Autoestopistas. Primeras experiencias cruzando el estado fluminense

Cuando decides empacar lo básico en una mochila e irte de viaje por tiempo indefinido, te suceden cosas. Ahora, cuando comienzas a viajar haciendo autoestop, estas cosas te suceden a una velocidad de vértigo. ¿Dónde acabarás hoy?, ¿cuántos kilómetros recorrerás?, ¿cuáles serán las historias que descubras ocultas tras la gente que conozcas?. Tres preguntas básicas que se formulan de manera automática. Mientras escribo estas líneas hago un cálculo rápido.

Vaya, ya llevamos unos 2000 km viajados haciendo autoestop. Lo cierto es que antes de comenzar este proyecto en conjunto, los dos ya nos sentíamos viajeros. Sin embargo, echo la vista atrás y no puedo evitar pensar que lo hecho hasta ahora, no ha sido más que el trabajo de un aprendiz.

Ahora es cuando siento que todo comienza, que todo acontece.

 

Playa de Ipanema
Playa de Ipanema en Río de Janeiro.

 

Podría ahondar en detalles sobre la soleada y peligrosa capital carioca, Río de Janeiro. Contar que la caminamos durante 5 días con sol y lluvia, con las playas de Ipanema y Copacabana de fondo, el renombrado Cristo Redentor a nuestras espaldas, o el gran lago Rodrigo de Freitas de frente.

Pero como es el viaje y no el destino, lo que hace al viajero, pasaré a episodios más importantes.

 

Cristo Redentor.
Cristo de Corcovado en Río de Janeiro. Considerada la estatua “Art decó” más grande en el mundo.

 

Estábamos en un pueblecito del estado de Río, Casimiro de Abreu, donde nos había dejado un buen señor que viajaba en furgoneta. Decidimos que era ya tarde para seguir el viaje por carretera, así que las piernas nos llevaron a un verde valle adornado con caballos medio asilvestrados, desde el que se avistaba el pueblo a lo lejos.

Empezaba a oscurecer y nos encontramos con una casita abandonada, que con probabilidad más de uno se había tomado la molestia de desvalijar: cristales rotos, puertas arrancadas, heces de caballo en el salón. Pensando aún en si era buena idea pasar la noche allí, fuimos a rastrear un poco los alrededores de la zona. “¿Pero quién va a venir aquí, a estas horas?”, nos susurraba la vocecilla del auto convencimiento.

Me fue imposible contener un escalofrío que me erizó hasta los pelos de las pestañas, cuando vimos las ropas en el suelo, de la que sería una niña de unos 14 años. Os juro que aquello parecía el inicio de una película de terror, y que el valle, apenas media hora antes, tan natural, verde e inofensivo, comenzaba a antojársenos cada vez más tétrico.

No es que seamos un par de inconscientes, pero al final decidimos pasar allí la noche.

 

Me hizo gracia oírle decir a Sergio “Ríete tú de los fantasmas, que son ahora mismo lo que menos me preocupa”. Pero como nos dijo un buen amigo, casa abandonada siempre ayuda. Seguramente hubiéramos encontrado un motel sin andar mucho más; tampoco era una cuestión de dinero. Pero cuando se presenta una situación difícil, sé que algo en nuestro subconsciente se empecina en afrontarla. Como si hacerlo supusiera un trampolín para pasar al siguiente nivel del videojuego. Como si nuestro objetivo se convirtiese en ampliar la zona de confort, y llegar a sentirnos cómodos ante la situación más variopinta.

 

Tela de araña
Gotas de agua condensadas en una tela de araña. Parque Nacional de la Tijuca.

Por supuesto, a esta historia de carretera le siguieron unas cuantas más.

Conocimos a un tipo genial, un pastor de Iglesia y padre de 4 niños que tuvo una adolescencia complicada, tras verse obligado a vivir en la calle. Nos dio las llaves de su taller de soldadura para que pasáramos la noche al ver que no encontrábamos hotel. A un camionero que se dejaba la piel por un hijo que prometía ser el futuro fichaje de algún equipo de primera división. “Quizás en el futuro, nos encontremos en España”, nos repetía.

A un músico entusiasmadísimo con nuestra historia, que nos sugirió dar charlas en público y nos ofreció trabajo como profesores de español. Decidió comprarnos en la farmacia esquinera, antes de despedirnos y sin nosotros saberlo, un par de protectores labiales (sí, el Sol ya ha comenzado a hacer mella). Incluso nos quisieron dar dinero en una ocasión, hecho que de primeras no supe muy bien cómo tomarme.

La gente no siempre entiende que esto es sólo una forma de añadirle experiencia a la receta.

 

Cerraré capítulo no sin antes hablar un poco sobre cómo es hacer autoestop. A ratos a mi me parece divertido, pero cuando ves que el tiempo pasa debes cuidarte de echarle paciencia. Y como todo tiene su técnica, también nosotros hemos procurado mejorarla: hacemos rondas de 10 minutos cada uno; en momentos de mayor inspiración o desespero, buscamos con la mirada a los conductores haciendo una seña jocosa a modo de súplica; nos repartimos vehículos en los semáforos para ir preguntando hacia dónde se dirigen; cazamos camiones en gasolineras y puestos fiscales. De todo.

Unas veces con más suerte que otras, pero al final saliendo siempre airosos.

 

Haciendo autoestop en Campos dos Goytacazes (Estado de Río de Janeiro).
Eva haciendo autoestop en Campos dos Goytacazes, Estado de Río de Janeiro.

 

Como sabréis, sobre todo si sois lectoras las que estáis leyendo esto, ser mujer implica una serie de dificultades cotidianas que no hacen más que entorpecernos sutilmente la existencia. Obviamente, hacer autoestop no es una excepción. No pretendo generalizar porque por suerte no siempre es así, pero algunos días intento lidiar con mi mal humor cuando los conductores echan miradas de más o hacen comentarios que ni entiendo, ni quiero entender.

Un día estábamos en un pueblo del que no me llevo muy buen recuerdo, Campos dos Goytacazes, en el estado de Río de Janeiro. Pasa un camionero y me hace un gesto bastante obsceno, que no me tomaré la molestia de describir. Abro paréntesis para decir que Sergio es una de las personas más pacíficas que conozco, y que jamás le he visto perder los papeles. Cierro paréntesis. En ese instante, giro la cara con una punzada de asco, indignación y rabia contenida; un poco de todo al mismo tiempo. Miro a Sergio y veo cómo se le transforma el gesto, se levanta de un salto y empieza a correr detrás del camión para alcanzarlo en el semáforo.

Mientrastanto, yo me quedo plantada en el mismo lugar, con las mochilas y gritando su nombre. Desaparece de mi vista, y vuelve al poco disculpándose conmigo por algo que él no ha hecho. Tranquilos, al final no pasó nada. Y a los momentos contados les pasa como a los lugares fotografiados, que pierden grandeza.

Pero en ese instante, los dos nos unimos temblorosos en un abrazo que significó mucho.

 

Que en Brasil, por desgracia, también se ejerce la prostitución, es un hecho. Que muchas mujeres ofrecen sexo en la carretera a cambio de dinero o transporte, una realidad. Al final, la lectura más positiva que saco de todo esto, es que vaya suerte la mía… Que me he criado en un ambiente en el que vestir pantalón corto a casi 30 grados dista mucho de ser una provocación.

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