La magia de la Sierra Nevada de Santa Marta

Palomino nos enganchó como sólo lo hacen los sitios en los que uno se siente verdaderamente a gusto. Aquí el turismo ha crecido efervescentemente en los últimos 4 o 5 años, y no es raro encontrar en este, municipio de entrada a la Guajira, representantes de las nacionalidades más diversas y lejanas. Lo que pensábamos que iban a ser 2 días (no nos atraen especialmente los sitios turísticos), se convirtieron en 12, periodo en el cual tuvimos tiempo de iniciar y concluir una travesía por las inmediaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, subiendo el río Palomino.

Esta foto fue tomada furtivamente en un poblado de la etnia de los Cogui. La vestimenta típica es como la que lleva el niño en la foto.

La Sierra Nevada de Santa Marta es territorio indígena. Viven etnias como los Coguis y los Aruacos, que construyen cabañas de barro y chamizo, visten con prendas de tela blanca y viven recordándonos épocas pasadas: cultivan lo que comen, habitan la Sierra sin electricidad ni otras comodidades de la era Moderna, y no es infrecuente encontrar a personas que ni entienden ni hablan español, sobre todo conforme se va ganando en altura y en distancia con respecto a los núcleos urbanos.

Adentrarse en la Sierra no es tarea fácil, ni siquiera en sus faldas más bajas: uno se siente como invadiendo salón de casa ajena. Se trata de un territorio sagrado en donde no siempre se permite el paso. Dicen que los indígenas presienten la energía de las personas, juegan con ventaja. Aceptan ofrendas, miran curiosos, te preguntan a dónde vas.

A esta familia de indígenas Aruacos la conocimos de regreso a Palomino.

Los Mamos son los primeros en esta jerarquía; cuentan las leyendas que controlan las fuerzas de la naturaleza, lo que les ha permitido persistir y mantenerse fuertes tantos siglos posteriores a la colonización. Los más poderosos habitan las cimas de los nevados, y que un civil, un blanco, un no-indígena llegue hasta allí o corone alguna de sus cimas (algunas superiores a los 5.000 metros), es directamente imposible. Sin embargo, la Sierra elige quién debe entrar y quién debe salir de ella. Expulsa de su vientre a quien no merece caminarla bastándose con argucias tan diversas como picaduras de serpiente, desorientación del caminante, quemaduras varias, y otras armas letales. Los que se han atrevido a entrar sin consentimiento han salido con secuelas de por vida, o quizás ni han llegado a salir. Espero haber transmitido con esto que la Sierra es poderosa.

La travesía que realizamos me regaló muchas cosas los días en que la disfrutamos: comida para paliar el hambre, agua para saciar la sed, el misticismo de quien se adentra en territorio sagrado, la sanación de espíritu del que camina y camina y acaba purificándose.
No obstante, no todos los regalos fueron igual de gratos. Algo me picó y yo me rasqué. El caso es que la pierna izquierda se me hinchó bien feo, y al día siguiente de regresar al hostal acabé sin tobillo y como el pie cual pata de elefante con retención de líquidos.

Desafortunadamente sale un poco movida, pero la luz de esta instantánea me parece mágica.

Tras dolorosas friegas de desinfección en casa y trucos domésticos varios con mi botiquín de viaje, me decidí a visitar -un poco a regañadientes-, a un curandero en Palomino. “¿Por qué no vas a William?”, me decían hasta por la calle. Este señor lleva ejerciendo décadas, y según cuentan buenas y malas lenguas, la gente lo visita desde lejos. “Hasta en el Centro de Salud del municipio médicos y enfermer@s mandan allí los peores casos”, oí comentar.

El caso es que llegué una polvorienta mañana de domingo a su morada. En ese corral había gallinas, polluelos, perros rastafaris y hasta una capibara con collar, un roedor gigante que tienen como mascota. Me tendió con su uña negra un algodón empapado con no sé qué para que yo misma limpiara las heridas, que habían comenzado a cicatrizar sobre zona infecta. El sitio me pareció tan antagónicamente alejado de la asepsia, e inadecuado para tratar cualquier tipo de infección, que me fui de allí diciéndole que volvería tras limpiarme bien las heridas en casa, pero sin ánimo de hacerlo realmente. Escéptica, incrédula, demasiado científica y analítica.

Seguí con mis curas domésticas pero por la tarde la cosa no había hecho más que empeorar. Llegaron al hostal un par de muchachas colombianas que, al verme, me dijeron: “En climas tropicales este tipo de problemas pueden complicarse que ni te imaginas. Parecen picaduras de pito (una especie de chinche), cuya orina tiene bacterias tan bravas que carcomen la carne y pueden causarte infección sanguínea con secuelas a medio y largo plazos. Una vez una chica llegó a Palomino con el dedo tan carcomido que se le veía hasta el hueso. Por favor, visita al curandero William”.

No tengo foto del pie, pero os puedo mostrar cómo es una capibara. En Colombia las llaman chigüiro

El caso es que volví a ese corral por la tarde como una coja tan emparanoiada, que si me hubiese dicho que revolcándome en piscina de estiércol me curaría, lo hubiese hecho. Me aplicó un polvo terroso en 5 de los 6 núcleos de infección, una pomada en el sexto, y me dio a beber un trago que llaman “la contra”. Una amarga bebida de hierbas que limpia la sangre. “Regresa mañana para ver cómo sigues”, me dijo. Me desperté a la mañana siguiente andando recto y con el pie irreconocible. Y a partir de aquí todo evolucionó sin complicaciones.

Aclarar que don William no cobra visitas; acepta obsequios. Medicina tradicional versus Medicina moderna, 1 a 0. Ya saben, si están por Palomino y la cosa se pone fea, visiten a don William. Mis eternos respetos para este señor.

Como siempre, os invitamos a que compartáis con nosotros vuestros comentarios 🙂 ¡Nos encanta leeros!

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