Los acantilados rojizos de Canoa Quebrada

Canoa Quebrada
Letrero tallado en el acantilado frente al mar

Canoa Quebrada es un pueblo costero de la región nordeste del país, en el que se repite una situación que he presenciado ya tantas y tantas veces. Sitio turístico que se alimenta del remordimiento que sienten sus visitantes, cuando piensan en los pocos días de vacaciones que tienen al año. Acaban pagando fortunas por lo que les costaría una cuarta parte en el pueblo vecino. Sonrío con cierto cariño, y pienso: “Nosotros también éramos de esos”. Se acerca un vendedor y nos ofrece un tour por las dunas en quad. Le explicamos que somos estraderos, como los llaman aquí. Viajantes, mochileros. Que nuestro presupuesto es mucho más limitado, pero nuestras vacaciones mucho más extensas. Que hace sólo un par de días viajamos haciendo autoestop en la parte trasera de una camioneta, sintiendo la misma brisa marina en la cara. Se despide deseándonos buen camino.

Playa de Canoa Quebrada, Estado de Ceará, Brasil

A pesar de todo esto, sería injusto no admitir que se trata de un lugar de una belleza arrebatadora. Arena blanca, agua azul turquesa, y acantilados rojizos sobre los que golpea fuertemente el mar cuando sube la marea. Quizás de ahí el nombre. Andando unos dos kilómetros, es posible deshacerse del barullo del pueblo y disfrutar de los solitarios refugios frente al mar que ofrecen las sombras de las palmeras. Y aquí estamos los dos: yo, escribiendo, y Sergio empecinado en tirar a pedradas algún coco que nos calme la sed. Hace un momento, hemos pasado por Porto Canoa, un presuntuoso complejo urbanístico que fracasó antes de comenzar. No hemos podido evitar la tentación de preguntarle al único señor que hemos visto en un kilómetro a la redonda, si la casa abandonada que acabábamos de escudriñar estaba en venta. Podría imaginarnos perfectamente viviendo allí una temporada, o montándonos algún negocio que nos hiciera sentir bien. Intercambiamos un sinfín de posibilidades en tan sólo dos minutos.

Sergio intentando tirar cocos de la palmera

Anoche vivimos una situación que a ambos nos dejó rayados. Lo sé, he intentado buscar un adjetivo más elegante, pero ninguno encaja tan bien como este. Un camionero que transportaba melones para exportación (últimamente estamos conociendo a muchos), nos había dejado en el desvío hacia Canoa Quebrada. Antes incluso de dejar mochilas para seguir haciendo autoestop, nos para una camioneta blanca en la que iban dos hombres que decían ser hermanos. Nos montamos, y al poco el conductor nos pregunta amablemente si ya tenemos posada. Le decimos, con la misma educación, que en función de precios y posibilidades decidiremos si acampar o no. Vemos que pasa de largo el pueblo, y nos dice que va un momento a casa de su hijo. Llegamos y nosotros, confundidos, bajamos con él cuando nos abre la puerta de la camioneta. Yo no estaba asustada porque el tipo era grandote, pero con cara de bonachón, y además, en la casa nos recibieron el hijo, la mujer, un perro y la niña pequeña, todo muy familiar. Sin embargo, no negaré que una parte de mí estaba en alerta (y lo mismo podía entrever más en la cara de Sergio que en su actitud… Creo que estoy empezando a adquirir la capacidad de leerlo muy requetebién). No sabíamos muy bien qué estábamos haciendo allí, y el hermano se había quedado fuera, con las mochilas… Ya podéis atar cabos. Nos volvemos a montar en el coche, nos dan un paseo por el pueblo y paramos en un oscuro mirador a pie de playa. Bajamos del coche, y otra vez la misma sensación de alerta. Al cabo de un rato, se despiden de nosotros y nos dejan en Broadway, la calle principal. Resulta que los tipos no querían nada más que ser amables y hospitalarios con nosotros. “La gente de aquí es increíble”, coincidimos los dos.

Que le preguntes a un taxista por una dirección para llegar a pie, y te lleve sin cobrarte la carrera; que te saquen dos raciones de comida en un restaurante y quieran cobrarte solo una; que un balsero, que se dedica a ello, te cruce las mochilas por el río solamente con un “Muito obrigados” como recompensa… Son cosas que sólo pasan en Brasil.

Mula cargando con un carro lleno de plásticos recogidos en la playa

Estamos quebrantando las normas que hasta el padre más permisivo le impondría a su hijo. “No hables con desconocidos”, “No te subas en el coche de un extraño”, “No confíes en el que se te acerca voluntariamente porque algo quiere”. Y no hemos hecho más que volvernos más humanos cada día. A veces me imagino a mi madre, cuya muerte nos sacudió, a mi familia y a mi, como un latigazo fuerte y doloroso hace ya casi veinte años, sentada en algún lugar viendo la película de mi vida, apoyándome y enorgulleciéndose hasta de mis errores. Errores o, como a mi me gusta verlos, quizás en un anhelo por sentirme mejor, lecciones de vida.

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