¿Qué tan peligroso es viajar de mochilero? Experiencias y consejos

Cuando hablamos con la gente sobre el hecho de llevar a cabo un viaje mochilero, el tema de la seguridad –entiéndase seguridad con respecto a la integridad física- se sitúa en el puesto número 2 del ranking por orden de interés (el número 1 suele ocuparlo la economía).

¿Qué tan peligroso es viajar por países con tan mala fama como Brasil o Colombia, de mochilero, acampando en cualquier sitio y viajando a dedo? Dicho así, incluso a nosotros nos suena mal. No hubiésemos dicho unos meses antes de comenzar, que lo llegaríamos a hacer con tanta ligereza y naturalidad como ahora.

Viajar, salir de casa, ya de por sí vivir, son hazañas que no se eximen de llevar intrínsecas ciertos riesgos. No obstante, la probabilidad de convertirse en víctima de algún incidente desafortunado es aún mayor si viajas, claro, haciendo autoestop, haces acampada libre, andas con una mochila que lejos está de pasar desapercibida y además, de vez en cuando, duermes en casa de desconocidos -haciendo “Couchsurfing”, contactando por Facebook, o aceptando el contacto “de un amigo de un amigo” que te puede alojar-.

Fabiula y Simão fueron nuestros primeros anfitriones Couchsurfing.

Antes de hablar de alguna de nuestras experiencias personales, queremos aclarar que escribimos este post llevando 5 meses recién cumplidos de nuestro mochileo por Latinoamérica, muchísimos kilómetros a las espaldas, anécdotas varias y algún susto que no entrañó más que eso; ser simplemente un susto que se convirtió en anécdota. Por lo tanto, si en algún momento de la lectura os da por alarmaros… ¡Tranquilos! Si ahora estamos escribiendo esto es porque todo salió bien.

Sustos que se convirtieron en anécdotas…

Para mí el peor trago haciendo dedo fue aquella vez en la que nos paró una camioneta en la que viajaban 4 tipos. “Lo siento, somos dos y no cabemos. Pero gracias”, les decimos. “¿No es su esposa? Pues entre usted y que se siente ella encima”, le dice a Sergio. Sin mucho tiempo para reaccionar y hartos de estar aguantando semejante solambre a luz del mediodía, nos montamos los dos. Él sentado, yo sobre sus piernas con la cabeza torcida por la falta de espacio –“si nos chocamos me rompo el cuello”-, pienso. Y no hubiese sido raro dada la velocidad y la conducción con la que el conductor pilotaba el coche. Pronto nos dimos cuenta de que el copiloto iba ebrio, y los dos de atrás eran dos armarios que le reían las gracias de una forma un poco grosera. Yo intentaba mantenerme callada, como queriendo pasar desapercibida, pero el colmo fue ver cómo el copiloto comenzaba a mostrarle a sus colegas los vídeos porno que llevaba en el móvil. Sin importarle, claro está, lo que podía incomodarme esto sobre todo a mí (Sergio no se dio ni cuenta; yo estaba sentada sobre su regazo y le tapaba la visibilidad). Sentía el corazón latirme en la garganta y el viaje –no tan largo, por fortuna- se me hizo lento y tortuoso. Comencé a imaginarme todo tipo de situaciones para nada gratas: “A ver qué podemos hacer con 4 hombres, 2 de ellos enormes. Correr, simplemente correr. ¿Conseguirían alcanzarnos?”. Gracias al destino, a la suerte, o no sé a qué, nos dejaron en el punto acordado, al pie de la carretera. Me bajé rápidamente y dije bastante malhumorada: “Lo siento, pero el autoestop se ha acabado por hoy. No me vuelvo a subir con 4 tipos nunca más”. Aunque esto, señores, fue un pacto conmigo misma que pronto olvidé.

Playa de Coquerinho
Como recompensa nos encontramos aquel día con este atardecer en una playa desierta (Playa de Coquerinho).

También tenemos varios ejemplos sobre cómo la propia gente te advierte en la calle. Una vez en Olinda, Brasil, íbamos con el teléfono móvil en la mano siguiendo la ruta que nos marcaba el GPS para llegar a la parada del autobús –como dato: el sitio no nos había causado sensación de inseguridad en los dos días que estuvimos allí-. Un matrimonio, a la puerta de una casa, nos silba y hace ademán con la mano para que nos acerquemos. “Guarde el móvil inmediatamente y no vaya por esa calle”, nos dicen. “Se están metiendo en un barrio muy peligroso. Si quieren llegar a la parada, den un rodeo por allá”. Por suerte, ahí ya entendíamos bastante bien el portugués, así que acatamos órdenes sin rechistar y les dimos las gracias por tan sabios consejos.

Olinda
Las calles de Olinda son muy pintorescas.

En otra ocasión estábamos en la playa de Salvador de Bahía regresando de camino al hostal al caer la tarde, aunque aún no era de noche. Se nos acercan tres muchachos navaja en mano y vemos ya de lejos que van como zarandeándolas en alto, algo alterados. Nos paran y, de pronto, lo que pensábamos que iba a ser un atraco inminente se convierte en un consejo: “No vayan por ahí, nos acaban de robar la mochila. Les he sacado la navaja, serán hijos de p***”. Uff… por los pelos. Una vez más la gente consiguió salvarnos de un posible –o bien probable- robo. En general, debo admitir que en los dos días que pasamos en Salvador de Bahía sí tuvimos sensación de inseguridad con bastante frecuencia.

Lo de Belém –de nuevo en el norte de Brasil- fue lo más. Antes de llegar y estando una vez allí, absolutamente TODO el mundo nos advertía: “Cuidado con las mochilas, que aquí roban mucho”, “Ni salgáis por la noche… es peligrosísimo”, “A mi sobrino lo secuestraron la semana pasada pidiendo rescate”, nos dijo la que nos hospedó a través de la plataforma AirBnb. La primera noche, cuando llegamos a su casa, nos quedamos boquiabiertos al ver la cantidad de cerrojos que tenía en la puerta y la valla electrificada que rodeaba el edificio. Pillamos tal paranoia, que el último día aún no nos habíamos atrevido ni a sacar la cámara de la mochila. Este mismo día pensé que ya estaba bien y la saqué en la calle. Vi tantos rostros voltearse hacia mí –no sé si por el interés para con la cámara, o porque simplemente pensaban que yo era una tarada inconsciente-, que la guardé rápidamente.

Belem
Esta es la única foto que nos atrevimos a hacer con la cámara

En Agra dos Reis (Brasil) contactamos con un anfitrión Couchsurfing que vivía en la periferia de la ciudad, en un barrio muy humilde. Tuvimos que hacer tiempo por la calle hasta que él terminase de trabajar y regresase a casa… Y de nuevo, un señor en la calle nos dijo que no fuésemos llamando tanto la atención con las mochilas por ahí. Le contamos la historia a nuestro anfitrión Arundo, el cual nos respondió que la gente vive con mucho miedo. Yo pienso igual.

Hemos dormido en sitios bastante extravagantes. La noche que llegamos tarde a Lagoinhas nos tocó pernoctar en la playa -ni nos molestamos en montar la tienda de campaña-, y nos la pasamos despertándonos intermitentemente con el sonido de algún quad haciendo travesía nocturna. Sin embargo, quizás la peor fue cuando, haciendo dedo, llegamos a las afueras de un pueblo llamado Casimiro de Abreu (Brasil), se puso a llover y como estaba anocheciendo, tuvimos que dormir en una casa abandonada -parte del relato lo describimos en esta entrada-. Creo que en las ocasiones de peligro muchas veces se me activa en el cerebro algo así como una defensa psicológica que me desactiva la capacidad de contemplar y enumerar riesgos. Simplemente, hago por dejar la mente en blanco y no pensar. Claro está, que no por ello no nos cuidamos de tomar ciertas precauciones, como utilizar luz roja dentro de la tienda para no llamar la atención de ningún curioso.

Sí amigos, esta es la casa abandonada en la que hicimos noche.

Nuestra primera ciudad en el viaje fue São Paulo. Quedamos con un chico suizo que habíamos conocido el día anterior y fuimos a dar una vuelta. Llegamos a la boca de una calle llena de fumadores de crack y muchachas intentando captar clientes a las puertas de moteles de mala muerte. Las cámaras colgadas al cuello rápidamente fueron guardadas. Poco después descubrimos que nos habíamos acercado peligrosamente a una zona de la ciudad conocida como Crackolandia: un par de calles plagadas de adictos a esta peligrosísima sustancia de la que tan difícil es desengancharse. Zombies vivientes, robos, sexo y violencia.

En São Paulo hay muchas personas adictas al crack, por desgracia.

Como este post ha consistido en una enumeración de acontecimientos fortuitos, quizás estemos dando una visión equivocada: no es tan peligroso como parece. Hemos echado muchas horas en la calle, algunos días enteros, nos hemos expuesto mucho a todo. Supongo que es el efecto de las malas noticias, que como son las que se cuentan, son las que más lejos llegan. Claro, nadie te va a decir que 1 millón de personas visita Río de Janeiro anualmente y no les pasa nada. Te contarán sobre aquel caso en el que un motorista se metió en una favela sin saberlo y fue disparado. 

Algunos consejos que nos han servido

Hay que tener siempre precauciones, esto es cierto.

    • Mejor ir vestido sin llamar mucho la atención: nada de relojes pomposos o ropa de marca, sobre todo en algunos lugares.
    • Informarse y preguntar a la gente local sobre barrios que es mejor tratar de evitar. Nosotros no solemos salir de noche si el sitio no nos da confianza.
    • Llevar los objetos de valor, como la cámara de fotos, en una bolsa plástica estilo “compra de supermercado” suele ser recomendable.
    • Tener en cuenta que en las ciudades, sobre todo si son grandes, siempre hay más peligro que en zonas rurales o pueblos.
    • La actitud también influye; el miedo se huele. Mejor caminar con seguridad y sin temor, pues pasas más desapercibido aunque se note que eres extranjero.
    • Pero, sobre todo, UTILIZA EL SENTIDO COMÚN. Ir hablando por el teléfono móvil en las calles de una gran ciudad es, como dicen los colombianos, “dar papaya”: es decir, estar creando tú mismo la situación propicia para que te roben.
    • Si se realizan trayectos en autobús, sobre todo si éstos son de larga distancia, es recomendable prepararse una pequeña mochila con los objetos más valiosos y nuestra documentación. Como la mochila grande va a tener que ir en el maletero del autobús, en caso de que nos roben no lloraremos tanto la pérdida.
    • Hemos oído algún caso de robos haciendo autoestop: al bajarse la persona del coche para sacar la mochila, el coche ha salido pitando. Para evitar esto, y siempre que se viaje en pareja, primero puede bajar uno, abrir el maletero, y sólo cuando haya sacado las mochilas que baje el otro.
    • Llevar siempre encima un candado no está de más. En algunos hostels se dispone de taquilla para guardar las pertenencias; eso sí, que el candado sea bueno.
En Colombia las favelas son llamadas comunas. En la foto, la Comuna 13, que a pesar de tener un pasado sembrado por el terror y la muerte, hoy en día resurge para ser un atractivo turístico (y muy recomendable) de la ciudad de Medellín.

Conclusión después de 5 meses mochileando

En Brasil vimos que en general la gente vive con mucho miedo por todo. ¿Será una técnica de los medios de comunicación informar solamente de las malas noticias para infundir terror y tener a la población controlada? A modo de ejemplo: nosotros solíamos viajar bastante con camioneros. Muchos nos decían que manejar de noche es peligroso porque los asaltos en la carretera son frecuentes. “Ah, ¿pero que usted fue atracado alguna vez?”, y siempre nos encontrábamos con la misma respuesta: “No, pero el compañero de un compañero…”. Y así una infinidad de veces.

La realidad en Colombia está siendo diferente a la que vivimos en Brasil. Actualmente llevamos dos meses en el país y en ninguna ocasión nos hemos incomodado ante situaciones extrañas. Es más, Colombia está abriéndose aún más al turismo por la actual situación de tregua con el tema de la guerrilla. Lugares hasta hace unos años controlados en exclusiva por el negocio del narcotráfico han sufrido un incremento en el número de visitantes anuales. Palomino, en la Guajira, es un ejemplo de esto.

Una vez más, agradecemos y os invitamos a que dejéis vuestros comentarios y compartáis cualquier tipo de duda, experiencia o simplemente opinión en el post. ¡Es gratis! Y sobre todo… nos hace mucha ilusión leeros 🙂

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