Dunas en el litoral nordestino. De Jericoacoara a los Lençóis Marenhenses

 

Considero que el factor sorpresa es clave, fundamental, decisivo, en la impresión que nos genera un lugar. Me disculpo por la inexplicable tendencia de utilizar los adjetivos de tres en tres. Tenemos un amigo al que no le gusta saber de antemano el argumento de la película que va a ver. Pues bien, a mi esto me pasa un poco con los lugares. Aún así, la lista de puntos de interés es tan amplia, que no pudimos evitar una rápida ojeada en Google a la famosa playa de Jericoacoara. Una playa que ha alcanzado puntos de fama tan elevados, que la gente se refiere a su pueblo como Jijoca de Jericoacoara, y no a la playa como Jericoacoara de Jijoca, como sería lógico suponer. El primer día una rápida visita al pueblo. El segundo día, cargados con más de quince quilos por barba, emprendimos camino bajo el abrasador sol del estado de Ceará, y con el ferviente optimismo de ser de los pocos turistas que llegan a la playa en autoestop (los turistas hacen esta ruta en vehículos 4×4 a cambio de una tasa de 15 reales, por lo que es todo un reto que alguien te lleve de gorra). Y ahora es cuando emplearé una frase muy hollywoodiense: somos tipos con suerte. Llegamos a la playa en autoestop.

Cruzando en 4×4 el Parque Nacional de Jericoacoara

Toda esta introducción con el fin de explicar cómo de boquiabierta me quedé al divisar, por primera vez y desde aquel 4×4 pilotado por dos chavales, seguramente aficionados al gran rally Dakar y a la macoña, un enorme desierto de dunas gigantescas y de arena color marfil. Quizás por eso en aquel instante pensé que era uno de los paisajes más bonitos que mis ojos habían contemplado jamás: porque simplemente no me lo esperaba. El Parque Nacional de Jericoacoara. Sobra decir que el camino de regreso, dos días más tarde, no me resultó ni la mitad de intenso y revelador.

Dibujos que forma la arena en playa de Jericoacoara, Estado de Ceará, Brasil

El siguiente escenario escogido en la ruta por el litoral fue El Parque Nacional dos Lençóis Marenhenses, cruzando el estado de Piauí hacia Maranhão. Nos hablaron de este lugar a comienzos del viaje, y sumó tantos puntos que fue decisivo para que cambiáramos la idea inicial. Decidimos pues, subir por el litoral de Brasil hasta el norte, dejando a Argentina en estado de espera. De nuevo un paisaje de dunas, esta vez con la peculiaridad de que entre ellas se forman lagunas de agua cristalina a causa de la subida del nivel freático por las lluvias. La mejor época para visitarlas es entre enero y julio. Una lástima que fuera diciembre.

Haciendo autoestop en 4×4 hacia Barreirinhas, Estado de Maranhão, Brasil

El camino, como siempre, estuvo lleno de historias. “El tiempo es lo más caro del mundo. Ahora ustedes son millonarios”. Esa es la frase que nos dijo el conductor de un Range Rover del 2005 que nos recogió haciendo autoestop en la carretera hacia Paulino Neves. La frase nos alcanzó como un dardo que da justo en el centro de la diana. Era un paulistano (gentilicio para designar a los originarios de la ciudad de São Paulo), que cambió el traje, la corbata y los rascacielos de la avenida Paulista, por un look más nordestino y la tranquilidad de quien opta por vivir en un pueblo que no conoce el asfalto. Actualmente se dedica a hacer tours de varios días para turistas por el litoral del país, y nos confesó que cuando regresa a su ciudad por más de 15 días, no puede evitar cierta sensación de urticaria en la piel que no desaparece hasta que se marcha.

Lençóis Maranhenses
Primeras dunas en el Parque dos Lençóis Maranhenses, Estado de Maranhão, Brasil

Unas horas más tarde, un pescador local nos llevó, junto con su mujer, a Atins por el Río Preguiça (que viene a ser el Río de la Pereza), un pueblo fronterizo al Parque dos Lençóis. Otra vez se repite la misma situación: llegamos como autoestopistas (ahora por agua, ya sólo nos queda que algún piloto de avión nos dé una carona por aire), al típico lugar para turistas accedido casi en exclusiva por 4×4 y lanchas motoras, a cambio de importes no menores a 20 y 60 reales brasileños por persona, respectivamente. Nosotros nos hemos ido dejando la vergüenza por el camino, y con educación y buena onda es increíble lo lejos que puedes llegar. La bomba de agua se estropeó y acabamos haciendo turnos para inyectar el agua a la manguera de forma manual. Cuatro horas de paseo por el serpenteante río, que al final se alargararon un poco más. Por cierto, la especie de mosquitos de la zona no es tan jodida como la que describimos en: “Ilhabela: más que un sitio para relajarse”, pero siguen estando muy sedientos de sangre estos bichos. Sergio sufrió un mini ataque de desquicio en la barca. Creo que le han quedado secuelas.

Foto de anuncio en el Parque dos Lençóis Maranhenses, Estado de Maranhão, Brasil

Llegamos por la noche y avistamos desde lejos la silueta de las dunas. Si nos hubiesen dicho que era nieve (y hubiésemos obviado el factor clima), nos lo hubiéramos creído. Había sido un día requetecompleto: dos coches, un par de 4×4 que despertarían las envidias de cualquier adicto a cierta dosis de adrenalina, y una barca para llegar hasta aquí. Pasamos la noche acampados en la playa, y nos despertamos al día siguiente con los ronquidos de un par de cerdos madrugadores.

Playa en el pueblo de Atins, en el Parque dos Lençóis Maranhenses
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