Couchsurfing en el Cañón del Chicamocha

Llegada a San Gil

Desde nuestra última parada en Villa de Leyva, a San Gil (en el departamento de Santander) llegamos por los pelos. ¿Cómo por los pelos? A las 17h de la tarde no habíamos recorrido ni una cuarta parte del trayecto que teníamos pensado hacer ese día, y aún quedaban 3 horas hasta San Gil. Justo en el momento en que Sergio y yo estábamos deliberando sobre la idea de pasar noche dondequiera que estuviésemos o seguir sacando dedo en el arcén de la carretera, nos para un camión. “¿A San Gil? ¡Súuuubanse!”.

Couchsurfing en San Gil

Allí teníamos apalabrado hacer couchsurfing con Félix. ¿Couch qué? Couchsurfing. “Couch” significa sofá, así que la traducción literal sería “surfeando el sofá”. Se trata de una plataforma online a nivel mundial en la que anfitriones ofrecen un sofá, una cama, una habitación, lo que sea que tengan disponible, para que los huéspedes o viajeros que quieran puedan dormir allí por unos días. Cada persona tiene un perfil creado en el que describe sus gustos, hobbies, etc., y en el que se refleja su puntuación como anfitrión o huésped en base a los comentarios y notas que otros anfitriones y huéspedes han valorado según sus experiencias.

Pero espera un momento. ¿Por qué alguien va a querer meter a un desconocido en su casa, o va a querer meterse en casa de un desconocido? Fácil. Porque conocer gente nueva puede ser una experiencia muy gratificante, y si uno no está en su lugar de origen, tendrá la posibilidad de conocer el país que visita a través de sus gentes; sí, un intercambio cultural que no es más que una expresión más de la globalización en pleno siglo XXI.

Nacimiento de un plan: ¿Travesía por el cañón del Chicamocha?

Vistas antes de realizar el descenso al Cañón del Chicamocha.

A la mañana siguiente de llegar a San Gil, mientras desayunábamos, Félix nos propuso irnos de travesía un par de días al cañón del Chicamocha. Y nosotros, con el gesto habitual y la rapidez inmediata con la aceptamos esos dulces planes espontáneos, no tuvimos tiempo ni de parpadear antes de aceptar. Una hora más tarde estábamos reuniéndonos con su amigo David y subiendo a un bus que nos llevaría desde San Gil hasta Villanueva -por 4.800 pesos-, donde comenzaríamos la caminata.

De camino al cañón…

Nada más bajar del bus se nos unen un grupo de belgas algo despistados que van buscando el cañón. “¿Pero ustedes van a ir sin agua, ni comida? Bajar al cañón a mediodía no es recomendable”, dice David, quien, al igual que Félix, ha ejercido como guía de montaña y ha participado en rescates por la zona, encontrándose al rescatado en algunos casos teniendo alucinaciones derivadas de un golpe de calor. La pasión que David siente por la montaña toma reflejo en el programa de radio online que emite a las 12h de la noche, hora en Colombia: 1am de Montaña xtrema.

San Gil es un lugar de reunión de mochileros de todas las partes del mundo que vienen a practicar deportes de aventura, como rafting, parapente, barranquismo o bungee jumping. ¡Pero la bajada al cañón sin agua o calzado apropiado a ciertas horas del día podría suponer también un deporte de aventura y muy arriesgado! Se trata de un desnivel de 1.400 m bastante pronunciado, y tanto el descenso como su ascensión no deberían tener mayor complicación si se hacen a horas prudentes del día. Sin embargo, al mediodía no hay apenas sombras en el camino, y la orografía del terreno convierte a este punto en un hervidero al que no le llegan corrientes de aire y que absorbe el calor, irradiándolo de nuevo desde el suelo hasta bien entrada la noche.

Por este motivo, caminamos unas tres horas con un sol abrasador que nos advertía, llegamos a una finca en la que nos quedamos conversando, comiendo y tomando una par de cervezas, hasta las 5 de la tarde, momento en el cual despedimos a los belgas -ellos cogerían un bus a Santa Marta-, y seguimos camino.

Este río atraviesa el cañón del Chicamocha.

La palabra “Chicamocha” tiene su origen en la lengua de los indios Guane, y significa “Hilo de plata en noche de luna llena”. El hilo representa el río que lo atraviesa, que posee un color verde plateado debido a la cantidad de sedimentos que lleva. La belleza del entorno es… espectacular: la vegetación está adaptada a una región en la que pueden prolongarse los periodos secos, y la tierra da vida a un arcoiris de púrpuras, amarillos, marrones, grises y verdes, que le dejan a uno embobado tratando de hacer recuento de colores.

Una vez allí, ¿dónde nos quedamos?

Tardamos algo más de 2 horas en bajar al cañón y unos 15 Km desde que salimos de Villanueva. Llegamos al hotel Shangrila (significa paraíso perdido) recién llegada la noche, y tras haber ido adaptando visión a la escasez de luz propia de los atardeceres.
En el hotel Shangrila, único en esta concreta zona, bien se pueden alquilar cabañas por 40.000 pesos por persona, dormir en hamacas por 20.000 o bien acampar con tienda propia por 15.000 (esto último es lo que hicimos nosotros, puesto que la llevábamos encima).

Puente colgante en el pueblo de Jordán.

El hotel tiene una piscina de agua natural en la que -por supuesto- nos bañamos nada más llegar, y desde la que pudimos contemplar un rato un cielo plagado de estrellas. Y estuvimos tan, tan a gusto, que al día siguiente decidimos quedarnos un día más. De día, las vistas desde la piscina y hacia el cañón son aún mejores; hicimos visita al pueblo de Jordán, a unos 3 Km, para comprar subsistencias, y nos bañarnos como niños que no han pisado nunca un río poco después. Por la noche, hacíamos rondas en las que cada uno contaba una historia. En esas conocimos a Máximo, un señor colombiano, pintor, y amante de la montaña, que se nos unió al juego.

De vuelta a San Gil, pasando por Barichara.

Máximo nos invitó, a Sergio y a mí, a hacer junto con un grupo de senderistas el camino de vuelta al día siguiente, esta vez pasando por Villanueva y llegando hasta Barichara, en un recorrido de algo más de 20 Km.

El pueblo de Barichara en Santander es famoso en Colombia.

Una vez más, aceptamos las inquietudes de este destino caprichoso, y tras algo menos de 3 horas de sueño, nos despertamos para desayunar y emprender la subida al cañón. Ésta es conveniente comenzarla no más tarde de las 6 de la mañana, pues como dijimos el Sol la hace muy dura e inconfortable. Caminamos toda la mañana, y pasado el mediodía llegamos a Barichara.

Barichara es considerado como uno de los municipios más bellos de Colombia y de los cascos urbanos coloniales mejor conservados. Este municipio declarado monumento nacional en 1975, constituye un documento arquitectónico de la época de la Colonia.

Allí aprovechamos para comer, pasear, sacar algunas fotos –al que le guste la Fotografía éste es un buen lugar para entretenerse-, y regresar a casa de Félix en bus, tremendamente cansados, pero encantados de haber vivido una experiencia como ésta, retomando ese contacto con la montaña que tanto nos gusta.

Jordán, el perro, nos acompañó durante todo el recorrido. En la foto preguntando a un señor dónde comer.

Gracias a Félix, David, Máximo, y a todo aquel que conocimos por el camino, incluido Jordán, nombre que elegimos para el perro que anduvo con nosotros este último día, protegiéndonos de todo carro, can ajeno o maldad. En Barichara, visitamos una clínica veterinaria con él, y tuvimos varias ideas que aún mantenemos en mente. Pero éste, amigos míos, es otro cuento que, quizás, les contemos más adelante ;).

 

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