Salvador de Bahía y 36 horas entre camiones

Basílica Santuário do Senhor do Bonfim
Basílica Santuário do Senhor do Bonfim, Salvador de Bahía, Brasil

 

Cuando pienso en Salvador de Bahía, primera capital del Brasil colonial, la palabra que instintivamente me asalta la mente es bagunça, es decir, caos. Portugués, idioma con el que antes de viajar a Brasil había tenido una relación limitada a saber el nombre de palabras como “coração” y poco más, nos ha arrastrado a ambos a un popurrí de portuñol (portugués + español), en el que ya es costumbre mezclar ambos idiomas.

Y bagunça me causó simpatía desde el principio.

 

¿Por dónde iba? Ah, sí. Salvador parece el plan maquiavélico de algún arquitecto frustrado que quiere, no más, que sus transeúntes sientan la estupidez que causa la imposibilidad de acceder a una calle que estás viendo de cerca, pero a la que no sabes cómo llegar. ¿El motivo? Que se estructura en dos alturas, entre las que se reparten amplias carreteras que cruzan la ciudad, y una maraña de callejuelas en el mapa, que el turista acertadamente trata de evitar intuyéndolas como favelas.

No está de más comentar que, al igual que otros viajeros que hemos ido conociendo por el camino, la sensación de inseguridad que nos causó Salvador fue palpable y considerablemente mayor a otros lugares del país.

 

barrio de San Antonio
Barrio de San Antonio en Salvador de Bahía, Estado de Bahía, Brasil

 

Lo más emocionante de los dos días que anduvimos por allí, tuvo lugar durante la misma tarde mientras paseábamos por el mismo trozo de playa (Praia da Boa Viagem). En la primera ocasión nos pidieron amablemente pausar nuestra marcha para reanudarla al cabo de 5 minutos, pues estaban grabando la escena de alguna película de temática social -ya los habíamos estado mirando con curiosidad hacía un rato, antes de echarnos una pequeña siesta sobre el césped del mirador (Fuerte de Monserrat). Yo me hubiese prestado encantada a hacer de extra-.

En la segunda ocasión, tres tipos se dirigieron hacia nosotros, mientras uno de ellos sostenía excitado una navaja en la mano. De primeras pensamos que íbamos a ser víctimas de un asalto inminente, pero el tipo sólo nos advirtió de que no siguiéramos por ese camino, pues a ellos los acababan de intentar atracar y el Sol ya había caído. No quisimos tentar a la suerte y modificamos itinerario. Antes de que se nos presentase de improviso una noche cerrada, cogimos un taxi hacia el hostel tras regatearle al conductor con los últimos 10 reales que nos quedaban en el bolsillo.

 

Salvador de Bahía, Brasil
Atardedecer en Salvador de Bahía, Brasil

 

Al día siguiente nos despedimos de la simpática casera y seguimos con la rutina de levantar el pulgar. En un pequeño pueblo del estado de Bahía, Entre Ríos, tuvimos la suerte de encontrar, tal como nosotros la llamamos, la mejor “carona” de nuestra historia, durante un recorrido total de casi 800km y 13 horas al volante.

Antes de llegar aquí, jamás me había subido a un camión. Ahora, ya me resulta extremadamente familiar esa peculiar forma con la que intento mantener el equilibrio cuando me subo a uno, con la mochilota pegada a la espalda. Hemos desplazado nuestro centro de equilibrio unos centímetros, con tal de acomodar el excedente del peso, y cuando andamos por la calle echándolo en falta, nos sentimos como ligeras y gráciles gacelas.

Recuerdo que haciendo dedo vimos pasar de largo a una camionera conduciendo un camión, y que ambos lo comentamos. Siempre me produce una agradable sensación de orgullo ver a mujeres desempeñar profesiones habitualmente dirigidas a hombres.

 

camiones en Igarassu
Sergio junto con dos camiones en el punto de descarga (Igarassu, Pernambuco, Brasil)

 

A los minutos nos paró un camionero y nos subimos con él. Nos dijo que viajaba junto con su compañera, la mujer que minutos antes habíamos visto pasar. Paramos a comer con ellos en una estación de servicio, y decidí montarme con ella hasta Recife. Ya puedo contarle a mi sobrino, un apasionado niño de 6 años de todo vehículo a motor, que viajé, y cito textualmente, “con la camionera más joven de Brasil en 2012” según una revista dirigida al mundo del motor que reunía en un artículo a las camioneras más jóvenes de América.

Y al fin, alcanzamos la esperada región nordeste del país, hasta el estado de Pernambuco.

 

Completamos con ellos un total de 36 horas (cifra que considero muy armónica), la mayoría por puro placer. Ya en el punto de descarga, el patio de una fábrica de bebidas enlatadas repleto de camiones que aguardaban pacientemente su turno, pasamos un par de noches con ellos, añadiendo a nuestra “Lista de lugares pintorescos en los que dormir cuando estás de viaje”, 1. La cabina del conductor, y 2. Una hamaca bajo los hierros de un camión.

Casi me da un infarto la última noche cuando, disfrutando de un placentero sueño opción número 2, encendieron motores en plena madrugada. Desperté a Sergio de un manotazo (me vuelvo un poco bruta en modo superviviente), y me encaramé soñolienta a hablar con el conductor para recordarle que seguíamos ahí.

 

hamaca camión
Eva descansado sobre una hamaca colgada de los bajos de un camión
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