Qué suerte, disfruta tú que puedes. Excusas para no tener la vida que deseas

Estas palabras retumban en mis oídos mientras sigo quitando hojas y brotes secundarios de los viñedos de Claude.

Lo malo (probablemente también lo bueno) de los trabajos mecánicos, es que le dejan mucho espacio en blanco a la mente, para que divague por rincones a los que tan sólo llega de pura hartera por aburrimiento.

Apunte: es muy conveniente aburrirse de vez en cuando.

 

 

¿No estáis entendiendo nada?

Bien, comencemos por el principio.

Llevábamos unos 8 meses de viaje por el continente americano cuando llegamos a Canadá. Decidimos que este extenso, tranquilo y lejano país sería buen lugar para trabajar: pagan relativamente bien (aunque esto sólo cobra sentido si tienes algo con que comparar), y es fácil encontrar trabajo, pues hay una alta demanda de mano de obra joven y enérgica.

En el segundo país más grande del mundo vive menos gente que en España. Me gusta abrir google maps y maravillarme con esta frase, comparando los tamaños de ambos países colocando cada uno en un extremo de la pantalla. Normal que ni en las ciudades más cosmopolitas se vea nunca batiburrillo de gente. Y hablo de Vancouver, que es la única que a día de hoy conocemos por acá.

 

 

Además, trabajar fuera es otra forma de conocer mundo. A mi personalmente me hacía ilusión, sentía que así cerrábamos ciclo. Nos demostrábamos a nosotros mismos que en el momento en que lo necesitáramos, no iba a ser tan complicado encontrar trabajo, lo cual es una tranquilidad bien grande para la salud mental del viajero.

Una forma de corroborar en carnes propias que vivir viajando no es sólo posible, sino también todo lo fácil que uno desee.

 

El caso es que buscamos y encontramos. Fuimos literalmente de granja en granja, y pronto conseguimos un contacto. Trabajo para dos. No en lo que habíamos estado pensando (era época de la cosecha de cereza en el valle), tal vez mejor.

Y aquí estamos ahora: dos meses después, haciendo labores de campo en el Okanagan Valley, a unas horas de la capital de estado, Vancouver.

Un trabajo al aire libre (cosa que me encanta), con un jefe bueno, flexible y justo (lo cual me encanta aún más), y una extensión de terreno cercado justo enfrente con cabras, un par de caballos preciosos, ovejas y tres llamas cotillas que se acercan cuando te ven para ver si les has traído comida. Me pregunto por qué los vecinos tienen llamas…

 

 

Mientras transito de un extremo a otro del campo, harta de tanto rap, tanta música electrónica, y tanto reguetón (viajar por Latinoamérica no sólo puede cambiarte el acento), escucho en el móvil un podcast sobre viajes.

De repente, uno de los entrevistados dice algo que me resulta extremadamente familiar. Algo así como: “Cada vez que alguien me dice: “qué suerte, disfruta tú que puedes” cuando se entera de que vivo viajando, no puedo evitar sentirme ofendido”.

Paro en seco.

Me siento tan identificada con esto, tan sumamente identificada con él, que inevitablemente comienzo a darle vueltas al tema.

¿Por qué?, ¿por qué me sienta mal también a mí?

 

Lo que podría considerarse un halago, pasa inevitablemente a la sección de comentarios insolentes. Y quizás mi instinto replicón, mi genio maleducado, sólo tiene ganas de responder: “¿Por qué tengo suerte?, ¿por haber cogido las riendas de mi vida?”. Risa maléfica a continuación, al más puro estilo muajajaja.

A colación de esto, entre hoja y hoja, entre brote y brote, paso a la siguiente reflexión.

La gente a la que le gustaría vivir viajando pero no lo hace, suele poner (o auto-convencerse) de una serie de excusas genéricas que suelen repartirse en 5 categorías.

Obviamente hay otros muchos motivos que no hemos incluido aquí, ¡pero el mundo es muy grande y las circunstancias infinitas!

  • Dinero
  • Tiempo
  • Compañía
  • Edad
  • Familia

 

Dinero.

La excusa por excelencia. El motivo en la cúspide de la pirámide. La razón entre las razones.

Si buscamos un poco en la web, veremos testimonios sobre una gran cantidad de viajeros que realizan su sueño con un presupuesto más bien escaso.

Como os contábamos en “Viaja reduciendo gastos” o “¿Viajar es caro? 5 meses, 2 países y miles de km. Precio: 2000€ todo incluido”, viajar con comodidades es caro. Viajar, a secas, no lo es. Y si nuestro presupuesto te parece ajustado, te confirmo que aún podría serlo más.

Por tanto, si eres occidental y vives en un país desarrollado, esta no debería de ser excusa. Tienes la posibilidad de hacerlo, tus necesidades primarias están más que cubiertas. Pon una fecha, hazte con algunos ahorros (olvídate de cifras astronómicas) y elige destino.

 

 

Sí, pero, y cuando se me acabe el dinero ¿qué?

 

Sí, por ahí también hemos pasado nosotros.

No voy a hablarte de montarte un negocio online, o de que trabajes como blogger, porque ese es otro tema y, además, una meta que nosotros no hemos alcanzado.

Así que empezaré por la parte fácil: viaja unos meses, y cuando veas que la economía empieza a flojear, busca trabajo en un sitio donde te merezca la pena trabajar.

Por ejemplo, si estás en Norteamérica y sabes que en Estados Unidos tienes posibilidad de ganar más dinero que en México… voilà. Vete a Estados Unidos. No importa si no te dedicas a lo que has estudiado, sólo va a ser un trabajo temporal, de tránsito, que contribuirá a que te desenvuelvas más y mejor por la vida.

Si algo es cierto es que todos tenemos capacidad de aprendizaje y capacidad de trabajo.

No vamos a morir de hambre. Te lo prometo.

 

Tiempo.

Este punto está estrechamente relacionado con el anterior.

El conflicto surge cuando nuestro trabajo requiere que estemos un mínimo de 5 días a la semana en una ubicación geográfica determinada, lo cual nos imposibilita el desplazamiento.

Sin trabajo, hay tiempo de sobra. Como dice el refrán popular: muerto el perro, se acabó la rabia. Problema resuelto.

 

Compañía.

“No tengo a nadie con quién hacerlo”. Entiendo que te de miedo, no es un paso fácil.

Seguramente yo no estaría donde estoy ahora si no hubiese tenido a otra cabecita loca que me complementara en mis idas y venidas.

Pero sé más valiente que yo, y no esperes la compañía perfecta. Seguro que lo que de primeras es un inconveniente, acaba por convertirse en una ventaja: la flexibilidad de un viaje en solitario es única. Incluso si te complementas bien con tu compañero. 

Sólo te diré que quien prueba a viajar solo repite, y que la experiencia es siempre enriquecedora.

 

 

Si por caprichos del destino nosotros no pudiésemos viajar juntos, estoy convencida de que, a estas alturas, abriríamos caminos en solitario.

Pero seguiríamos viajando.

 

Edad.

Estuve a punto de no añadir esta categoría a la lista, pero a fin de cuentas es algo que también se utiliza como argumento.

Repito lo mismo: ni os imagináis la de gente que se conoce, de todas las edades, repito, todas las edades, viajando. Y es que nunca es tarde si la dicha es buena. A este paso, acabaremos recitando la mitad del refranero español antes de acabar el post… jaja.

Como ejemplo, conocimos a una señora rusa de unos 60 y pico años, en una de esas típicas habitaciones compartidas de hostel cuando estábamos en Colombia. No hablaba español y su inglés era muy básico, pero ahí estaba la tía. Toda una echá pa’ lante. Y olé.

 

Familia.

Me refiero al hecho de viajar con niños.

Si soy sincera, aún no he forjado una opinión concreta al respecto.

Si bien no hay nada que enseñe más que el hecho de ver mundo, con una vida nómada pierdes por completo la estabilidad de los convencionalismos. Y esta estabilidad durante la infancia, además de bonita, puede ser conveniente.

 

 

Ya sabéis, forjar amistades desde bien chiquitos, la estrechez de lazos durante el crecimiento y desarrollo, la etapa escolar… En definitiva, ofrecerles a tus hijos una infancia “de las de toda la vida”. Para que tengan amiguitos de jardín de infancia cuando sean mayores.

Aún así, ¿quién sabe?

Tal vez en un futuro nos veamos arrastrados a movernos al más puro estilo wanderlust, con los chiquillos a cuestas… ¡No digas de este agua no beberé! (no os decía yo…).

Uno de los temas clave en relación a este punto es el de la formación académica. Ésta debería estar tutelada por los padres y existen muchas escuelas a distancia que hacen posible este estilo de vida.

En fin, no hay nada más válido como justificación de que algo es posible, que tener ejemplos de que alguien lo ha hecho antes que tú. Si ellos pueden, ¿por qué tú no? Esta es la clave.

 

 

¿Puede que lo que huela sea miedo? Sí, puede que sí.

¿Te cuento un secreto?

Nos pasa a todos. Pero sólo tú puedes decidir si afrontarlo o no.

Al final, no hay excusas.

Sin embargo, también hay que sincerarse con uno mismo.

Parece que esto de los viajes está de moda, y que queda mejor decir “Si fueran otras mis circunstancias, me gustaría dar la vuelta al mundo, o vivir viajando” que “La verdad es que soy feliz con mi estilo de vida” y punto.

Porque la realidad es que cuando uno sale de casa así, pierde comodidades, sale de la zona de confort, se enfrenta a momentos delicados y renuncia a muchas cosas, aunque el balance al final sea siempre positivo.

Sí, a mi también me gustaría estar en casa cuando enfermo y no tengo alojamiento, hablar bien el idioma para pedir indicaciones porque no sé dónde estoy, o estar presente en el cumpleaños de mi sobrino, porque ya he perdido la cuenta de los eventos familiares que me he perdido.

A veces siento que no me acostumbro a no estar allí; la mayoría pienso que esto está hecho para mí. Por eso ya hemos pospuesto “el regreso a casa” en dos o tres ocasiones.

Pero supongo que, al fin y al cabo, es una cuestión de prioridades. Y este es el precio que tenemos que pagar, aunque suene mal decirlo así.

Recuerdo cuando le comenté a una de mis hermanas sobre este proyecto de vida que aún estaba por comenzar. Me dijo: “Yo soy más de echar raíces”.

 

 

¿Sabéis qué?

Que me agradó lo que escuché. Y no por la respuesta en sí, sino por la franqueza.

Así que primero, pregúntate si realmente es lo que quieres. Quizás eres ingeniero y tu proyecto de vida es destacar y ascender en la multinacional en la que trabajas, porque quieres triunfar laboralmente. O tienes hijos y ahora no entra en tus planes ni en tus ganas vivir así. O te gusta más la estabilidad, moverte en ambientes conocidos e ir a almorzar todos los sábados al bar de la esquina, que es el que conoces y más te gusta. O con un mes al año de vacaciones tienes suficiente para irte de viaje. O no te gusta viajar, y punto.

Lo que a mí me hace feliz puede no hacerte feliz a ti.
 Sin embargo, y parafraseando una parte del diálogo de Trainspotting que me gusta mucho: no te levantes los domingos por la mañana preguntándote quién co** eres. Y si lo haces, busca por qué. Seguramente te des cuenta de que, sólo en tus manos, está el cambiar tu suerte.

Disfruta tú que puedes.

 

¡Os animamos a que dejéis vuestros comentarios porque nos ponemos muy contentos de leeros!

¿Cuál es tu experiencia en esto?, ¿Qué opinas al respecto? ¡Comparte pensamientos!

 

Os dejamos con el vídeo de los meses en los que estuvimos trabajando en el Okanagan Valley, Canadá.

 

 

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