¿El entorno limita el desarrollo personal?

El ser humano es una especie que vive y se desarrolla en sociedad. La explicación biológica de esta característica reside en que, con ello, estamos más protegidos frente a los peligros que en el entorno acechan. Juntos mejor que separados. La manada siempre es más segura.

Partiendo de esta premisa, no es de extrañar que busquemos mediante nuestras acciones el beneplácito de los que nos rodean. Cuando nos sentimos desorientados y sin saber qué hacer, recurrimos a pedir consejos a la gente de nuestro entorno. Incluso cuando tenemos las ideas bastante claras con respecto a un asunto, seguimos anhelando ese ligero asentimiento de cabeza por parte del prójimo, a modo de ansiolítico.

Buscamos sentirnos aceptados y dentro de la manada, mediante el apoyo de los nuestros.

 

Fuera la vida es incierta, insegura, hostil, quizás hasta peligrosa.

 

manada de lobos

 

Si mi familia y mis amigos me apoyan, será que estoy haciendo las cosas bien, ¿cierto? Con esto dejamos zanjado el asunto, y ni vamos ni vemos más allá.

Sin embargo, si por alguna razón se nos ocurre la idea de salir de la manada -entiéndase por “alguna razón”, generalmente, el aprender a otear el horizonte por lo que podamos encontrar más allá de nuestro campo de visión-, y pedimos consejo, estamos perdidos. Nuestro entorno no va a apoyar la decisión, al menos a priori ni instintivamente, puesto que con ello ponemos en peligro la supervivencia y perpetuación de este colectivo de lobos que somos los seres humanos.

Los nuestros limitan nuestro desarrollo personal porque nos quieren. Y esto tiene que quedar claro. No es que el papá ni la mamá de Juanito no quieran que él se marche fuera porque “seguro que le va a ir mejor y se lo va a pasar de rechupete”. Es que el papá y la mamá de Juanito, quieren tanto a Juanito, que no se dan cuenta de que demostrándole su amor de esta manera le están cortando las alas que Juanito necesita para ser feliz.

Nadie está trazando un plan maquiavélico para impedir tu desarrollo personal. Sin embargo, en muchas ocasiones tenemos la sensación (cada vez menos, por suerte), de que todo lo que se salga del estereotipo básico, es un disparate:

  • Estudia una carrera
  • Encuentra un buen empleo (y mantenlo)
  • Conoce a alguien y cásate
  • Y… ¡En marcha los motores! Que ya va siendo hora de tener uno o dos churumbeles

¿De verdad tengo que creerme que todos y cada uno de los que conformamos esto a lo que llamamos Mundo, seremos felices así? Lo dudo mucho.

Familia dibujos

Para mí, personalmente, el disparate es saber cómo va a ser el resto de mi vida.

 

Precisamente por esto, si les presentas una opción que no les cuadra, del tipo: “Voy a dejar mi trabajo fijo en un país con una alarmante tasa de paro, para irme a recorrer el mundo, y luego ya se verá”, y además, lo haces dejando asomar una serie de dudas e inseguridades en tu voz, probablemente recurrirán a todo tipo de medidas disuasorias. Van a intentar convencerte y hacerte cambiar de opinión: “Pero hombre, ¿cómo vas a hacer eso con lo bien que ganas, y lo bien que estás en el trabajo?, ¿y el mundo? ¡El mundo es un lugar cruel y hostil que puedes limitarte a visitar en vacaciones!”.

Sienten que la manada peligra y se ven amenazados.

Esta reflexión me lleva a lo que inevitablemente estáis pensando. ¿Qué es lo que pasó con nosotros y nuestro entorno cuando decidimos hacer lo que Juanito?

Mi corta trayectoria de “decisiones que cambian sustancialmente mi vida” me había enseñado que, cuando alguna vez había tenido dudas con respecto a un tema en concreto, y lo comentaba a mi familia, en la mayor parte de las ocasiones ésta no me alentaba al cambio, a dar el paso. A saciar la curiosidad. A apostar, porque entonces tenía posibilidades de perder. Perder siempre era el concepto que figuraba entre líneas, no ganar.

¿Qué es lo que pasaba con el tiempo? Que el run-run de la curiosidad, de llevar a cabo esa idea que se había sembrado en mi mente como una semillita que se planta, e inconscientemente va creciendo con el agua de las dudas, era tan incómoda que yo acababa haciendo, literalmente, lo que me venía en gana, y desestimando todo tipo de consejo. Con más pesar o menos, con mayor o menor folklore, dándole más o menos vueltas al asunto, pero haciendo, a fin de cuentas, lo que yo quería.

¿Pero qué tipo de familia es la mía por no alentarme al cambio, y qué clase de tipeja soy yo por no hacer ni puñetero caso?

 

Alicia en el País de las Maravillas

 

Ni mi familia es única en su especie, ni yo soy un personaje extravagante salido de Alicia en el país de las maravillas. Os aseguro que somos un ejemplo, un patrón claro, de lo que pasa en nuestra sociedad. Queremos, protegemos, y acabamos encarcelando al prójimo, porque estamos contaminados por una nube tóxica de historias con finales tristes sobre males ajenos.

También es verdad que con los años he aprendido a echar mano de mi cabezonería, y quizás he convertido este defecto en un fiel aliado. Un aliado que siempre me insta a que pruebe, a abrirle las ventanas a la mente para que la semilla que ahora es árbol tenga por donde salir.

Por lo general, los cambios siempre me han llevado a una situación de mayor felicidad. Y apuesto a que esto es así porque, si he decidido cambiar algo, lo he hecho con la conciencia clara y el instinto innato de saber que eso era lo que en el fondo precisamente quería.

 

Si hacemos lo que queremos es difícil que nos equivoquemos.

 

Retomemos el asunto de Juanito y nuestros disparates. Yo sabía que si comentaba de golpe y porrazo en casa: “Papá, hermanas; tengo pensado irme a ver mundo, ¿vosotros qué opináis?”, la disputa estaría servida.

Así que primero, Sergio y yo tomamos la decisión a escondidas. Nos reforzábamos y motivábamos a nosotros mismos frente a las pequeñas inseguridades, y construimos un muro atrincherado con un vigía en lo alto de una torre que protegería nuestro territorio de los misiles provenientes del exterior, es decir, de las explosivas e incómodas opiniones que inevitablemente estaban por llegar.

Directamente dijimos en casa que la decisión estaba tomada y que no había vuelta atrás ni posibilidad de cambio. En vez de pedir consejo ni preguntar por la opinión de nadie, fingí una falsa seguridad dando la noticia. Un aplomo que ni a todas luces tenía, pero mi única estrategia frente al objetivo de no dejar a nadie sobrepasar la barrera de un compromiso que había sellado a cal y canto conmigo misma.

Recuerdo que unos días después de dar la noticia en el trabajo, celebramos una comida en casa de mi abuela, la madre de mi madre. Una reunión informal a mediodía y entre semana, aprovechando que era verano y estaban mis tíos de visita.

Una mesa relativamente grande de gente ocupada frente a unos platos de pasta exquisitos, charlando despreocupadamente de asuntos cotidianos y poco relevantes. Yo, estratégicamente, colocada en un extremo de la mesa a punto de activar el detonante: “Pues nada, es que hemos decidido que nos vamos…”.

La batalla estaba servida. Solté la bomba y no me hizo falta participar en la consecución del debate, porque todo se desarrolló como si yo no hubiera estado allí.

 

boom

 

Dos bandos notablemente diferenciados: unos a favor, otros en contra. Mis hermanas, protegiendo la manada, enzarzadas en plena discusión con mis tíos, que alegaban afirmaciones del estilo: “¡pero es que ella no es como vosotras!, ¡busca otros caminos!”.

Mi abuela alrededor de la mesa con semblante risueño, sin decir nada pero divertida, sin duda, ante lo que frente a ella estaba aconteciendo. Los niños metidos en sus asuntos, demasiado ocupados como para prestar atención a los aburridos problemas de los mayores, y el perro de la casa (un gigante negro llamado Dani con problemas para controlar sus niveles de energía), detrás de la puerta del jardín, brincando incansable y notablemente emocionado frente al alboroto. El perro notaba, sin duda, la excitación del momento.

Esto es lo que me viene a la mente cuando pienso en aquel día.

Concluí el debate diciendo que la decisión estaba tomada y era irreversible.

Con el tiempo, las personas que desde un principio habían estado a favor reforzaron su teoría sobre la felicidad individual (gracias, por cierto, por creer en nosotros). Las que inicialmente presentaron cierto grado de resistencia y desaprobación acabaron concluyendo, o al menos eso creo, que la decisión fue un acierto.

Si nos hubiésemos dejado convencer no estaríamos hoy aquí, ni este año hubiese supuesto un punto de inflexión en nuestras vidas.

Por tanto, como moraleja concluyo: el entorno puede limitar el desarrollo, pero quien bien te quiere acabará apoyando que tú seas feliz. Si tienes un plan, una predeterminación, una locura por hacer, hazla. Haz lo que tú creas que debes hacer, escucha a quien haga falta pero no te dejes influenciar más de la cuenta por opiniones ajenas.

 

En unos años, el único que se arrepentirá de todo lo que no hizo, no serán ni tus padres, ni tus abuelos, ni tus hermanos, ni tus tíos o tus primos. Serás tú y nadie más que tú.

 

Como siempre, estamos atentos, felices y contentos de que nos dejéis por aquí cualquier tipo de comentario, sugerencia, duda o desavenencia.

¡¡¡ ADELANTE !!!

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