El valor inmaterial del tiempo

En mi vida he pasado por algunas fases que, tras meditar concienzudamente, yo denomino como “Etapas de sobresaturación autoimpuesta”. Estas etapas alcanzaron su máximo esplendor, según creo recordar, en dos ocasiones.

Cuando estaba en el último curso de mi Licenciatura en Ciencias Ambientales, se me ocurrió la idea de matricularme a la vez en el Grado de Biotecnología, con el fin de sacarme una espina que me rondaba hacía algún tiempo. Recuerdo aquel curso como una sucesión de charlas y correos con profesores para cambiar algunos turnos de prácticas porque se solapaban los horarios de ambas carreras, entablando relación con compañeros que pudieran pasarme los apuntes de las clases a las que faltaba, y organizando mi horario a modo de puzzle en el que rellenaba mis huecos libres con desespero. Visité al oftalmólogo porque sentía un cansancio crónico en la vista, y las tardes en que tenía más de una práctica de laboratorio, acababa con un mareo que sólo desaparecía cuando me acostaba. Tras negarme que tuviera ningún problema en los ojos, me dijo: “Eres como el albañil al que le duele la espalda porque se pasa más de 10 horas al día cargando sacos de cemento. Tu instrumento principal es la vista, que se resiente porque no dejas que descanse”.

Acabé el curso cerrando la licenciatura y deseando encontrar un trabajo que me sacara del conocido y mundialmente famoso grupo de “Estudiantes que andan por la vida sin pasta”. Tres días después de haber terminado mi último examen, comencé unas prácticas de verano en una empresa que me quedaba a 5 minutos de casa en bici. Cuando acabó el verano me propusieron continuar, así que acepté, dejé de lado Biotecnología, y el último año de los tres que pasé allí reapareció nuevamente otra ESA (Etapa de Sobresaturación Autoimpuesta).

Me encapriché de un Posgrado en Bioestadística que se impartía, no lejos del trabajo, en la Facultad de Matemáticas. Hablé con mi jefa y, tras concederme ciertos beneficios (como acortar el tiempo para comer), me permitió volver de nuevo a un ajetreo intenso de planificación y malabarismos entre trabajo, clases y proyectos. Los días en que tenía clase acababa de trabajar a las 2 y media. Entonces es cuando empezaba la cuenta atrás y daba la vuelta al reloj de arena: 20 minutos para comer, 5 minutos para ir al baño y otra clase de acicalamientos personales, 15 minutos en coche hasta las aulas, y otros 5 minutos restantes para sacarme un café de la máquina y encender el portátil mientras el profesor entraba por la puerta. Cuando llegaba a casa, vuelta a lo mismo, repartiendo el tiempo entre tareas como preparar la cena, sacar al perro y seguir con algún trabajo.

Visto en retrosoectiva, creo que me obsesioné bastante con el tiempo y su paso. Ir a comprar al supermercado era una tarea semanal planificada, medida para que no me llevara más tiempo del necesario. Sacaba al perro con los minutos prácticamente contados. Las semanas de más trabajo dormía apenas 4 horas diarias y, en alguna ocasión, me despertaba con el portátil sobre los muslos, la luz encendida y un molesto dolor de cuello que me acompañaba por unos días, porque me había quedado dormida. En aquella época, las partes de mi cuerpo que más se resintieron fueron cuello y espalda.

A pesar de todo esto, y por suerte para mí, hacía bastante caso a la vocecilla interna que me pedía a gritos salir de casa los fines de semana. Al fin y al cabo somos animales sociales, y yo si no me relaciono me marchito. Creo que gracias a intercalar con bastante frecuencia pequeños ratos de ocio, conseguí sobrellevarlo sin tanto desespero. De primeras, cuando la idea de dejar trabajo y estudios para viajar surgió de una forma más seria, una parte de mí sentía estar echándolo todo por la borda, sobre todo después de un año tan intenso. Luego lo pensé más serena y calmada, y me autoconvencí de poder retomar el posgrado en un futuro, puesto que las asignaturas estaban cursadas, aprobadas, y guardadas en mi expediente.

Si analizo la situación, parece que el resultado final en sendas etapas no fue muy satisfactorio. Comencé dos cosas que no terminé. Y aunque no las terminé porque escogí caminos que en ese momento me complacían más y no me arrepiento, pasé por épocas de mucho estrés que sólo han servido para que decida reenfocar mi vida, de ahora en adelante.

Tres meses después de tanto barullo, me he visto sin trabajar ni estudiar, tan sólo viajando. Durmiendo 8 horas al día (algunos días más), tomándome el café por las mañanas sin prisas, y perdiéndome en paseos que se alargan por las tardes, sin remordimientos porque debería estar haciendo otra cosa. También es verdad que dejamos atrás las comodidades del hogar, sin tanto capricho innecesario ni deseo autoimpuesto, pero a mi me compensa. Ya creo entender el verdadero significado de la conocida y generalmente mal empleada frase, “el tiempo es oro”.

Ahora es cuando pensaréis que esto pinta demasiado bonito, que la gente necesita trabajar para vivir, y que lo que estoy haciendo forma parte de una fortuna, una suerte, una oportunidad que sólo disfrutan unos pocos. Lejos de querer defraudaros, mi historia es mucho más simple. Trabajé durante unos años, ahorré lo que hoy en día buenamente se puede ahorrar con un sueldo normal (no se precisa de ninguna herencia de un familiar rico, o una cuenta en algún paraíso fiscal), y mi intención no es otra que estirar este momento todo lo que pueda. Y cuando se acabe, ¿qué?. Pues que compraré un pasaje al mundo de los mortales, y buscaré la forma de generar nuevamente ingresos. Ya lo dice el dicho: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Yo prefiero preocuparme de los problemas cuando son eso mismo, problemas, y no antes. Y además puedes viajar reduciendo gastos.

Vale, pasamos a la segunda pregunta: ¿quién no vive con un poco de estrés?. Ahí reside el problema. Vivimos en una sociedad en la que parece estar mal visto no ir de aquí para allá con el teléfono en la mano y mil asuntos que atender. A veces ni siquiera parecemos capaces de centrar la atención por completo en la persona con la que estamos entablando una conversación, o hacer solamente una cosa a la vez. Y no nos damos cuenta de que somos más felices dedicándonos a nosotros mismos ratos a diario. Yo hacía años que no escribía. De hecho, nunca he escrito tanto como ahora. Y si ahora lo hago no es sólo porque me gusta, sino porque tengo tiempo para emplearlo en estos pequeños hobbies que se han pasado años escondidos tras una maraña de obligaciones que tampoco nos servirán para tanto mañana. Si en un futuro vuelvo a desencaminarme del camino, a olvidarme de mis propias palabras y a sumergirme de nuevo en un mundo de estrés innecesario, ojalá que alguien de confianza me coja por los hombros, me mire fijo a los ojos y me recuerde que esto no era lo que yo quería.

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