¿Peligros en Belém o Campanas de Navidad?

Cuando le preguntas a un brasileño sobre el nivel de peligrosidad de Brasil, con certeza te responderá que es alto, muy alto. Por supuesto que suceden cosas: esta semana supimos sobre un italiano que, malguiado por su GPS, entró en moto a una de las muchas favelas que hay en Río de Janeiro. Los narcotraficantes lo confundieron con un policía, y no dudaron en dispararle, tras ver que éste -posiblemente horrorizado e intentando velar por su vida con muy poco éxito- desobedecía las órdenes que le exigían que parase. Sin embargo, considero que lo más justo sería medir este nivel de peligrosidad con respecto al número de habitantes que tiene el país, o al número de turistas que lo visitan. No olvidemos que la población es de más de 200 millones de personas, y existen otros factores que hacen que la vida aquí se complique. Normal que pasen más cosas que en España. Normal.

 

Belém
Centro histórico de Belém

 

Para nosotros ha sido inevitable ir creando conciencia de que, al parecer, el mismo pueblo vive bajo una sombra de terror y miedo constante, muy infundada por los medios de comunicación, que él mismo se preocupa de que persista. Desde hace tiempo, esta sombra se mantiene generación tras generación, turista tras turista. Cuántos camioneros nos han dicho que los asaltos nocturnos en la carretera son frecuentes. A continuación, nosotros siempre preguntamos: “¿Usted ha sufrido alguno?”, “Gracias a Dios no, pero un conocido de un conocido…”. Y esta conversación podéis extrapolarla, en general, a todas las que hemos tenido sobre este mismo tema, con la gente de aquí.

 

Además, viajar de mochilero por Brasil hace que estés constantemente expuesto, por mucho que intentes evitarlo: es fácil que te metas por equivocación en algún barrio de reputación dudosa, normalmente andas con una mochila a la que sólo le falta un cartel luminoso, tienes una cara de gringo que no puedes negar y a veces, sólo a veces, haces noche donde no tienes más remedio. El punto a nuestro favor es que, tal como dijo un argentino que conocimos hace poco, “los mochileros no andamos con mucha plata; además saben que daremos más guerra que el resto de gente, por salvaguardar las 4 cosas que tenemos”. Lo que intento decir es que, aún sabiendo que si nos hubieran atracado hubiéramos vuelto a casa lloriqueando y diciendo que Brasil es lo peor, nosotros pensamos que no es tanto como la gente dice. Sólo hace falta un poco de sentido común y no ir liándola pardísima por la calle. Hemos hecho autoestop, hemos hablado con desconocidos, alguna vez hemos caminado por sitios no del todo recomendables, y aunque estamos más morenos, seguimos teniendo cara de extranjeros (bueno, al menos yo; a Sergio le han endiñado nacionalidad venezolana, brasileña, colombiana, mejicana, ascendencia árabe… ¡Siempre lejos de la querida Europa!). Y no ha pasado nada, nada de nada. Conclusión: ¿en verdad es para tanto?.

 

Ver-O-Peso
Agapornis en el mercado Ver-O-Peso, Belém, Estado de Pará

 

Pues bien, si dices que vienes a Belém (consideré un acierto hacerlo en fechas tan próximas a la Navidad), se echan las manos a la cabeza y el ahínco con el que te dicen que tengas cuidado, es exageradamente mayor. En serio, yo me dejé la cámara en el hostel hasta que el tercer día decidí que ya estaba bien. “Lo mejor que tiene Belém es el agua del grifo”, me dijo la casera cuando le pregunté si la podía beber. “Lo demás es basura”. El primer día dormimos en una casa con mil cerrojos y una verja eléctrica que rodeaba el edificio. En mi vida había visto algo semejante. Nos despertaba curiosidad callejear la ciudad por la noche, para ver si los ladrones se convertían en vampiros u hombres lobo, ver qué estaba pasando, pero no lo hicimos. A mi me pareció una ciudad muy singular, que me encantó visitar, aunque reconozco que no viviría en ella. Mucha gente en la calle durante el día (y cuando digo mucha, me refiero a mucha mucha). Calles llenas de mercados de comida, animales y puestos de ropa, un barullo inagotable. Decenas de cables cruzando de lado a lado, en lo alto de los edificios. Una mezcla de olores para los que debes tener el olfato bien preparado. Lluvia ligera todos los días, siempre a las 4 de la tarde. Sensación constante de calor y humedad que no desaparece ni con tres duchas diarias. Y pulpa de açaí, fruta originaria y exclusiva de Brasil, muy típica, que bien puede acompañarse con pescado, o tomarse fresquita con algo de azúcar y harina de mandioca.

 

Comida en el Ver-O-Peso
Uno de los muchos puestos de comida en el mercado Ver-O-Peso, Belém, Estado de Pará

 

Con muchas preguntas y pocas respuestas, nos fuimos de esta peculiar ciudad en un vuelo directo a Manaus (Estado de Amazonas), desconcertados ante la idea de Brasil, Belém, y sus respectivos niveles de peligrosidad.

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