Ilhabela: más que un sitio para relajarse

Cuando una ve por primera vez imágenes de esta cautivadora isla del Atlántico, situada en el estado de São Paulo, es fácil imaginarse tumbada en la arena disfrutando de una refrescante agua de coco. Sin embargo, Ilhabela es mucho más que una isla de relax y disfrute.

Para que os pongáis en contexto, imaginad una isla cuya superficie es, en su mayor parte, una reserva natural cuyo paisaje se ve entremezclado por salvajes playas que nos trasladan a la serie Lost y frondosos tramos de bosque que nos recuerdan encarecidamente a los de Parque Jurásico.

Pues bien, ya os podéis hacer una idea de cómo es Ilhabela.

 

Praia do Castelhanos, Ilhabela
Vistas desde el mirador de Praia do Castelhanos.

 

Nuestros primeros días en la isla disfrutamos de una merecida tranquilidad en la casita de un simpático matrimonio brasileño-portugués. Nuestra primera experiencia en Couchsurfing. Estos días dieron paso a la ambiciosa idea de recorrer la parte sur de la isla, en una ruta circular a pie de 60 km. Desde la Vila, el corazón civilizado, a Praia do Bonete, pasando por Praia do Castelhanos y cruzando un cerrado tramo de jungla.

La lluvia que nos acompañó durante los primeros kilómetros a Praia do Castelhanos, nos empujó al descaro, sin mucho éxito, de hacer autoestop. Este trozo no era más que una carretera transitada por 4×4, cuyos conductores negaban con la cabeza cuando preguntábamos si podíamos subir. No fue hasta que ya teníamos toda la ascensión caminada y habíamos desistido en nuestras intentonas, cuando un pescador caiçara (así es como se denomina a los nativos de la isla), se ofreció voluntariamente a llevarnos lo que quedaba de recorrido.

 

Puente colgante en Ilhabela
Puente colgante. Primer día de ruta.

 

Me centraré solamente en narrar el día en que nuestra imprudencia nos dio una pequeñita lección. Eran las 17h de la tarde cuando vimos en Praia Vermelha el sitio perfecto para acampar. Maldijimos para nuestros adentros cuando el casero de la playa, cuya casita era sospechosamente más vistosa que las del resto, nos instó a marcharnos, con recelosas indicaciones, cuando le preguntamos si podíamos quedarnos. “En el camino a do Bonete encontraréis sitio sin problema”, dijo.

Una vez bañados y cambiados con las ropas que con mimo reservábamos para dormir, intentando evocar, en la medida de lo posible, la sensación de limpieza que sólo proporciona el hogar, emprendimos de nuevo camino.

 

acampada en Ilhabela
Vistas desde nuestro adosado en primera línea de playa.

 

El camino consistió en una sucesión de fangosas cuestas, algunas de ellas diabólicamente lisas. Era imposible, creedme, no resbalarse. Además, cuando intentabas socorrerte echando mano del arbusto más cercano, no sabías con qué clase de sorpresa podías encontrarte: un tronco con las púas de un erizo, una hoja perfecta para una buena depilación de piernas, o la visita inesperada de algún acompañante venenoso en la ramita de un árbol (nos habían advertido sobre la abundancia de serpientes en este tramo).

Además, aquí hay unos bichitos muy simpáticos que merecen un comentario especial en esta entrada. Son unas pequeñas moscas (las llaman borrachudos) que, procurando que no te sientas sola, te acompañan todo el rato y te dejan unas heriditas en la piel con las que te despiertas intermitentemente por las noches con un picor de mil demonios.

Aprovecho para mandaros un saludo desde aquí, amigas.

 

Así pues, me pasé el primer tramo soltando blasfemias y maldiciones en nombre de la madre del casero. La altura de los árboles que de primeras me  había parecido grandiosa, comenzaba a antojárseme asfixiante; las nubes se cernían amenazantes sobre nosotros y poco a poco se iba desvaneciendo la luz. Dos horas caminando y no encontrábamos sitio para acampar.

Era una locura seguir andando en aquellas condiciones, de noche, con lluvia, en mitad de un tramo cerrado de jungla. ¿Qué hicimos? Montar tienda donde pudimos, reforzarla con nuestras capas de plástico, y cruzar dedos porque la noche pasara rápido. Y vaya si pasó… Hacía días que no me envolvía un sueño tan profundo como aquél.

 

Playa desierta en Ilhabela
Playa desierta por la mañana.

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