de moteles de mala muerte. Las cámaras colgadas al cuello rápidamente fueron guardadas. Poco después descubrimos que nos habíamos acercado peligrosamente a una zona de la ciudad conocida como Crackolandia: un par de calles plagadas de adictos a esta peligrosísima sustancia de la que tan difícil es desengancharse. Zombies vivientes, robos, sexo y violencia.

En São Paulo hay muchas personas adictas al crack, por desgracia.

Como este post ha consistido en una enumeración de acontecimientos fortuitos, quizás estemos dando una visión equivocada: no es tan peligroso como parece. Hemos echado muchas horas en la calle, algunos días enteros, nos hemos expuesto mucho a todo. Supongo que es el efecto de las malas noticias, que como son las que se cuentan, son las que más lejos llegan. Claro, nadie te va a decir que 1 millón de personas visita Río de Janeiro anualmente y no les pasa nada. Te contarán sobre aquel caso en el que un motorista se metió en una favela sin saberlo y fue disparado. 

Algunos consejos que nos han servido

Hay que tener siempre precauciones, esto es cierto.

    • Mejor ir vestido sin llamar mucho la atención: nada de relojes pomposos o ropa de marca, sobre todo en algunos lugares.
    • Informarse y preguntar a la gente local sobre barrios que es mejor tratar de evitar. Nosotros no solemos salir de noche si el sitio no nos da confianza.
    • Llevar los objetos de valor, como la cámara de fotos, en una bolsa plástica estilo “compra de supermercado” suele ser recomendable.
    • Tener en cuenta que en las ciudades, sobre todo si son grandes, siempre hay más peligro que en zonas rurales o pueblos.
    • La actitud también influye; el miedo se huele. Mejor caminar con seguridad y sin temor, pues pasas más desapercibido aunque se note que eres extranjero.
    • Pero, sobre todo, UTILIZA EL SENTIDO COMÚN. Ir hablando por el teléfono móvil en las calles de una gran ciudad es, como dicen los colombianos, “dar papaya”: es decir, estar creando tú mismo la situación propicia para que te roben.
    • Si se realizan trayectos en autobús, sobre todo si éstos son de larga distancia, es recomendable prepararse una pequeña mochila con los objetos más valiosos y nuestra documentación. Como la mochila grande va a tener que ir en el maletero del autobús, en caso de que nos roben no lloraremos tanto la pérdida.
    • Hemos oído algún caso de robos haciendo autoestop: al bajarse la persona del coche para sacar la mochila, el coche ha salido pitando. Para evitar esto, y siempre que se viaje en pareja, primero puede bajar uno, abrir el maletero, y sólo cuando haya sacado las mochilas que baje el otro.
    • Llevar siempre encima un candado no está de más. En algunos hostels se dispone de taquilla para guardar las pertenencias; eso sí, que el candado sea bueno.
En Colombia las favelas son llamadas comunas. En la foto, la Comuna 13, que a pesar de tener un pasado sembrado por el terror y la muerte, hoy en día resurge para ser un atractivo turístico (y muy recomendable) de la ciudad de Medellín.

Conclusión después de 5 meses mochileando

En Brasil vimos que en general la gente vive con mucho miedo por todo. ¿Será una técnica de los medios de comunicación informar solamente de las malas noticias para infundir terror y tener a la población controlada? A modo de ejemplo: nosotros solíamos viajar bastante con camioneros. Muchos nos decían que manejar de noche es peligroso porque los asaltos en la carretera son frecuentes. “Ah, ¿pero que usted fue atracado alguna vez?”, y siempre nos encontrábamos con la misma respuesta: “No, pero el compañero de un compañero…”. Y así una infinidad de veces.

La realidad en Colombia está siendo diferente a la que vivimos en Brasil. Actualmente llevamos dos meses en el país y en ninguna ocasión nos hemos incomodado ante situaciones extrañas. Es más, Colombia está abriéndose aún más al turismo por la actual situación de tregua con el tema de la guerrilla. Lugares hasta hace unos años controlados en exclusiva por el negocio del narcotráfico han sufrido un incremento en el número de visitantes anuales. Palomino, en la Guajira, es un ejemplo de esto.

Una vez más, agradecemos y os invitamos a que dejéis vuestros comentarios y compartáis cualquier tipo de duda, experiencia o simplemente opinión en el post. ¡Es gratis! Y sobre todo… nos hace mucha ilusión leeros 🙂

¿Viajar es caro? 5 meses, 2 países y miles de km Precio: 2000€ todo incluido.

Cuando le decimos a la gente que llevamos 5 meses viajando no es infrecuente encontrar miradas de confusión, sorpresa o incluso incredulidad. En algunas ocasiones nos miran como de arriba abajo sin decir nada; en muchas otras, directamente afirman: ¡Ah! Pero ustedes deben de estar montados en el dólar.

Pues la verdad es que NO. No estamos montados en el dólar (ni en el euro, vaya). Aunque suene sorprendente, viajar no cuesta dinero. ¡Se podría hacer gratuitamente si uno quisiera! Sabemos de gente que ha salido de casa sin nada, pero éstas, son otro tipo de circunstancias en las que no tenemos experiencia, así que no será el tema objeto de análisis para con este post.

Una buena forma de ahorrar viajando es moverse a dedo. Tardas más, pero el viaje suele ser más interesante.

Lo que sí sabemos es que lo que encarece los viajes son las comodidades a las que uno está acostumbrado, y las prisas que te llevan a querer hacer muchas cosas en poco tiempo. A modo de anécdota: cuando aún estábamos trabajando y solamente disponíamos de 17 días de vacaciones en verano, hicimos un viaje a Indonesia. ¿Sabéis cuántos vuelos cogimos en tan sólo 17 días? ¡9 vuelos! Lo pensamos ahora y… vaya par de locos. Estábamos tan ansiosos por aprovechar el tiempo que entre tours, islas, prisas y caprichos, nos gastamos algo más de 1.000 € por persona. Vamos, ¡lo mismo que nos gastamos ahora en 3 o 4 meses!

Actualmente hemos encontrado un equilibrio entre la comodidad que nos gusta (tomar una cerveza de vez en cuando, hacer algún tour, comer fuera unas cuantas veces por semana…), y un gasto contenido que nos permita estirar nuestro dinero hasta la próxima parada para trabajar de nuevo y volver a ahorrar. En este post te contamos cómo lo hemos hecho y cómo hemos ido evolucionando desde nuestros inicios en São Paulo, hasta el día de hoy, 5 meses más tarde.

En Bogotá no nos privamos de probar el Ajiaco, plato típico.

Al principio, como es de suponer, gastábamos más, pero poco a poco hemos ido aprendiendo una serie de truquillos que nos han hecho posible reducir el gasto de aquí y de allá.

Desde un inicio tuvimos claro que en el alojamiento no queríamos invertir mucho dinero. Los dos nos adaptamos a dormir donde sea (tenemos facilidad para coger el sueño rápido), así que normalmente nos decidíamos por la opción más barata que encontrábamos en internet. Pero ¡ojo! en Sudamérica los alojamientos más económicos no suelen estar publicitados, así que lo que mejor suele funcionar es llegar al lugar, explorar, preguntar e incluso intentar regatear a la hora de reservar habitación o cama.

Además, llevamos una tienda de campaña que hemos utilizado en numerosas ocasiones (¡ni se imaginan!): tanto en nuestras travesías de montaña o campings, como en otros lugares en los que se nos ha permitido acampar (ejemplo: en la Guajira, Colombia, estuvimos un mes entero alquilando parcelas para montar la tienda).

Acampados en una de nuestras travesías de varios días.

Con respecto a Couchsurfing, nos costó bastante arrancar porque viajábamos muy improvisadamente y no siempre sabíamos dónde íbamos a hacer noche (los gajes del autoestop, sobre todo en nuestro viaje por Brasil). No obstante, hemos conocido a muchos viajeros que se mueven así, y les ha ido de maravilla. Para ello es altamente recomendable adquirir una tarjeta de prepago del país en el que te encuentres, para tener siempre una mínima conexión a Internet. Debemos confesar que también hemos tirado de contactos que ya teníamos, o que hemos conocido de viaje, lo cual nos ha permitido quedarnos en sus casas en diversas ocasiones. Recientemente, sobre todo cuando vamos a destinos típicos o grandes ciudades, hemos probado a publicar en grupos de mochileros y viajeros que hay en Facebook, preguntando si alguien tiene hueco o una cama libre en casa. Es otra opción y ¿quién sabe? Algunas veces funciona.

En cuanto al tema comida, comenzamos como señores sibaritas haciendo desayuno, comida y cena fuera de casa. Sin embargo, en seguida vimos que a este ritmo poco íbamos a durar, y decidimos que lo mejor sería, por lo menos, desayunar y cenar en casa. El siguiente paso consistió, entre tanto arroz blanco y frijol (típico y extendido en toda Sudamérica), en aprovechar cada vez que teníamos cocina disponible -esto no siempre es posible- para hacer las 3 comidas en casa, a excepción de cuando nos veíamos vagos y perezosos, o simplemente nos apetecía comer fuera.

Arroz, salsa de tomate y cebolla, plátano frito y queso costeño. Esta comida la preparamos en casa.

Por supuesto, adaptarse a la comida local es siempre más económico. Cuando comenzamos por Brasil, nos costó un poco deshabituarnos a ciertos caprichos culinarios, como por ejemplo desayunar con cereales o tostadas de Nutella (en Brasil es realmente cara). Vimos que lo que nos costaba una caja de cereales o un bote de este delicioso dulce era el equivalente a lo que invertíamos en comprar leche, huevos, harina de yuca y alguna pieza de fruta, así que optamos por el “allá donde fueres, haz lo que vieres”, y ahora llevamos meses sin desayunar a lo españolito pero, ¡nos cuidamos como reyes! Otra cosa a tener en cuenta es dónde se adquieren los alimentos; los mercados en la calle suelen ser más baratos que los supermercados, y muchas veces preguntamos a algún vecino del pueblo o barrio para que nos recomiende alguna tienda a la que ir a comprar.

Intentamos quitarnos el vicio de calcular los precios en la moneda de nuestro país de origen. Lo mejor es adaptarse a la moneda del país que estés visitando. Por ejemplo, 6.000 pesos colombianos es el equivalente a menos de 2 euros o dólares. Hace unos días vimos que vendían unos trozos de pizza con muy buena pinta. Por ellos pedían esta misma cantidad, lo cual en España sería muy barato. Sin embargo, en Colombia por el mismo precio puedes encontrar menús que incluyan bebida, sopa y plato típico (arroz, frijol, carne, ensalada o patacón). Quizás a un español que esté turisteando por unos 15 días muchas cosas puedan resultarle una ganga aunque realmente no lo sean; no obstante, nosotros estamos haciendo un viaje mucho más largo y ¡cada céntimo cuenta! (Dato: al final no compramos el trozo de pizza).

Tratamos de aprendernos el precio aproximado de las cosas porque en muchas ocasiones hemos visto que lo inflan cuando ven que eres extranjero. Pronto nos metimos en la cultura del regateo, y aprendimos cuándo era momento de regatear y cuándo no: en los sitios en los que el precio está establecido no solemos hacerlo, pero cuando el precio no está escrito en ningún cartel o letrero, ¡amigo, somos duros como piedras! No nos da vergüenza ninguna andar preguntando el precio de las cosas antes de adquirirlas.

La fruta de mercado… ¡buena, bonita y barata!

Por lo general, viajando lento se gasta menos. Jugamos con los precios y las fechas de los transportes para adquirir tíquets a mejor precio. Nos da igual salir mañana que dentro de 5 días si el precio es más bajo. Siempre que podemos hacemos autoestop, y en cuanto al alojamiento, si sabemos que vamos a quedarnos más de dos días en un sitio intentamos que nos mejoren precio. 

Los tres puntos de gasto básicos son el alojamiento, la comida y el transporte. Aunque no somos muy dados a realizar tours, de vez en cuando hacemos alguno que sí valga la pena. En Brasil nos gastamos de media mensual algo menos de 400 €/persona, mientras que en Colombia hemos reducido a menos de 300 €/persona. Las razones son varias: las distancias en Brasil son continentales, y aunque lo hicimos casi todo a dedo, tuvimos que invertir bastante dinero alojándonos en cada punto del camino; en Colombia todo es más barato (no mucho, pero se nota); y la experiencia viajando, regateando y aplicando trucos.

Ruta hecha por Brasil y Colombia en los 5 primeros meses de viaje.

A modo de ejemplo, en un momento del viaje llegamos a un punto alejado de cualquier otro núcleo de población (Puerto Nariño, en el Amazonas colombiano). Nos quedamos sin dinero puesto que no había cajeros allí, y queríamos quedarnos unos días más. Ahí surgió la idea del trueque: intercambiar publicidad y trabajo de fotografía por alojamiento gratuito. No siempre lo hacemos, por ejemplo, cuando el alojamiento es tan barato que no merece la pena, o cuando solamente queremos hacer noche en algún sitio. Sin embargo, nos ha dado resultado en diversas ocasiones y hemos quedado ambas partes altamente satisfechas. Aclarar que siempre que hemos hecho esto ha sido con sitios que realmente nos han gustado, ¡nunca publicitamos algo que nosotros mismos no utilizaríamos!

En Bogotá también intercambiamos publicidad por alojamiento. Nos encantó este hostal.

El gasto en las ciudades suele ser más elevado: por el alojamiento, porque tendemos a comer más a menudo fuera de casa, por el transporte dentro de la ciudad (en grandes ciudades este punto es inevitable y el autoestop no es una opción), y de que además nos concedemos más caprichos (a todo el mundo le apetece de vez en cuando sentarse en una terraza a tomarse una cerveza, un helado o un batido de frutas).

De momento no hemos generado ingresos, pues tan sólo hace 5 meses que salimos de casa con nuestros ahorros listos para ser gastados. Sabemos que hay formas de ganar dinero viajando, y que mucha es la gente que las lleva a cabo (hacer artesanías, vender comida en la calle, hacer malabares, trabajos cortos y temporales, etc.). No obstante, nuestra idea es seguir disfrutando del viaje sin trabajar, hasta que se agoten los ahorros y tengamos que establecernos fijos en algún lugar para trabajar de nuevo durante algún tiempo. Seguiremos la filosofía de trabajar en países donde el sueldo sea más alto, para luego viajar por países donde todo sea más barato. De esta forma el dinero rinde mucho más.

Como ya hemos dicho, este es el estilo de viaje que nosotros hemos elegido. Sabemos que se puede viajar más barato y que mucha gente lo hace (obviamente también más caro). Sin embargo, pensamos haber encontrado el equilibrio que a nosotros nos satisface (de momento). Animamos a que cada uno encuentre el suyo pero… ¡no dejen de viajar!

Pueden consultar otros trucos relacionados con la economía del viajero en el post Viaja reduciendo gastos.

¿Creen que este presupuesto es alto?, ¿bajo?, ¿medio? ¿Qué se gastan ustedes cuando viajan? ¡Déjenos sus comentarios y compartamos más trucos sobre la economía del viajero!

Sueños amazónicos en un orfanato

Aquella noche, de camino a Villa de Leyva, habíamos decidido pasarla en un hostel al que llamamos, sin malicia y en una pequeña broma privada, “el Orfanato”. Nuestra habitación era una sucesión de literas alienadas en cuyas camas, el huésped debía apilar como mínimo unas tres mantas y dormir acurrucado para paliar el frío andino de la región. 

El hostel estaba decorado con muebles como de rastro; algo ajados, de estilos que nada tenían que ver unos con otros. Pero estaba limpio, bien ordenado, y esa congregación de muebles que -me atrevo a apostar- habrían vivido independientemente una vida pasada -una casa, un bar, incluso una oficina-, descansaban en armonía, confiriéndole al lugar el aura propia de quien arregla su casa con cariño, como buenamente puede. Con humildad, dignidad e ilusión.

Yo normalmente no sueño; o mejor dicho, cuando me levanto, no acostumbro a recordar las inquietudes en las que mi mente ha estado trabajando unas horas antes. 

Un día, conversando con una amiga, me dijo que ella soñaba mucho. Casi todos los días, se despertaba con una historia diferente. Me preocupé tanto, que lo primero que hice tras zanjar conversación fue meterme en internet y buscar información: “¿Será que sufro algún bloqueo neurológico o emocional y por eso no recuerdo los sueños?”. Qué sé yo. Pero no, el hecho de que no recordemos lo que soñamos tiene relación con la fase del sueño en la que estás cuando te despiertas. Lo cual, para mí, fue un alivio.

No sé qué hora de la madrugada sería, cuando entró en la habitación un muchacho que dormía en una de las literas. El tipo tenía un hipo tan incontenible, que aunque se esforzaba en disimularlo no lo conseguía -era sábado, así que lo más probable es que viniera contento de rumbear-, y justo me despertó en una fase del sueño bien propicia, porque  recordaba exactamente lo que había estado soñando unos segundos antes.

Atardecer en el río Solimões. No era aquí, ni a estas horas del día, pero sive.

Estaba en un río que bien podría ser alguno de los afluentes del Amazonas. A ambos lados, una espesa e intransitable selva delineaba el cauce. Dentro del río, pequeños grupos de personas caminaban con el agua hasta la cintura, como conversando entre ellas tranquilamente. Estas personas, habían formado parte de mi vida en algún momento -o seguían formando parte, claro-. El agua del río era negra a causa de la tinción de las raíces de las plantas, pero esto sólo hacía más bello el paisaje.

Y yo nadaba; nadaba con los brazos extendidos hacia delante, moviendo sinusoidalmente el cuerpo, como si fuera una sirena. Pero no era una sirena, era un delfín rosado como los de Puerto Nariño, que tantas leyendas han despertado entre los pueblos indígenas del Amazonas. Saltaba como ellos hacen, me volvía a sumergir, y la corriente del río me llevaba a su favor haciendo que no me costara esfuerzo nadar. Me divertía. Y cuando pasaba al lado de estos pequeños grupos de personas, los invitaba a nadar conmigo: “Pruébenlo, es bien fácil. La corriente los lleva con el río”.

El delfín rosado (Inia geoffrensis) se distribuye por la cuenca del Amazonas, la del río Madeira en Bolivia y la del Orinoco.

Y ya no recuerdo más, tan sólo despertarme como quien justo acaba de hacer algo que le gusta mucho. 

A la mañana siguiente, Sergio me contó que también él había soñado con el Amazonas. ¿Qué tendrá esta parte del mundo, que conecta a las personas oníricamente y hace que la recordemos incluso después de haber marchado?

Os invitamos a que nos dejéis vuestros comentarios, pues siempre nos alegra recibirlos; y si alguien tiene alguna hipótesis, idea o sugerencia para explicar el significado de este sueño, que muy bienvenida sea ;).

El valor inmaterial del tiempo

En mi vida he pasado por algunas fases que, tras meditar concienzudamente, yo denomino como “Etapas de sobresaturación autoimpuesta”. Estas etapas alcanzaron su máximo esplendor, según creo recordar, en dos ocasiones.

Cuando estaba en el último curso de mi Licenciatura en Ciencias Ambientales, se me ocurrió la idea de matricularme a la vez en el Grado de Biotecnología, con el fin de sacarme una espina que me rondaba hacía algún tiempo. Recuerdo aquel curso como una sucesión de charlas y correos con profesores para cambiar algunos turnos de prácticas porque se solapaban los horarios de ambas carreras, entablando relación con compañeros que pudieran pasarme los apuntes de las clases a las que faltaba, y organizando mi horario a modo de puzzle en el que rellenaba mis huecos libres con desespero. Visité al oftalmólogo porque sentía un cansancio crónico en la vista, y las tardes en que tenía más de una práctica de laboratorio, acababa con un mareo que sólo desaparecía cuando me acostaba. Tras negarme que tuviera ningún problema en los ojos, me dijo: “Eres como el albañil al que le duele la espalda porque se pasa más de 10 horas al día cargando sacos de cemento. Tu instrumento principal es la vista, que se resiente porque no dejas que descanse”.

Acabé el curso cerrando la licenciatura y deseando encontrar un trabajo que me sacara del conocido y mundialmente famoso grupo de “Estudiantes que andan por la vida sin pasta”. Tres días después de haber terminado mi último examen, comencé unas prácticas de verano en una empresa que me quedaba a 5 minutos de casa en bici. Cuando acabó el verano me propusieron continuar, así que acepté, dejé de lado Biotecnología, y el último año de los tres que pasé allí reapareció nuevamente otra ESA (Etapa de Sobresaturación Autoimpuesta).

Me encapriché de un Posgrado en Bioestadística que se impartía, no lejos del trabajo, en la Facultad de Matemáticas. Hablé con mi jefa y, tras concederme ciertos beneficios (como acortar el tiempo para comer), me permitió volver de nuevo a un ajetreo intenso de planificación y malabarismos entre trabajo, clases y proyectos. Los días en que tenía clase acababa de trabajar a las 2 y media. Entonces es cuando empezaba la cuenta atrás y daba la vuelta al reloj de arena: 20 minutos para comer, 5 minutos para ir al baño y otra clase de acicalamientos personales, 15 minutos en coche hasta las aulas, y otros 5 minutos restantes para sacarme un café de la máquina y encender el portátil mientras el profesor entraba por la puerta. Cuando llegaba a casa, vuelta a lo mismo, repartiendo el tiempo entre tareas como preparar la cena, sacar al perro y seguir con algún trabajo.

Visto en retrosoectiva, creo que me obsesioné bastante con el tiempo y su paso. Ir a comprar al supermercado era una tarea semanal planificada, medida para que no me llevara más tiempo del necesario. Sacaba al perro con los minutos prácticamente contados. Las semanas de más trabajo dormía apenas 4 horas diarias y, en alguna ocasión, me despertaba con el portátil sobre los muslos, la luz encendida y un molesto dolor de cuello que me acompañaba por unos días, porque me había quedado dormida. En aquella época, las partes de mi cuerpo que más se resintieron fueron cuello y espalda.

A pesar de todo esto, y por suerte para mí, hacía bastante caso a la vocecilla interna que me pedía a gritos salir de casa los fines de semana. Al fin y al cabo somos animales sociales, y yo si no me relaciono me marchito. Creo que gracias a intercalar con bastante frecuencia pequeños ratos de ocio, conseguí sobrellevarlo sin tanto desespero. De primeras, cuando la idea de dejar trabajo y estudios para viajar surgió de una forma más seria, una parte de mí sentía estar echándolo todo por la borda, sobre todo después de un año tan intenso. Luego lo pensé más serena y calmada, y me autoconvencí de poder retomar el posgrado en un futuro, puesto que las asignaturas estaban cursadas, aprobadas, y guardadas en mi expediente.

Si analizo la situación, parece que el resultado final en sendas etapas no fue muy satisfactorio. Comencé dos cosas que no terminé. Y aunque no las terminé porque escogí caminos que en ese momento me complacían más y no me arrepiento, pasé por épocas de mucho estrés que sólo han servido para que decida reenfocar mi vida, de ahora en adelante.

Tres meses después de tanto barullo, me he visto sin trabajar ni estudiar, tan sólo viajando. Durmiendo 8 horas al día (algunos días más), tomándome el café por las mañanas sin prisas, y perdiéndome en paseos que se alargan por las tardes, sin remordimientos porque debería estar haciendo otra cosa. También es verdad que dejamos atrás las comodidades del hogar, sin tanto capricho innecesario ni deseo autoimpuesto, pero a mi me compensa. Ya creo entender el verdadero significado de la conocida y generalmente mal empleada frase, “el tiempo es oro”.

Ahora es cuando pensaréis que esto pinta demasiado bonito, que la gente necesita trabajar para vivir, y que lo que estoy haciendo forma parte de una fortuna, una suerte, una oportunidad que sólo disfrutan unos pocos. Lejos de querer defraudaros, mi historia es mucho más simple. Trabajé durante unos años, ahorré lo que hoy en día buenamente se puede ahorrar con un sueldo normal (no se precisa de ninguna herencia de un familiar rico, o una cuenta en algún paraíso fiscal), y mi intención no es otra que estirar este momento todo lo que pueda. Y cuando se acabe, ¿qué?. Pues que compraré un pasaje al mundo de los mortales, y buscaré la forma de generar nuevamente ingresos. Ya lo dice el dicho: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Yo prefiero preocuparme de los problemas cuando son eso mismo, problemas, y no antes. Y además puedes viajar reduciendo gastos. [Read more…]