Cumplimos medio año de viaje en el PN Corcovado (Costa Rica)

El día 6 de abril de 2017 cumplíamos 6 meses desde el inicio de nuestra vida itinerante. Una repentina sucesión de hechos nos había invitado a cambiar los planes de viaje en el último momento: inundaciones en el sur de Colombia, desastres naturales en el litoral de Perú, y una visita inesperada a Cuba por parte de familiares y amigos en mayo y julio.

Estos fueron los desencadenantes principales de que, partiendo de nuestra base en Manizales (Colombia), nos encaminásemos rumbo a Centroamérica dejándonos, por tanto, el resto de Sudamérica pendiente para otra ocasión.

Teníamos un total de 46 días para salvar la distancia Cancún-Ciudad de Panamá a dedo, lo que nos dejaba un promedio de una semana  por país (Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala y  el ala sureste de México). Recortaríamos en algunos países y ampliaríamos en otros.

Siguiendo esta premisa conseguimos salir de Panamá en 3 días.

Los que nos conocéis ya sabéis que no nos gusta viajar con prisas, pero el vuelo Cancún-la Habana estaba fijado y comprado, así que no había posibilidad de negociación. Costa Rica encajaba en nuestros planes, pero no en nuestro presupuesto. Sin embargo, el Corcovado es a los amantes de la naturaleza y la biodiversidad lo que la Meca a los musulmanes, así que simplemente no podíamos pasarlo de largo.

Haciendo autostop Corcovado
Acercándonos al PN Corcovado

Una precaria conexión a Internet nos hizo dar con el nombre que buscábamos: Puerto Jiménez. Puerto Jiménez es el último pueblo antes de la entrada al parque. En este núcleo de aproximadamente 9000 habitantes, es donde se contratan las excursiones y se provee uno de los servicios necesarios antes de perderse en plena naturaleza.

Con ciertas complicaciones -en zona franca son habituales los controles policiales, y la gente no se siente cómoda subiendo a autoestopistas-, finalmente conseguimos llegar al pueblo a mediodía. Antes incluso de sentarnos a acallar el rugir de nuestros estómagos hambrientos, entramos a una tour operadora a preguntar cuánto costaban las excursiones al Parque Nacional del Corcovado. Los precios que obtuvimos fueron siempre superiores a los 190 dólares por persona, por dos días de excursión, comidas aparte.

Si uno trabaja todo el año y quiere unas vacaciones por todo lo alto, adelante: páguelo. Pero actualmente nosotros vivimos así, y estamos cada dos por tres llegando a sitios en los que "merece la pena" dejarse un riñón porque tienen algo que los convierte en únicos.

Total, que nosotros tantos riñones no tenemos, y no podemos invertir en dos días lo que nos gastamos en veinte.

Querer, es poder

Sin embargo, dicen que querer es poder, y aunque ya nos advirtieron de que desde hace unos años no se puede entrar al parque sin guía (cuestión de seguridad, dicen), nos enfilamos camino al Parque Natural del Corcovado de todas formas.

Desde Puerto Jiménez y hacia la entrada del parque, solamente hay dos pequeños núcleos con hoteles y algo de movimiento turístico (muy tranquilo en esta temporada): Matapalo, a 24 km de Puerto Jiménez, y Carate, a 24 km más desde Matapalo. El último bus (acá llamado "el colectivo"), ya había pasado, y aunque nos dijeron que durante ese trayecto la gente no para a los autoestopistas (intuimos que por afianzar el negocio del transporte y las tour operadoras), nos lanzamos a por ello.

Andando por la playa
Andando por la playa en las inmediaciones del parque

Camina que te camina, y suda que te suda durante buen rato.

En Costa Rica el frío no te mata, pero quizás sí una deshidratación de narices. Pasaron muchos coches, y efectivamente ninguno paraba. Al final, creo que fuimos creando tal mueca de desespero en el rostro que nos paró una familia de costarricenses que se dirigían hacia Matapalo.

Una adolescente en la parte trasera con los cascos puestos, una mujer en el asiento del copiloto algo arisca, y un señor al volante al que le preguntamos si podíamos subir, y que creo que nos hubiese dicho que no, si no le hubiésemos removido la conciencia. Tarea fácil.

Algunas veces los coches nos suben y notamos en el ambiente cierta incomodidad, un ambiente hostil, porque están expectantes por saber quiénes somos, de dónde venimos, y de qué vamos.

Comencé a charlar como si no hubiese mañana y a explicar a grandes rasgos nuestra trayectoria en la vida. Poco a poco creo que nos fuimos ganando su simpatía: la adolescente se quitó los cascos a modo de "estos dos molan", la mujer en principio arisca comenzó a introducirse con comentarios cómplices, y el señor tomó la postura de oyente atento.

Aquella noche acampamos en una bonita playa con -dato MUY importante- duchas de agua dulce. Al día siguiente emprendimos de nuevo camino, queriendo llegar a la entrada al parque. Y si el día anterior fue duro... Este fue ya tremendo. Pasaban coches con turistas gringos al volante. Y ninguno paraba. Algún costaricense sí lo hizo, alegando no poder subirnos: "Trabajamos en un hotel de acá y el dueño (gringo, obvio), no nos deja subir a nadie en el carro".

Fuimos autoencizañándonos y creando una especie de rencor reivindicativo hacia estos norteamericanos, que no venían sino a hacer lo que consideramos una colonización silenciosa: compran tierras, montan negocios, suben los precios hasta las nubes y encima no te suben al carro cuando te ven haciendo autoestop. Conclusión: los extranjeros tienen más facilidades para conocer una joya como el Corcovado, que los propios costaricenses -situación que sabemos que se repite en tantos otros lugares-.

Durante este trayecto de penitencia que al final se convirtió en un río de emociones intensas, nos preguntamos también sobre la naturaleza humana. Yo le decía a Sergio: "No les estamos pidiendo dinero, a la vista está que tenemos menos peligro que Dora la Exploradora (esas cosas se intuyen). Nos están viendo sufrir con este peso tremendo, y sudar a pleno Sol. Obviamente se dirigen hacia donde nosotros, que es la única dirección que hay."

¿Quién sino una mala persona pasa de largo sin más?

Entrado al PN Corcovado
Entrado al PN Corcovado

Todo pasa por algo

Nos sentamos a descansar. Algunos coches más pasaron pero ya no teníamos ganas ni de levantar el dedo... Y cuando al rato estábamos superando la ola del resentimiento, para un carro. Era una pareja de estadounidenses que estaba de vacaciones, Chino y Megan. El feeling entre los cuatro fue instantáneo, y Chino pasó de decir "Estamos buscando la casa que hemos alquilado por tres días, que está cerca. Pero no os vamos a dejar aquí... Os llevaremos hasta Carate", a directamente invitarnos a pasar con ellos la noche: "Os quedáis en la casa, os va a encantar. Y mañana os llevamos a Carate". Nos miramos sonrientes y aceptamos inmediatamente.

Llegamos a la casa y... Directamente nos quedamos sin palabras. Enfrente del mar, con piscina, dos plantas, una cama de nubes para nosotros solos, naturaleza in vivo en el jardín y lujo en cada rincón.

Para que os hagáis una idea: el retrete tenía un mando a distancia donde podíamos programar función de lavado (delantero y/o trasero) y secado. Pasamos un total de 24 horas magníficas con ellos, y nos tomamos unas copas de vino después de cenar a modo de celebración. ¿Os dije ya que ese día cumplíamos 6 meses desde el comienzo de nuestra vida itinerante?

Regalo de meseversario (¡aniversario del mes!)

Lo más gracioso de todo es que cuando Chino y Megan nos recogieron, se habían pasado la casa de largo. Resultó que la casa estaba justo al lado de donde habíamos acampado la noche anterior, así que un día después nos encontrábamos durmiendo casi en el mismo lugar pero, obviamente, en unas condiciones muy diferentes. Cosas de la vida.

Sergio descansando en la cama de nubes
Sergio descansando en la cama de nubes

Nos ofrecieron quedarnos una noche más con ellos, pero apremiados por el poco tiempo y las muchas ganas de explorar el Corcovado, decidimos seguir camino. Nos despedimos de ellos en Carate, y tras regalarles un par de pertenencias personales a modo de "recordad este encuentro", hicimos una pequeña caminata de 3km de trekking hasta la entrada misma al Parque.

Llegados a la entrada, nos dijeron lo que ya sabíamos: que sin guía no estaba permitido el paso.

A estos precios, naturaleza para ricos 😉

Aún así no nos importó, porque aunque nos faltó el deseado oso perezoso, vimos monos aulladores, monos araña, capuchinos, saimiris, coatís, guacamayos, osos hormigueros, tucanes y zopilotes en plena naturaleza. Según nos dijo una chica canadiense que conocimos a la vuelta: "Tal vez se vean tantos animales en las inmediaciones al parque, como dentro del mismo".

 

mono colgando

Mono colgando en el PN Corcovado

Guacamayo en PN Corcovado

Guacamayo

Oso hormiguero

Oso hormiguero

Coatí

Mono colgando en el PN Corcovado

Seguimos en nuestro afán de compartir experiencias y reivindicar que descubrimiento y dinero no siempre van de la mano.

¡Atentos al plan B, que si se quiere, se puede!

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