No me gusta ver mis fotos

Esta entrada no va sobre complejos físicos de carácter adolescente, o sobre lo poco que me gusta revisar la calidad de mis fotos cuando aplico lo que aprendo en los cursos de Fotografía.

Esta entrada va sobre lo jodidamente efímera que es la vida.

El otro día estaba enfurruñada frente al ordenador. Hacía apenas un año desde que lo formateé, y mi carácter previsor me estaba avisando de que no tardaría mucho en quedarme sin espacio en el disco duro. Ya lo dice el dicho, hombre precavido (o mujer, que siempre se les olvida), vale por dos.

Maldita Era Digital, en la que un espacio en “La Nube” (así, con mayúsculas y todo), o un espacio en a saber dónde, es un bien tan codiciado. Guardamos nuestras cosas en formatos que me parecen, aún a día de hoy, muy místicos, y al menos yo sigo preguntándome si cuando tenga 80 años voy a saber rescatar los recuerdos de mi juventud.

 

ancianas con portátil

 

Supongo que una foto impresa sigue dándome más garantías de perpetuidad, aunque mi esencia minimalista y el riesgo de incendios me dicta que no vaya acumulando trastos. Que a la que nos descuidamos tenemos que ir alquilando trasteros para guardar los enseres y la vida está muy cara. Hala.

El caso es que se me ocurrió desempolvar mi cajón de Dropbox.

Para los que no lo sabéis, Dropbox es una aplicación web que te permite almacenar de forma gratuita, aunque no desinteresada, una cantidad X de memoria. No me atrevo a definir dicha cantidad porque la van cambiando según les viene en gana, y porque es ampliable si superas las 12 pruebas de Hércules… Ya sabéis, “Si invitas a no sé cuántos amigos a que se registren y pruebas a saltar sobre el pie izquierdo con el índice derecho sobre la nariz, te regalamos otros X GB de almacenamiento extra”.

En fin, que este hijo maldito de la Era Digital resulta de mucha utilidad cuando haces un viaje con amigos (o con quien sea), y quieres compartir tus fotos con ellos (o con quien sea) en esto que llamamos “La Nube”.

Como seguramente también vosotros habréis comprobado, la tendencia acumulativa del ser humano es extrapolable al terreno digital, caso concreto sea este el de las fotos. Es decir, que cuando vamos cámara en mano cual japonés practicando turismo, somos capaces de efectuar tal ingente capacidad de disparos por minuto, que cualquiera diría que no habría un mañana para seguir con susodicha actividad.

 

japoneses haciendo fotos

 

Acabamos con el dedo roto y teniendo copias casi idénticas de lo mismo, o fotos sin ton ni son (2 o 3, 3 o 4, por si alguien sale con los ojos cerrados o el encuadre no nos gusta). Las acumulamos por dejadez y sin querer caer en la cuenta de que, algún día, nos tocará comprometernos con la ardua e infravalorada tarea de seleccionar y eliminar todo aquello que no nos sea útil, y emplear el codiciado espacio de La Nube en obras maestras de las de verdad.

¿Os acordabais de que estaba enfurruñada frente a mi ordenador y su limitada capacidad de almacenamiento, no? Sergio dice que tiendo a divagar e irme por las ramas. Bien. El caso es que achiné los ojos y comencé a hacer limpieza en mi cuenta de Dropbox para dar cabida a las fotos del viaje (América 2016-2017).

Fue como abrir un cajón polvoriento, la Caja de Pandora.

Algunos recuerdos un poco vagos y difusos, dibujos de trazo claro y a mano alzada, cobraron vida de nuevo. Otros reaparecieron sin tan siquiera esperar a ser invitados.

Las fotos son testimonio de que lo que recordamos algún día sucedió. De que lo que vivimos, es intangible y etéreo. De que somos incapaces de congelar el aquí y ahora. Tan sólo podemos tratar de inmortalizar en nuestro recuerdo lo que buenamente podamos.

Y esto es apabullante.

Vi a mis sobrinos, tan pequeños y cambiados con respecto a las últimas fotos que me llegan por Whatsapp, que hasta me costaba reconocerlos. Pensé que ya nunca más podría acunarlos entre mis brazos como acostumbraba a hacer un tiempo atrás.

A mis abuelas, con menos arrugas en el rostro pero los mismos ojos curtidos en incontables batallas mirando a cámara. Vi aquel piso de estudiantes que alquilé el último año de licenciatura, o fotos en el pub que frecuentaba con mis amigas cuando era adolescente.

 

mi abuela
He aquí a mi yaya por parte de padre.

 

Vi a personas que alguna vez formaron parte de mí, y con las que perdí el contacto. O cuya relación fue marchitándose con el tiempo.

Vi a los que ya no están porque tuvieron que marcharse. Al cielo, dicen.

También vi a los que siguen estando a día de hoy, aunque de los que estaban por aparecer ni rastro. Vi el flujo continuo de mi vida. De una vida pasada que, paradójicamente, sigue siendo la misma de hoy.

Sentí una punzada de nostalgia tan profunda y adictiva, que por un momento se me anegaron los ojos de lágrimas y contuve el aliento. Como si me hubiesen dado un fuerte empujón en el pecho, o un golpe seco en la garganta.

Entonces deseé estar en mi casa. Ponerme a revolver entre los armarios en un ataque de insomnio nocturno (lo mío con el café es una eterna relación de amor y odio). Abrir aquella bolsa de piel marrón que guardaba los álbumes de la familia como tesoro escondido. Rebuscar entre las cintas de VHS y hacer funcionar ese viejo vídeo del que aún no nos hemos desecho porque nos hace viajar al pasado.

Recordar mi cara cuando era niña. Ponerle voz de nuevo a la figura de mi madre. Analizar desde una perspectiva adulta, y por primera vez desde entonces, nuestra relación materno-filial. Sentí mucha intriga a su vez por mi tía Eva, que también murió cuando yo era niña y a la que mi padre dice que me parezco tanto. No en el físico, no en el nombre. Quizás en algo mucho mejor.

Dicen que los nuestros, aunque se vayan, siguen aquí mientras los recordemos. Y yo lo hago con más frecuencia de la que jamás admitiré en voz alta.

Si hasta sentí nostalgia de pensar que ese preciso instante, ese momento concreto y actual que estaba viviendo también iba a desvanecerse, ¡joder!

Y entonces recordé por qué no me gusta ver mis fotos.

Es porque me recuerdan que la vida es efímera. Que todo pasa, lo malo pero también lo bueno. Hasta el lavarse los dientes cada mañana es exclusivo, porque lo hacemos en unas condiciones concretas, únicas e irrepetibles. Y porque sé, o al menos espero, que dentro de mucho miraré mi cara frente al espejo y pensaré: “Joder, ¿tan pronto ha pasado mi vida?”.

Tal vez los budistas tengan razón cuando afirman que la clave de la felicidad reside en vivir el presente.

 

No acostumbro a ser una persona nostálgica, pero esa noche me concedí el deseo. Sentada con el portátil sobre mi regazo bajo la luminosa, solitaria e interrogante luna, frente a unos viñedos que no volvería a ver nunca más cuando me fuera, fui consciente de que aquel instante también pasaría a ser historia algún día.

Y tú, ¿qué relación guardas con tu pasado?

Pasado, presente y futuro

 

Si te gusta... ¡COMPARTE!Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn