ESPAÑA CON OJOS DE TURISTA (I): volver a casa tras un largo viaje

Sugerencia: si tenéis Spotify o Youtube a mano, os recomiendo leer el texto con la canción “Les Nuits” (de Nightmares on wax), de fondo. Por casualidad me releí este post con la susodicha canción sonando y me pareció mucho mejor que el silencio.

La primera vez que me desarraigué de los lazos del hogar fue a los 21. Fui beneficiaria de las ya expiradas becas SÉNECA que te permitían estudiar en otra universidad española y vivir, por ende, en otra ciudad.

Granada
Fui a estudiar a Granada. Me encantaban las vistas a la Sierra Nevada desde la ciudad.

 

Por aquel entonces, como tantos otros momentos en la vida, una no era consciente de que esto marcaría un antes y un después. Unos meses sin volver a mi pueblo -no más de cuatro- hasta la primera visita en Navidad, fueron suficientes como para ver mi casa con otros ojos.

Unos ojos más objetivos y una mirada más crítica.

Mi casa ya no era del todo mi casa. Era una casa ajena, con características buenas; otras no tanto. Apreciaba sus bondades y me fijaba en sus defectos. El jardín una delicia. ¿Quién no disfruta de un poco de Sol con un clima como el mediterráneo? Extrañaba terriblemente esto viviendo en un piso de 50m2.

Otros rincones, en cambio, se me antojaban escasamente iluminados. Habitaciones absurdamente dejadas en el olvido que tan sólo visitamos para guardar algún trasto-estorbo (trastos que se convierten en estorbos), o limpiar el polvo de vez en cuando.

(Pregunta: ¿por qué siempre la misma tendencia al exceso? Como en las comidas de Navidad, ¡leñe!).

cena de navidad

 

Incluso el olor. Por primera vez fui consciente de que mi casa tenía un olor característico en el que no había reparado antes.

¿Pero a qué viene todo esto, si este es un blog de viajes? Bueno, de viajes y también de reflexiones. Porque viajar nos abre la mente, y lo que os voy a contar va en la misma línea de pensamiento…

El caso es que me acordé mucho de esta sensación cuando regresamos a España después de un intenso año viajando por América. Vale que no era la primera vez para ninguno de los dos (que nos íbamos fuera, ¡digo!). Pero en unas vacaciones de un mes la sensación es descaradamente incomparable.

Necesitas más tiempo para desarraigarte de lo tuyo, y hacer de otro ambiente lo cotidiano.

España ya no era un país donde dábamos por hecho las cosas. Había dejado de ser nuestro particular ombligo del mundo por y para siempre. Lo de aquí no es más correcto que lo de allí. Ni nuestras tradiciones son mejores, ni nuestra forma de pensar la acertada, ni nuestros valores incuestionables.

En España, como en todos los lugares del planeta tierra, la gente ha forjado su peculiar y exclusiva forma de concebir el mundo.

España

 

Lo cual me lleva a pensar en definir qué es mejor y qué es peor. Supongo que coincidirás conmigo en que no hay un color mejor que otro. Unos prefieren el azul, mientras que otros se decantan por el verde. Algunas preferencias son estrictamente subjetivas (o casi).

Pero no todo es tan relativo. En lo referente a la sanidad o la educación, por ejemplo, seguramente haya una opinión más unánime al respecto. ¿Verdad que sabríamos a qué países tomar como referente en cuestiones académicas? Mejor Finlandia que Nigeria, donde la tasa de analfabetismo es mucho mayor, ¿no?

Pues creo que España se me antojó como lo que a día de hoy es.

Un país del sur de Europa, con una población de poco más de 45 millones de habitantes, y unos cuantos conflictos bélicos de más en la historia que lleva a sus espaldas.

Un país donde la gastronomía es brutal, el vino bueno, bonito y barato, el clima relativamente suave y estacional, la gente seria y maleducada (si comparamos con los del sur), o alegre y extrovertida (en comparación a los del norte). No me gusta generalizar de esta forma, pero a mis ojos es indiscutible que el clima es un condicionante decisivo del carácter cultural.

Reconocí el folklore español, tan peculiar y característico en lugares como el clicheístico bar Casa Paco, o la taberna de toda la vida, donde irte a tomar unas tapas o unas cañas. O unas tapas y unas cañas. Libre elección si preferís más tapas que cañas, o al revés.

bar casa Paco
El bar Casa Paco es más o menos así

 

Me re-indigné volviendo a la realidad de la situación laboral de mi país. ¿Cómo sin hablar un inglés perfecto era capaz de, en una semana, poder elegir entre varios puestos de trabajo en Canadá?. ¿Por qué aquí, a pesar de habernos pasado media vida estudiando, tenemos unas probabilidades tan altas de fracasar en la búsqueda de un trabajo que merezca la pena?

Observé la decadencia de algunos lugares: caminos de tierra alrededor de campos de naranjas no muy lejos de casa. Pensé también, en lo muchísimo que me hubiese gustado una ciudad con otra “Ciudad de las Artes y las Ciencias” como la de Valencia. ¡Dios! Nos pasamos una tarde entera tomando fotos a cada rincón.

Ciudad de las Artes y las Ciencias
Ciudad de las Artes y las Ciencias en Valencia, España.

 

Y no penséis que exagero cuando digo lo mucho que a los dos nos llamó la atención, montados en el último avión antes de llegar a casa, escuchar de nuevo el castellano a lo españolito. Ese “ceceo” tan característico aquí, y tan difícil de encontrar al otro lado del Atlántico.

En fin, que este año nos abrió la mente, en todos los sentidos.

Cuando conoces qué hay más allá de lo que estás predestinado a ver por haber nacido en una determinada latitud y longitud, tienes más herramientas para comparar qué te parece peor y qué te parece mejor. Amplías horizontes, rompes esquemas, y en más de una ocasión se te gira el cerebro. Literal.

Pero todo te lleva a ser una persona más justa, objetiva y racional. Flexible y tolerante.

Cierro reflexión con una conversación que tuve con una antigua y muy querida compañera de trabajo. Nos tomamos una jornada laboral de 40 horas a la semana como justa, porque nos han enseñado que lo es. Y ya está, punto y pelota. Mientras tanto consideramos que la gente en, por ejemplo China, trabaja de más.

mucho trabajo

 

¿Pero cuarenta horas a la semana es mucho o poco? Poco si comparo con las 12 horas diarias de media laboral en China, mucho si pienso en un tercio de mi vida. ¡Eh! Que otro tercio se me va durmiendo, y con alguna otra cosilla que hacer a la que me despisto se me pasa el arroz…

En fin, más vale seguir recabando información de todo lo que veamos dentro y fuera de España.

Cuanto más sepamos del mundo, mejor decidiremos si nos estamos montando la vida que queremos. ¿No crees?

No me gusta ver mis fotos

Esta entrada no va sobre complejos físicos de carácter adolescente, o sobre lo poco que me gusta revisar la calidad de mis fotos cuando aplico lo que aprendo en los cursos de Fotografía.

Esta entrada va sobre lo jodidamente efímera que es la vida.

El otro día estaba enfurruñada frente al ordenador. Hacía apenas un año desde que lo formateé, y mi carácter previsor me estaba avisando de que no tardaría mucho en quedarme sin espacio en el disco duro. Ya lo dice el dicho, hombre precavido (o mujer, que siempre se les olvida), vale por dos.

Maldita Era Digital, en la que un espacio en “La Nube” (así, con mayúsculas y todo), o un espacio en a saber dónde, es un bien tan codiciado. Guardamos nuestras cosas en formatos que me parecen, aún a día de hoy, muy místicos, y al menos yo sigo preguntándome si cuando tenga 80 años voy a saber rescatar los recuerdos de mi juventud.

 

ancianas con portátil

 

Supongo que una foto impresa sigue dándome más garantías de perpetuidad, aunque mi esencia minimalista y el riesgo de incendios me dicta que no vaya acumulando trastos. Que a la que nos descuidamos tenemos que ir alquilando trasteros para guardar los enseres y la vida está muy cara. Hala.

El caso es que se me ocurrió desempolvar mi cajón de Dropbox.

Para los que no lo sabéis, Dropbox es una aplicación web que te permite almacenar de forma gratuita, aunque no desinteresada, una cantidad X de memoria. No me atrevo a definir dicha cantidad porque la van cambiando según les viene en gana, y porque es ampliable si superas las 12 pruebas de Hércules… Ya sabéis, “Si invitas a no sé cuántos amigos a que se registren y pruebas a saltar sobre el pie izquierdo con el índice derecho sobre la nariz, te regalamos otros X GB de almacenamiento extra”.

En fin, que este hijo maldito de la Era Digital resulta de mucha utilidad cuando haces un viaje con amigos (o con quien sea), y quieres compartir tus fotos con ellos (o con quien sea) en esto que llamamos “La Nube”.

Como seguramente también vosotros habréis comprobado, la tendencia acumulativa del ser humano es extrapolable al terreno digital, caso concreto sea este el de las fotos. Es decir, que cuando vamos cámara en mano cual japonés practicando turismo, somos capaces de efectuar tal ingente capacidad de disparos por minuto, que cualquiera diría que no habría un mañana para seguir con susodicha actividad.

 

japoneses haciendo fotos

 

Acabamos con el dedo roto y teniendo copias casi idénticas de lo mismo, o fotos sin ton ni son (2 o 3, 3 o 4, por si alguien sale con los ojos cerrados o el encuadre no nos gusta). Las acumulamos por dejadez y sin querer caer en la cuenta de que, algún día, nos tocará comprometernos con la ardua e infravalorada tarea de seleccionar y eliminar todo aquello que no nos sea útil, y emplear el codiciado espacio de La Nube en obras maestras de las de verdad.

¿Os acordabais de que estaba enfurruñada frente a mi ordenador y su limitada capacidad de almacenamiento, no? Sergio dice que tiendo a divagar e irme por las ramas. Bien. El caso es que achiné los ojos y comencé a hacer limpieza en mi cuenta de Dropbox para dar cabida a las fotos del viaje (América 2016-2017).

Fue como abrir un cajón polvoriento, la Caja de Pandora.

Algunos recuerdos un poco vagos y difusos, dibujos de trazo claro y a mano alzada, cobraron vida de nuevo. Otros reaparecieron sin tan siquiera esperar a ser invitados.

Las fotos son testimonio de que lo que recordamos algún día sucedió. De que lo que vivimos, es intangible y etéreo. De que somos incapaces de congelar el aquí y ahora. Tan sólo podemos tratar de inmortalizar en nuestro recuerdo lo que buenamente podamos.

Y esto es apabullante.

Vi a mis sobrinos, tan pequeños y cambiados con respecto a las últimas fotos que me llegan por Whatsapp, que hasta me costaba reconocerlos. Pensé que ya nunca más podría acunarlos entre mis brazos como acostumbraba a hacer un tiempo atrás.

A mis abuelas, con menos arrugas en el rostro pero los mismos ojos curtidos en incontables batallas mirando a cámara. Vi aquel piso de estudiantes que alquilé el último año de licenciatura, o fotos en el pub que frecuentaba con mis amigas cuando era adolescente.

 

mi abuela
He aquí a mi yaya por parte de padre.

 

Vi a personas que alguna vez formaron parte de mí, y con las que perdí el contacto. O cuya relación fue marchitándose con el tiempo.

Vi a los que ya no están porque tuvieron que marcharse. Al cielo, dicen.

También vi a los que siguen estando a día de hoy, aunque de los que estaban por aparecer ni rastro. Vi el flujo continuo de mi vida. De una vida pasada que, paradójicamente, sigue siendo la misma de hoy.

Sentí una punzada de nostalgia tan profunda y adictiva, que por un momento se me anegaron los ojos de lágrimas y contuve el aliento. Como si me hubiesen dado un fuerte empujón en el pecho, o un golpe seco en la garganta.

Entonces deseé estar en mi casa. Ponerme a revolver entre los armarios en un ataque de insomnio nocturno (lo mío con el café es una eterna relación de amor y odio). Abrir aquella bolsa de piel marrón que guardaba los álbumes de la familia como tesoro escondido. Rebuscar entre las cintas de VHS y hacer funcionar ese viejo vídeo del que aún no nos hemos desecho porque nos hace viajar al pasado.

Recordar mi cara cuando era niña. Ponerle voz de nuevo a la figura de mi madre. Analizar desde una perspectiva adulta, y por primera vez desde entonces, nuestra relación materno-filial. Sentí mucha intriga a su vez por mi tía Eva, que también murió cuando yo era niña y a la que mi padre dice que me parezco tanto. No en el físico, no en el nombre. Quizás en algo mucho mejor.

Dicen que los nuestros, aunque se vayan, siguen aquí mientras los recordemos. Y yo lo hago con más frecuencia de la que jamás admitiré en voz alta.

Si hasta sentí nostalgia de pensar que ese preciso instante, ese momento concreto y actual que estaba viviendo también iba a desvanecerse, ¡joder!

Y entonces recordé por qué no me gusta ver mis fotos.

Es porque me recuerdan que la vida es efímera. Que todo pasa, lo malo pero también lo bueno. Hasta el lavarse los dientes cada mañana es exclusivo, porque lo hacemos en unas condiciones concretas, únicas e irrepetibles. Y porque sé, o al menos espero, que dentro de mucho miraré mi cara frente al espejo y pensaré: “Joder, ¿tan pronto ha pasado mi vida?”.

Tal vez los budistas tengan razón cuando afirman que la clave de la felicidad reside en vivir el presente.

 

No acostumbro a ser una persona nostálgica, pero esa noche me concedí el deseo. Sentada con el portátil sobre mi regazo bajo la luminosa, solitaria e interrogante luna, frente a unos viñedos que no volvería a ver nunca más cuando me fuera, fui consciente de que aquel instante también pasaría a ser historia algún día.

Y tú, ¿qué relación guardas con tu pasado?

Pasado, presente y futuro

 

¿El entorno limita el desarrollo personal?

El ser humano es una especie que vive y se desarrolla en sociedad. La explicación biológica de esta característica reside en que, con ello, estamos más protegidos frente a los peligros que en el entorno acechan. Juntos mejor que separados. La manada siempre es más segura.

Partiendo de esta premisa, no es de extrañar que busquemos mediante nuestras acciones el beneplácito de los que nos rodean. Cuando nos sentimos desorientados y sin saber qué hacer, recurrimos a pedir consejos a la gente de nuestro entorno. Incluso cuando tenemos las ideas bastante claras con respecto a un asunto, seguimos anhelando ese ligero asentimiento de cabeza por parte del prójimo, a modo de ansiolítico.

Buscamos sentirnos aceptados y dentro de la manada, mediante el apoyo de los nuestros.

 

Fuera la vida es incierta, insegura, hostil, quizás hasta peligrosa.

 

manada de lobos

 

Si mi familia y mis amigos me apoyan, será que estoy haciendo las cosas bien, ¿cierto? Con esto dejamos zanjado el asunto, y ni vamos ni vemos más allá.

Sin embargo, si por alguna razón se nos ocurre la idea de salir de la manada -entiéndase por “alguna razón”, generalmente, el aprender a otear el horizonte por lo que podamos encontrar más allá de nuestro campo de visión-, y pedimos consejo, estamos perdidos. Nuestro entorno no va a apoyar la decisión, al menos a priori ni instintivamente, puesto que con ello ponemos en peligro la supervivencia y perpetuación de este colectivo de lobos que somos los seres humanos.

Los nuestros limitan nuestro desarrollo personal porque nos quieren. Y esto tiene que quedar claro. No es que el papá ni la mamá de Juanito no quieran que él se marche fuera porque “seguro que le va a ir mejor y se lo va a pasar de rechupete”. Es que el papá y la mamá de Juanito, quieren tanto a Juanito, que no se dan cuenta de que demostrándole su amor de esta manera le están cortando las alas que Juanito necesita para ser feliz.

Nadie está trazando un plan maquiavélico para impedir tu desarrollo personal. Sin embargo, en muchas ocasiones tenemos la sensación (cada vez menos, por suerte), de que todo lo que se salga del estereotipo básico, es un disparate:

  • Estudia una carrera
  • Encuentra un buen empleo (y mantenlo)
  • Conoce a alguien y cásate
  • Y… ¡En marcha los motores! Que ya va siendo hora de tener uno o dos churumbeles

¿De verdad tengo que creerme que todos y cada uno de los que conformamos esto a lo que llamamos Mundo, seremos felices así? Lo dudo mucho.

Familia dibujos

Para mí, personalmente, el disparate es saber cómo va a ser el resto de mi vida.

 

Precisamente por esto, si les presentas una opción que no les cuadra, del tipo: “Voy a dejar mi trabajo fijo en un país con una alarmante tasa de paro, para irme a recorrer el mundo, y luego ya se verá”, y además, lo haces dejando asomar una serie de dudas e inseguridades en tu voz, probablemente recurrirán a todo tipo de medidas disuasorias. Van a intentar convencerte y hacerte cambiar de opinión: “Pero hombre, ¿cómo vas a hacer eso con lo bien que ganas, y lo bien que estás en el trabajo?, ¿y el mundo? ¡El mundo es un lugar cruel y hostil que puedes limitarte a visitar en vacaciones!”.

Sienten que la manada peligra y se ven amenazados.

Esta reflexión me lleva a lo que inevitablemente estáis pensando. ¿Qué es lo que pasó con nosotros y nuestro entorno cuando decidimos hacer lo que Juanito?

Mi corta trayectoria de “decisiones que cambian sustancialmente mi vida” me había enseñado que, cuando alguna vez había tenido dudas con respecto a un tema en concreto, y lo comentaba a mi familia, en la mayor parte de las ocasiones ésta no me alentaba al cambio, a dar el paso. A saciar la curiosidad. A apostar, porque entonces tenía posibilidades de perder. Perder siempre era el concepto que figuraba entre líneas, no ganar.

¿Qué es lo que pasaba con el tiempo? Que el run-run de la curiosidad, de llevar a cabo esa idea que se había sembrado en mi mente como una semillita que se planta, e inconscientemente va creciendo con el agua de las dudas, era tan incómoda que yo acababa haciendo, literalmente, lo que me venía en gana, y desestimando todo tipo de consejo. Con más pesar o menos, con mayor o menor folklore, dándole más o menos vueltas al asunto, pero haciendo, a fin de cuentas, lo que yo quería.

¿Pero qué tipo de familia es la mía por no alentarme al cambio, y qué clase de tipeja soy yo por no hacer ni puñetero caso?

 

Alicia en el País de las Maravillas

 

Ni mi familia es única en su especie, ni yo soy un personaje extravagante salido de Alicia en el país de las maravillas. Os aseguro que somos un ejemplo, un patrón claro, de lo que pasa en nuestra sociedad. Queremos, protegemos, y acabamos encarcelando al prójimo, porque estamos contaminados por una nube tóxica de historias con finales tristes sobre males ajenos.

También es verdad que con los años he aprendido a echar mano de mi cabezonería, y quizás he convertido este defecto en un fiel aliado. Un aliado que siempre me insta a que pruebe, a abrirle las ventanas a la mente para que la semilla que ahora es árbol tenga por donde salir.

Por lo general, los cambios siempre me han llevado a una situación de mayor felicidad. Y apuesto a que esto es así porque, si he decidido cambiar algo, lo he hecho con la conciencia clara y el instinto innato de saber que eso era lo que en el fondo precisamente quería.

 

Si hacemos lo que queremos es difícil que nos equivoquemos.

 

Retomemos el asunto de Juanito y nuestros disparates. Yo sabía que si comentaba de golpe y porrazo en casa: “Papá, hermanas; tengo pensado irme a ver mundo, ¿vosotros qué opináis?”, la disputa estaría servida.

Así que primero, Sergio y yo tomamos la decisión a escondidas. Nos reforzábamos y motivábamos a nosotros mismos frente a las pequeñas inseguridades, y construimos un muro atrincherado con un vigía en lo alto de una torre que protegería nuestro territorio de los misiles provenientes del exterior, es decir, de las explosivas e incómodas opiniones que inevitablemente estaban por llegar.

Directamente dijimos en casa que la decisión estaba tomada y que no había vuelta atrás ni posibilidad de cambio. En vez de pedir consejo ni preguntar por la opinión de nadie, fingí una falsa seguridad dando la noticia. Un aplomo que ni a todas luces tenía, pero mi única estrategia frente al objetivo de no dejar a nadie sobrepasar la barrera de un compromiso que había sellado a cal y canto conmigo misma.

Recuerdo que unos días después de dar la noticia en el trabajo, celebramos una comida en casa de mi abuela, la madre de mi madre. Una reunión informal a mediodía y entre semana, aprovechando que era verano y estaban mis tíos de visita.

Una mesa relativamente grande de gente ocupada frente a unos platos de pasta exquisitos, charlando despreocupadamente de asuntos cotidianos y poco relevantes. Yo, estratégicamente, colocada en un extremo de la mesa a punto de activar el detonante: “Pues nada, es que hemos decidido que nos vamos…”.

La batalla estaba servida. Solté la bomba y no me hizo falta participar en la consecución del debate, porque todo se desarrolló como si yo no hubiera estado allí.

 

boom

 

Dos bandos notablemente diferenciados: unos a favor, otros en contra. Mis hermanas, protegiendo la manada, enzarzadas en plena discusión con mis tíos, que alegaban afirmaciones del estilo: “¡pero es que ella no es como vosotras!, ¡busca otros caminos!”.

Mi abuela alrededor de la mesa con semblante risueño, sin decir nada pero divertida, sin duda, ante lo que frente a ella estaba aconteciendo. Los niños metidos en sus asuntos, demasiado ocupados como para prestar atención a los aburridos problemas de los mayores, y el perro de la casa (un gigante negro llamado Dani con problemas para controlar sus niveles de energía), detrás de la puerta del jardín, brincando incansable y notablemente emocionado frente al alboroto. El perro notaba, sin duda, la excitación del momento.

Esto es lo que me viene a la mente cuando pienso en aquel día.

Concluí el debate diciendo que la decisión estaba tomada y era irreversible.

Con el tiempo, las personas que desde un principio habían estado a favor reforzaron su teoría sobre la felicidad individual (gracias, por cierto, por creer en nosotros). Las que inicialmente presentaron cierto grado de resistencia y desaprobación acabaron concluyendo, o al menos eso creo, que la decisión fue un acierto.

Si nos hubiésemos dejado convencer no estaríamos hoy aquí, ni este año hubiese supuesto un punto de inflexión en nuestras vidas.

Por tanto, como moraleja concluyo: el entorno puede limitar el desarrollo, pero quien bien te quiere acabará apoyando que tú seas feliz. Si tienes un plan, una predeterminación, una locura por hacer, hazla. Haz lo que tú creas que debes hacer, escucha a quien haga falta pero no te dejes influenciar más de la cuenta por opiniones ajenas.

 

En unos años, el único que se arrepentirá de todo lo que no hizo, no serán ni tus padres, ni tus abuelos, ni tus hermanos, ni tus tíos o tus primos. Serás tú y nadie más que tú.

 

Como siempre, estamos atentos, felices y contentos de que nos dejéis por aquí cualquier tipo de comentario, sugerencia, duda o desavenencia.

¡¡¡ ADELANTE !!!

Qué suerte, disfruta tú que puedes. Excusas para no tener la vida que deseas

Estas palabras retumban en mis oídos mientras sigo quitando hojas y brotes secundarios de los viñedos de Claude.

Lo malo (probablemente también lo bueno) de los trabajos mecánicos, es que le dejan mucho espacio en blanco a la mente, para que divague por rincones a los que tan sólo llega de pura hartera por aburrimiento.

Apunte: es muy conveniente aburrirse de vez en cuando.

 

 

¿No estáis entendiendo nada?

Bien, comencemos por el principio.

Llevábamos unos 8 meses de viaje por el continente americano cuando llegamos a Canadá. Decidimos que este extenso, tranquilo y lejano país sería buen lugar para trabajar: pagan relativamente bien (aunque esto sólo cobra sentido si tienes algo con que comparar), y es fácil encontrar trabajo, pues hay una alta demanda de mano de obra joven y enérgica.

En el segundo país más grande del mundo vive menos gente que en España. Me gusta abrir google maps y maravillarme con esta frase, comparando los tamaños de ambos países colocando cada uno en un extremo de la pantalla. Normal que ni en las ciudades más cosmopolitas se vea nunca batiburrillo de gente. Y hablo de Vancouver, que es la única que a día de hoy conocemos por acá.

 

 

Además, trabajar fuera es otra forma de conocer mundo. A mi personalmente me hacía ilusión, sentía que así cerrábamos ciclo. Nos demostrábamos a nosotros mismos que en el momento en que lo necesitáramos, no iba a ser tan complicado encontrar trabajo, lo cual es una tranquilidad bien grande para la salud mental del viajero.

Una forma de corroborar en carnes propias que vivir viajando no es sólo posible, sino también todo lo fácil que uno desee.

 

El caso es que buscamos y encontramos. Fuimos literalmente de granja en granja, y pronto conseguimos un contacto. Trabajo para dos. No en lo que habíamos estado pensando (era época de la cosecha de cereza en el valle), tal vez mejor.

Y aquí estamos ahora: dos meses después, haciendo labores de campo en el Okanagan Valley, a unas horas de la capital de estado, Vancouver.

Un trabajo al aire libre (cosa que me encanta), con un jefe bueno, flexible y justo (lo cual me encanta aún más), y una extensión de terreno cercado justo enfrente con cabras, un par de caballos preciosos, ovejas y tres llamas cotillas que se acercan cuando te ven para ver si les has traído comida. Me pregunto por qué los vecinos tienen llamas…

 

 

Mientras transito de un extremo a otro del campo, harta de tanto rap, tanta música electrónica, y tanto reguetón (viajar por Latinoamérica no sólo puede cambiarte el acento), escucho en el móvil un podcast sobre viajes.

De repente, uno de los entrevistados dice algo que me resulta extremadamente familiar. Algo así como: “Cada vez que alguien me dice: “qué suerte, disfruta tú que puedes” cuando se entera de que vivo viajando, no puedo evitar sentirme ofendido”.

Paro en seco.

Me siento tan identificada con esto, tan sumamente identificada con él, que inevitablemente comienzo a darle vueltas al tema.

¿Por qué?, ¿por qué me sienta mal también a mí?

 

Lo que podría considerarse un halago, pasa inevitablemente a la sección de comentarios insolentes. Y quizás mi instinto replicón, mi genio maleducado, sólo tiene ganas de responder: “¿Por qué tengo suerte?, ¿por haber cogido las riendas de mi vida?”. Risa maléfica a continuación, al más puro estilo muajajaja.

A colación de esto, entre hoja y hoja, entre brote y brote, paso a la siguiente reflexión.

La gente a la que le gustaría vivir viajando pero no lo hace, suele poner (o auto-convencerse) de una serie de excusas genéricas que suelen repartirse en 5 categorías.

Obviamente hay otros muchos motivos que no hemos incluido aquí, ¡pero el mundo es muy grande y las circunstancias infinitas!

  • Dinero
  • Tiempo
  • Compañía
  • Edad
  • Familia

 

Dinero.

La excusa por excelencia. El motivo en la cúspide de la pirámide. La razón entre las razones.

Si buscamos un poco en la web, veremos testimonios sobre una gran cantidad de viajeros que realizan su sueño con un presupuesto más bien escaso.

Como os contábamos en “Viaja reduciendo gastos” o “¿Viajar es caro? 5 meses, 2 países y miles de km. Precio: 2000€ todo incluido”, viajar con comodidades es caro. Viajar, a secas, no lo es. Y si nuestro presupuesto te parece ajustado, te confirmo que aún podría serlo más.

Por tanto, si eres occidental y vives en un país desarrollado, esta no debería de ser excusa. Tienes la posibilidad de hacerlo, tus necesidades primarias están más que cubiertas. Pon una fecha, hazte con algunos ahorros (olvídate de cifras astronómicas) y elige destino.

 

 

Sí, pero, y cuando se me acabe el dinero ¿qué?

 

Sí, por ahí también hemos pasado nosotros.

No voy a hablarte de montarte un negocio online, o de que trabajes como blogger, porque ese es otro tema y, además, una meta que nosotros no hemos alcanzado.

Así que empezaré por la parte fácil: viaja unos meses, y cuando veas que la economía empieza a flojear, busca trabajo en un sitio donde te merezca la pena trabajar.

Por ejemplo, si estás en Norteamérica y sabes que en Estados Unidos tienes posibilidad de ganar más dinero que en México… voilà. Vete a Estados Unidos. No importa si no te dedicas a lo que has estudiado, sólo va a ser un trabajo temporal, de tránsito, que contribuirá a que te desenvuelvas más y mejor por la vida.

Si algo es cierto es que todos tenemos capacidad de aprendizaje y capacidad de trabajo.

No vamos a morir de hambre. Te lo prometo.

 

Tiempo.

Este punto está estrechamente relacionado con el anterior.

El conflicto surge cuando nuestro trabajo requiere que estemos un mínimo de 5 días a la semana en una ubicación geográfica determinada, lo cual nos imposibilita el desplazamiento.

Sin trabajo, hay tiempo de sobra. Como dice el refrán popular: muerto el perro, se acabó la rabia. Problema resuelto.

 

Compañía.

“No tengo a nadie con quién hacerlo”. Entiendo que te de miedo, no es un paso fácil.

Seguramente yo no estaría donde estoy ahora si no hubiese tenido a otra cabecita loca que me complementara en mis idas y venidas.

Pero sé más valiente que yo, y no esperes la compañía perfecta. Seguro que lo que de primeras es un inconveniente, acaba por convertirse en una ventaja: la flexibilidad de un viaje en solitario es única. Incluso si te complementas bien con tu compañero. 

Sólo te diré que quien prueba a viajar solo repite, y que la experiencia es siempre enriquecedora.

 

 

Si por caprichos del destino nosotros no pudiésemos viajar juntos, estoy convencida de que, a estas alturas, abriríamos caminos en solitario.

Pero seguiríamos viajando.

 

Edad.

Estuve a punto de no añadir esta categoría a la lista, pero a fin de cuentas es algo que también se utiliza como argumento.

Repito lo mismo: ni os imagináis la de gente que se conoce, de todas las edades, repito, todas las edades, viajando. Y es que nunca es tarde si la dicha es buena. A este paso, acabaremos recitando la mitad del refranero español antes de acabar el post… jaja.

Como ejemplo, conocimos a una señora rusa de unos 60 y pico años, en una de esas típicas habitaciones compartidas de hostel cuando estábamos en Colombia. No hablaba español y su inglés era muy básico, pero ahí estaba la tía. Toda una echá pa’ lante. Y olé.

 

Familia.

Me refiero al hecho de viajar con niños.

Si soy sincera, aún no he forjado una opinión concreta al respecto.

Si bien no hay nada que enseñe más que el hecho de ver mundo, con una vida nómada pierdes por completo la estabilidad de los convencionalismos. Y esta estabilidad durante la infancia, además de bonita, puede ser conveniente.

 

 

Ya sabéis, forjar amistades desde bien chiquitos, la estrechez de lazos durante el crecimiento y desarrollo, la etapa escolar… En definitiva, ofrecerles a tus hijos una infancia “de las de toda la vida”. Para que tengan amiguitos de jardín de infancia cuando sean mayores.

Aún así, ¿quién sabe?

Tal vez en un futuro nos veamos arrastrados a movernos al más puro estilo wanderlust, con los chiquillos a cuestas… ¡No digas de este agua no beberé! (no os decía yo…).

Uno de los temas clave en relación a este punto es el de la formación académica. Ésta debería estar tutelada por los padres y existen muchas escuelas a distancia que hacen posible este estilo de vida.

En fin, no hay nada más válido como justificación de que algo es posible, que tener ejemplos de que alguien lo ha hecho antes que tú. Si ellos pueden, ¿por qué tú no? Esta es la clave.

 

 

¿Puede que lo que huela sea miedo? Sí, puede que sí.

¿Te cuento un secreto?

Nos pasa a todos. Pero sólo tú puedes decidir si afrontarlo o no.

Al final, no hay excusas.

Sin embargo, también hay que sincerarse con uno mismo.

Parece que esto de los viajes está de moda, y que queda mejor decir “Si fueran otras mis circunstancias, me gustaría dar la vuelta al mundo, o vivir viajando” que “La verdad es que soy feliz con mi estilo de vida” y punto.

Porque la realidad es que cuando uno sale de casa así, pierde comodidades, sale de la zona de confort, se enfrenta a momentos delicados y renuncia a muchas cosas, aunque el balance al final sea siempre positivo.

Sí, a mi también me gustaría estar en casa cuando enfermo y no tengo alojamiento, hablar bien el idioma para pedir indicaciones porque no sé dónde estoy, o estar presente en el cumpleaños de mi sobrino, porque ya he perdido la cuenta de los eventos familiares que me he perdido.

A veces siento que no me acostumbro a no estar allí; la mayoría pienso que esto está hecho para mí. Por eso ya hemos pospuesto “el regreso a casa” en dos o tres ocasiones.

Pero supongo que, al fin y al cabo, es una cuestión de prioridades. Y este es el precio que tenemos que pagar, aunque suene mal decirlo así.

Recuerdo cuando le comenté a una de mis hermanas sobre este proyecto de vida que aún estaba por comenzar. Me dijo: “Yo soy más de echar raíces”.

 

 

¿Sabéis qué?

Que me agradó lo que escuché. Y no por la respuesta en sí, sino por la franqueza.

Así que primero, pregúntate si realmente es lo que quieres. Quizás eres ingeniero y tu proyecto de vida es destacar y ascender en la multinacional en la que trabajas, porque quieres triunfar laboralmente. O tienes hijos y ahora no entra en tus planes ni en tus ganas vivir así. O te gusta más la estabilidad, moverte en ambientes conocidos e ir a almorzar todos los sábados al bar de la esquina, que es el que conoces y más te gusta. O con un mes al año de vacaciones tienes suficiente para irte de viaje. O no te gusta viajar, y punto.

Lo que a mí me hace feliz puede no hacerte feliz a ti.
 Sin embargo, y parafraseando una parte del diálogo de Trainspotting que me gusta mucho: no te levantes los domingos por la mañana preguntándote quién co** eres. Y si lo haces, busca por qué. Seguramente te des cuenta de que, sólo en tus manos, está el cambiar tu suerte.

Disfruta tú que puedes.

 

¡Os animamos a que dejéis vuestros comentarios porque nos ponemos muy contentos de leeros!

¿Cuál es tu experiencia en esto?, ¿Qué opinas al respecto? ¡Comparte pensamientos!

 

Os dejamos con el vídeo de los meses en los que estuvimos trabajando en el Okanagan Valley, Canadá.

 

 

Cumplimos medio año de viaje en el PN Corcovado (Costa Rica)

El día 6 de abril de 2017 cumplíamos 6 meses desde el inicio de nuestra vida itinerante. Una repentina sucesión de hechos nos había invitado a cambiar los planes de viaje en el último momento: inundaciones en el sur de Colombia, desastres naturales en el litoral de Perú, y una visita inesperada a Cuba por parte de familiares y amigos en mayo y julio.

Estos fueron los desencadenantes principales de que, partiendo de nuestra base en Manizales (Colombia), nos encaminásemos rumbo a Centroamérica dejándonos, por tanto, el resto de Sudamérica pendiente para otra ocasión.

Teníamos un total de 46 días para salvar la distancia Cancún-Ciudad de Panamá a dedo, lo que nos dejaba un promedio de una semana  por país (Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala y  el ala sureste de México). Recortaríamos en algunos países y ampliaríamos en otros.

Siguiendo esta premisa conseguimos salir de Panamá en 3 días.

Los que nos conocéis ya sabéis que no nos gusta viajar con prisas, pero el vuelo Cancún-la Habana estaba fijado y comprado, así que no había posibilidad de negociación. Costa Rica encajaba en nuestros planes, pero no en nuestro presupuesto. Sin embargo, el Corcovado es a los amantes de la naturaleza y la biodiversidad lo que la Meca a los musulmanes, así que simplemente no podíamos pasarlo de largo.

Haciendo autostop Corcovado
Acercándonos al PN Corcovado

Una precaria conexión a Internet nos hizo dar con el nombre que buscábamos: Puerto Jiménez. Puerto Jiménez es el último pueblo antes de la entrada al parque. En este núcleo de aproximadamente 9000 habitantes, es donde se contratan las excursiones y se provee uno de los servicios necesarios antes de perderse en plena naturaleza.

Con ciertas complicaciones -en zona franca son habituales los controles policiales, y la gente no se siente cómoda subiendo a autoestopistas-, finalmente conseguimos llegar al pueblo a mediodía. Antes incluso de sentarnos a acallar el rugir de nuestros estómagos hambrientos, entramos a una tour operadora a preguntar cuánto costaban las excursiones al Parque Nacional del Corcovado. Los precios que obtuvimos fueron siempre superiores a los 190 dólares por persona, por dos días de excursión, comidas aparte.

Si uno trabaja todo el año y quiere unas vacaciones por todo lo alto, adelante: páguelo. Pero actualmente nosotros vivimos así, y estamos cada dos por tres llegando a sitios en los que "merece la pena" dejarse un riñón porque tienen algo que los convierte en únicos.

Total, que nosotros tantos riñones no tenemos, y no podemos invertir en dos días lo que nos gastamos en veinte.

Querer, es poder

Sin embargo, dicen que querer es poder, y aunque ya nos advirtieron de que desde hace unos años no se puede entrar al parque sin guía (cuestión de seguridad, dicen), nos enfilamos camino al Parque Natural del Corcovado de todas formas.

Desde Puerto Jiménez y hacia la entrada del parque, solamente hay dos pequeños núcleos con hoteles y algo de movimiento turístico (muy tranquilo en esta temporada): Matapalo, a 24 km de Puerto Jiménez, y Carate, a 24 km más desde Matapalo. El último bus (acá llamado "el colectivo"), ya había pasado, y aunque nos dijeron que durante ese trayecto la gente no para a los autoestopistas (intuimos que por afianzar el negocio del transporte y las tour operadoras), nos lanzamos a por ello.

Andando por la playa
Andando por la playa en las inmediaciones del parque

Camina que te camina, y suda que te suda durante buen rato.

En Costa Rica el frío no te mata, pero quizás sí una deshidratación de narices. Pasaron muchos coches, y efectivamente ninguno paraba. Al final, creo que fuimos creando tal mueca de desespero en el rostro que nos paró una familia de costarricenses que se dirigían hacia Matapalo.

Una adolescente en la parte trasera con los cascos puestos, una mujer en el asiento del copiloto algo arisca, y un señor al volante al que le preguntamos si podíamos subir, y que creo que nos hubiese dicho que no, si no le hubiésemos removido la conciencia. Tarea fácil.

Algunas veces los coches nos suben y notamos en el ambiente cierta incomodidad, un ambiente hostil, porque están expectantes por saber quiénes somos, de dónde venimos, y de qué vamos.

Comencé a charlar como si no hubiese mañana y a explicar a grandes rasgos nuestra trayectoria en la vida. Poco a poco creo que nos fuimos ganando su simpatía: la adolescente se quitó los cascos a modo de "estos dos molan", la mujer en principio arisca comenzó a introducirse con comentarios cómplices, y el señor tomó la postura de oyente atento.

Aquella noche acampamos en una bonita playa con -dato MUY importante- duchas de agua dulce. Al día siguiente emprendimos de nuevo camino, queriendo llegar a la entrada al parque. Y si el día anterior fue duro... Este fue ya tremendo. Pasaban coches con turistas gringos al volante. Y ninguno paraba. Algún costaricense sí lo hizo, alegando no poder subirnos: "Trabajamos en un hotel de acá y el dueño (gringo, obvio), no nos deja subir a nadie en el carro".

Fuimos autoencizañándonos y creando una especie de rencor reivindicativo hacia estos norteamericanos, que no venían sino a hacer lo que consideramos una colonización silenciosa: compran tierras, montan negocios, suben los precios hasta las nubes y encima no te suben al carro cuando te ven haciendo autoestop. Conclusión: los extranjeros tienen más facilidades para conocer una joya como el Corcovado, que los propios costaricenses -situación que sabemos que se repite en tantos otros lugares-.

Durante este trayecto de penitencia que al final se convirtió en un río de emociones intensas, nos preguntamos también sobre la naturaleza humana. Yo le decía a Sergio: "No les estamos pidiendo dinero, a la vista está que tenemos menos peligro que Dora la Exploradora (esas cosas se intuyen). Nos están viendo sufrir con este peso tremendo, y sudar a pleno Sol. Obviamente se dirigen hacia donde nosotros, que es la única dirección que hay."

¿Quién sino una mala persona pasa de largo sin más?

Entrado al PN Corcovado
Entrado al PN Corcovado

Todo pasa por algo

Nos sentamos a descansar. Algunos coches más pasaron pero ya no teníamos ganas ni de levantar el dedo... Y cuando al rato estábamos superando la ola del resentimiento, para un carro. Era una pareja de estadounidenses que estaba de vacaciones, Chino y Megan. El feeling entre los cuatro fue instantáneo, y Chino pasó de decir "Estamos buscando la casa que hemos alquilado por tres días, que está cerca. Pero no os vamos a dejar aquí... Os llevaremos hasta Carate", a directamente invitarnos a pasar con ellos la noche: "Os quedáis en la casa, os va a encantar. Y mañana os llevamos a Carate". Nos miramos sonrientes y aceptamos inmediatamente.

Llegamos a la casa y... Directamente nos quedamos sin palabras. Enfrente del mar, con piscina, dos plantas, una cama de nubes para nosotros solos, naturaleza in vivo en el jardín y lujo en cada rincón.

Para que os hagáis una idea: el retrete tenía un mando a distancia donde podíamos programar función de lavado (delantero y/o trasero) y secado. Pasamos un total de 24 horas magníficas con ellos, y nos tomamos unas copas de vino después de cenar a modo de celebración. ¿Os dije ya que ese día cumplíamos 6 meses desde el comienzo de nuestra vida itinerante?

Regalo de meseversario (¡aniversario del mes!)

Lo más gracioso de todo es que cuando Chino y Megan nos recogieron, se habían pasado la casa de largo. Resultó que la casa estaba justo al lado de donde habíamos acampado la noche anterior, así que un día después nos encontrábamos durmiendo casi en el mismo lugar pero, obviamente, en unas condiciones muy diferentes. Cosas de la vida.

Sergio descansando en la cama de nubes
Sergio descansando en la cama de nubes

Nos ofrecieron quedarnos una noche más con ellos, pero apremiados por el poco tiempo y las muchas ganas de explorar el Corcovado, decidimos seguir camino. Nos despedimos de ellos en Carate, y tras regalarles un par de pertenencias personales a modo de "recordad este encuentro", hicimos una pequeña caminata de 3km de trekking hasta la entrada misma al Parque.

Llegados a la entrada, nos dijeron lo que ya sabíamos: que sin guía no estaba permitido el paso.

A estos precios, naturaleza para ricos 😉

Aún así no nos importó, porque aunque nos faltó el deseado oso perezoso, vimos monos aulladores, monos araña, capuchinos, saimiris, coatís, guacamayos, osos hormigueros, tucanes y zopilotes en plena naturaleza. Según nos dijo una chica canadiense que conocimos a la vuelta: "Tal vez se vean tantos animales en las inmediaciones al parque, como dentro del mismo".

 

mono colgando

Mono colgando en el PN Corcovado

Guacamayo en PN Corcovado

Guacamayo

Oso hormiguero

Oso hormiguero

Coatí

Mono colgando en el PN Corcovado

Seguimos en nuestro afán de compartir experiencias y reivindicar que descubrimiento y dinero no siempre van de la mano.

¡Atentos al plan B, que si se quiere, se puede!

Vidas indígenas: un viaje al pasado

Debo confesar que nos fuimos del Amazonas con un deseo incumplido. Nos convertimos en oyentes de contadores de historias indígenas durante nuestra estancia allá, desde que pisamos Manaus hasta que nos fuimos de Puerto Nariño. Escuchábamos atentos, boquiabiertos y preguntones ante todo lo que nos despertaba curiosidad, que no era poco.

Tras el batiburrillo de información clasificamos las comunidades indígenas, a groso modo, en tres categorías: las  contactadas, las no contactadas, y una categoría intermedia, contactada pero con reservas. Dicho sea de paso, que me perdonen los antropólogos; esta división fue creada con el rigor del que se zambulle en una marea de historias y se hace un esquema mental carente de rigor pero útil, con el fin de entenderlas.

En las comunidades contactadas la cultura del civil, del hombre blanco, se ha adentrado devorando ferozmente tradiciones y estilos de vida; como el virus que, tras invadir la primera célula del cuerpo, se expande sin retroceso. Por ello no es infrecuente ver en las cabañas de estas comunidades, comodidades propias de la era moderna: televisores y móviles, motocicletas, hijos que son enviados a la universidad -quizá uno de cada seis-, tal vez incluso vicios y adicciones como las que causa el alcohol.

 

Niños de la etnia tikuna jugando a fútbol en la comunidad indígena Guanabara III (Amazonas, Brasil).

 

Las no contactadas viven en territorios protegidos por el estado, y está totalmente prohibido a nivel legal que el foráneo se adentre. El osado podría incluso pagar el atrevimiento con la muerte, pues ellos no quieren intrusos en sus tierras, no quieren culturas que acaben engullendo la suya. Quizás en estas comunidades haya personas que ni sepan que existimos, que existen otros estilos de vida ajenos. Es una existencia tan arraigada a lo que la Madre Tierra les ofrece, que se hace sorprendente que hayan sobrevivido intactas y continúen en pie siglos después de la colonización.

Por último está la clase intermedia, que es un mix de ambas. Suelen habitar lejos (a días en barco o a pie) de los principales núcleos de población, y aunque tienen un estilo de vida relativamente inalterado, sus gentes viajan con periodicidad a pueblos o ciudades para proveerse de bienes y servicios. Por lo general, no ven con buenos ojos la presencia de extraños, y si el civil se empeña en querer visitarlas, seguramente tenga que pedir algún permiso de índole legal y convencerlos de antemano.

Aunque pudimos visitar y pernoctar en comunidades contactadas, nos quedamos con las ganas de vivir una experiencia más auténtica. Obvio no íbamos a ser cómplices de tours en lo que te llevan a ver indígenas que comienzan a danzarte fingiendo no entender el portugués, fingiendo tener un estilo de vida que hace tiempo abandonaron o que ni siquiera han llegado a tener. Quizás lo único que los une a esta cultura son una fisionomía común, la sangre de origen. Tampoco queríamos circos al aire libre, en los que se te permite acariciarle la cabeza a un delfín rosado amaestrado que se baña contigo porque sabe que el adiestrador le va a dar un pescado luego. Buscábamos un contacto real, auténtico, pero nos fuimos del Amazonas sin conseguirlo. 

¿Y por qué tanto empeño? Quizás si sois ciudadanos de este bello continente estéis acostumbrados a oír hablar, a ver etnias indígenas. Nosotros, que venimos del otro lado del Atlántico, conocíamos la teoría de los libros de historia o los documentales de televisión. Y la verdad es que, amigos míos, la teoría dista mucho de la experiencia vivida.

 

Esto es, precisamente, la clase de teatro que no buscábamos…

 

Imaginad una cultura en la que los chamanes se reúnen y mambean su poporo durante rituales de reflexión que duran días y días; mambean y mambean, ni comen ni duermen. Pensad en enfermedades terminales incurables que consiguen desaparecer tras meses de tomas de yagé o ayahuasca a modo de tratamiento -pero del de verdad, del que no se adultera-.

Cread en vuestra mente el sonido de lenguas antiquísimas que se han transmitido generación tras generación gracias al don de la palabra dicha, sin registro escrito ni lectura disponible. Deliberad sobre tradiciones tan éticamente controvertidas como las que dan pie a que niñas de 12 años queden embarazadas en relaciones incestuosas porque el padre, los tíos o los hermanos se sienten con la responsabilidad -o el derecho- de introducirlas en las labores del sexo.

Preguntaos si le pediríais a vuestro hermano que se hiciera cargo de vuestras responsabilidades maritales -en todos los aspectos de esta expresión-, para con vuestra esposa e hijos mientras os vais unos días de caza. Imaginad las discusiones de algunos indígenas cuando bajan al pueblo, se quedan mirando la película de ciencia ficción que dan en la tele de la cafetería y comienzan a discutir entre ellos porque creen que el hombre que han visto volar en pantalla o el animal de tres cabezas que echa fuego por la boca existe de verdad.

Trazad en la imaginación siluetas menudas, pieles oscuras y tersas, ojos rasgados, cabelleras de negro azabache, densas y lisas, ropajes de algodón blancos o cuerpos desnudos decorados con pinturas que sacan de plantas y árboles. Haceos una idea del impacto causado por misioneros de religiones evangelistas que tratan de “captar almas” en comunidades indígenas en las que lo más parecido a una religión es la basada en la de los 4 elementos.

Pensad en cómo se desvirtúa la evolución de culturas ancestrales que se ven alteradas por formas de vida en las que hablar a través de un teléfono móvil con alguien que está en la otra punta del mundo dejó de ser un reto hace mucho. Mezclar estas culturas ancestrales con hábitos de vida modernos, es como saltarse siglos de “evolución” de por medio.

 

Niños de la etnia de los cogui en la Sierra Nevada de Santa Marta.

 

Analizad todo esto con una mirada curiosa, intentando vaciar vuestros prejuicios y evitando poner en tela de juicio. Son culturas vivas, paralelas y contemporáneas a la vuestra. ¿En serio no sentís la intriga?

Dicen que todo llega en su debido momento, así que nos fuimos del Amazonas un poco tristes por este deseo no cumplido pero mirando de nuevo hacia todo lo que estaba por venir.

¡Zas! La magia indígena apareció de nuevo en La Guajira, Colombia. Nos gusta decir que descubrimos la otra cara del turismo en Palomino porque, aparte de descansar mucho en la casa y formar una pequeña familia con la gente del hostal, cambiamos los días de Sol y playa por un par de travesías en la Sierra Nevada de Santa Marta. Nos hablaron de un poblado indígena subiendo el río Ancho, a unos 12Km de Palomino, al que con un poco de suerte se podía acceder si llevabas comida como ofrenda y los pillabas de buen talante.

Sin saber muy bien con qué nos íbamos a encontrar, cargamos con la tienda de campaña y comida para unos tres días, y salimos de Palomino. Poco antes de llegar al poblado nos cruzamos con un par de argentinas que nos dijeron que se habían tenido que devolver porque a partir de ahí no dejaban pasar. Digamos que la Sierra es territorio indígena, así que los foráneos no son siempre bienvenidos. Las dos muchachas estaban ligeramente alteradas por el ímpetu con el que se las había “invitado” a marcharse, lo cual ya fue una muestra de que lo que pretendíamos hacer no era del todo fácil.

 

Este es el poblado que está subiendo por Ríoancho.

 

Llegamos al poblado y conseguimos seguir camino más allá dándole algo de dinero a una señora que estaba sentada en la puerta de una de las cabañas -no sé si a modo de vigía o simplemente se encontraba tomando el fresco-.  Como no teníamos tantos paquetes de arroz como personas nos íbamos a cruzar en el camino, nos metimos galletas en los bolsillos y a modo de “por favor déjame pasar” íbamos repartiendo a diestro y siniestro.

Conseguimos subir por el río durante unas 8 horas de caminata, y visto en retrospectiva creo que tuvimos mucha suerte. A partir del primer poblado, solamente vimos a cuatro no indígenas, acompañados por un par de Coguis (etnia predominante subiendo el río Ancho) a modo de tour, que se extrañaban al vernos solos, sin guía.

A media tarde llegamos a un punto en el camino en el que había una extensa familia afuera de la cabaña. Uno de los hijos mayores -después supimos que se llamaba Mateo y tenía 18 años-, al vernos se plantó frente a nosotros mirándonos con los brazos en jarras, y diciendo en un español forzado: “A ver, ¿quiénes son ustedes?, ¿qué hacen aquí?, ¿y quién les ha permitido pasar?”. Inciso: de Mateo me hacía gracia la tendencia que tenía de colocarle a todas las palabras la S al final, aunque estuvieran en singular.

Por fin la reacción que llevábamos 8 horas esperando… Le explicamos como pudimos nuestra trayectoria, y nos dijo que seguir camino a tales horas de la tarde era peligroso. “Nosotros nos sentimos con una obligación para con ustedes. Nos toca hacernos cargo si les pica una serpiente, o se extravían en el camino. Mejor quédense a pasar la noche y ya vemos cómo lo arreglamos”.

Supongo que esperando una buena recompensa, nos dijo las instrucciones que debíamos seguir cuando viniera el padre -ellos dos eran los únicos de toda la familia que hablaban un poco de español-: “Le tienen que decir que me conocieron en Palomino, que somos amigos y que están conociendo el lugar”.

Insistió tanto en esto que nos creamos la expectativa de recibir una mala reacción por parte del padre en cuanto nos viese. Al final, acabamos ayudándoles a pelar yuca, cocinamos y compartimos toda la comida que llevábamos para la cena y el desayuno del día siguiente.

 

En la foto el padre de la familia Cogui con la que estuvimos.

Mientras montábamos la tienda de campaña y sacábamos nuestras cosas nos hacían círculo boquiabiertos. Más de 10 pares de ojos expectantes a todos los objetos extraños que llevábamos… Parecía que no sólo nosotros estábamos descubriendo otra cultura.

Esa noche fue intensa porque después de cenar nos sentamos a conversar alrededor del fuego con el padre, Mateo -quien se quedó dormido rápidamente-, uno de sus hermanos y un par de chiquillos. Recuerdo que uno de ellos se tumbó a mi lado, al fuego, y se reía inocentemente con las cosquillas que mis dedos trazaban en su brazo. Imagínense la situación. Nos preguntaron asombrados cómo es que con nuestra edad aún no teníamos hijos, y se sorprendieron aún más al descubrir que tal vez tenerlos para nosotros era una opción, no una imposición.

A la mañana siguiente Mateo salió de la cabaña con una larga lista de cosas que querían que les comprásemos. (Aclaración: aunque casi ninguno hablaba español, se notaba que Mateo estaba avispado con respecto a la ley del comercio y el regateo). Un poco entre risas le dijimos que todo eso no podíamos comprarles: “Mateo, a ver si nos va a salir la noche más cara que en un hotel 5 estrellas”, así que acabamos pactando que compraríamos en Ríoancho lo que considerásemos oportuno. El hermano mayor nos alcanzaría en el camino para recoger la compra.

 

Acampamos al lado de la cabaña de la familia Cogui.

Mientras tanto, mandaron con nosotros a un peladito, un muchachito de unos 5 años que se hizo las 6h de bajada sin zapatos, a un ritmo incansable y con dos saquitos cruzados en los que llevaba plátanos para comer durante el camino. El muchachito solamente hablaba cogui, y cada vez que se tropezaba con una piedra en el camino y se hacía sangre en el dedo, nos daba una ternura implacable.

En el camino de bajada nos paró un señor con un recelo inquisitivo. Nos hizo gran cantidad de preguntas: que cómo habíamos conseguido pasar sin permiso, dónde habíamos dormido, a quién conocíamos, qué hacíamos allá. Le digo a Sergio: “Nos lo llegamos a encontrar ayer y no pasamos”. Mateo nos dio información suficiente antes de salir de la casa como para aplacar en cierta medida semejante interrogatorio, pero nos apresuramos a concluir conversación diciéndole que teníamos prisa por bajar y que nos íbamos ya. 

La familia nos había colocado a los dos unas pulseras de hilo blanco y detalle en rojo en el brazo derecho. Después supimos que son pulseras de protección, y que no las comparten con todo el mundo. 

Este muchachito, Mariano, es el que nos acompañó durante el camino de vuelta.

Llegamos al pueblo, donde se supone que debíamos reunirnos con el hermano mayor. Esperamos frente a la tienda un rato, y tras charlar con el dueño -“Ah, yo los conozco. De vez en cuando vienen a comprar aquí”- y viendo que no aparecía nadie, le puse un billete en la mochilita al niño, repitiéndole unas cuentas veces el nombre de Mateo. El niño asintió, y con un poco de pesar lo dejamos con el señor de la tienda bebiendo gaseosa y comiendo pan.

Lo que yo diga, el intercambio cultural más berraco (como dicen aquí) de mi vida. Deseo cumplido.

 

La magia de la Sierra Nevada de Santa Marta

Palomino nos enganchó como sólo lo hacen los sitios en los que uno se siente verdaderamente a gusto. Aquí el turismo ha crecido efervescentemente en los últimos 4 o 5 años, y no es raro encontrar en este, municipio de entrada a la Guajira, representantes de las nacionalidades más diversas y lejanas. Lo que pensábamos que iban a ser 2 días (no nos atraen especialmente los sitios turísticos), se convirtieron en 12, periodo en el cual tuvimos tiempo de iniciar y concluir una travesía por las inmediaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, subiendo el río Palomino.

Esta foto fue tomada furtivamente en un poblado de la etnia de los Cogui. La vestimenta típica es como la que lleva el niño en la foto.

La Sierra Nevada de Santa Marta es territorio indígena. Viven etnias como los Coguis y los Aruacos, que construyen cabañas de barro y chamizo, visten con prendas de tela blanca y viven recordándonos épocas pasadas: cultivan lo que comen, habitan la Sierra sin electricidad ni otras comodidades de la era Moderna, y no es infrecuente encontrar a personas que ni entienden ni hablan español, sobre todo conforme se va ganando en altura y en distancia con respecto a los núcleos urbanos.

Adentrarse en la Sierra no es tarea fácil, ni siquiera en sus faldas más bajas: uno se siente como invadiendo salón de casa ajena. Se trata de un territorio sagrado en donde no siempre se permite el paso. Dicen que los indígenas presienten la energía de las personas, juegan con ventaja. Aceptan ofrendas, miran curiosos, te preguntan a dónde vas.

A esta familia de indígenas Aruacos la conocimos de regreso a Palomino.

Los Mamos son los primeros en esta jerarquía; cuentan las leyendas que controlan las fuerzas de la naturaleza, lo que les ha permitido persistir y mantenerse fuertes tantos siglos posteriores a la colonización. Los más poderosos habitan las cimas de los nevados, y que un civil, un blanco, un no-indígena llegue hasta allí o corone alguna de sus cimas (algunas superiores a los 5.000 metros), es directamente imposible. Sin embargo, la Sierra elige quién debe entrar y quién debe salir de ella. Expulsa de su vientre a quien no merece caminarla bastándose con argucias tan diversas como picaduras de serpiente, desorientación del caminante, quemaduras varias, y otras armas letales. Los que se han atrevido a entrar sin consentimiento han salido con secuelas de por vida, o quizás ni han llegado a salir. Espero haber transmitido con esto que la Sierra es poderosa.

La travesía que realizamos me regaló muchas cosas los días en que la disfrutamos: comida para paliar el hambre, agua para saciar la sed, el misticismo de quien se adentra en territorio sagrado, la sanación de espíritu del que camina y camina y acaba purificándose.
No obstante, no todos los regalos fueron igual de gratos. Algo me picó y yo me rasqué. El caso es que la pierna izquierda se me hinchó bien feo, y al día siguiente de regresar al hostal acabé sin tobillo y como el pie cual pata de elefante con retención de líquidos.

Desafortunadamente sale un poco movida, pero la luz de esta instantánea me parece mágica.

Tras dolorosas friegas de desinfección en casa y trucos domésticos varios con mi botiquín de viaje, me decidí a visitar -un poco a regañadientes-, a un curandero en Palomino. “¿Por qué no vas a William?”, me decían hasta por la calle. Este señor lleva ejerciendo décadas, y según cuentan buenas y malas lenguas, la gente lo visita desde lejos. “Hasta en el Centro de Salud del municipio médicos y enfermer@s mandan allí los peores casos”, oí comentar.

El caso es que llegué una polvorienta mañana de domingo a su morada. En ese corral había gallinas, polluelos, perros rastafaris y hasta una capibara con collar, un roedor gigante que tienen como mascota. Me tendió con su uña negra un algodón empapado con no sé qué para que yo misma limpiara las heridas, que habían comenzado a cicatrizar sobre zona infecta. El sitio me pareció tan antagónicamente alejado de la asepsia, e inadecuado para tratar cualquier tipo de infección, que me fui de allí diciéndole que volvería tras limpiarme bien las heridas en casa, pero sin ánimo de hacerlo realmente. Escéptica, incrédula, demasiado científica y analítica.

Seguí con mis curas domésticas pero por la tarde la cosa no había hecho más que empeorar. Llegaron al hostal un par de muchachas colombianas que, al verme, me dijeron: “En climas tropicales este tipo de problemas pueden complicarse que ni te imaginas. Parecen picaduras de pito (una especie de chinche), cuya orina tiene bacterias tan bravas que carcomen la carne y pueden causarte infección sanguínea con secuelas a medio y largo plazos. Una vez una chica llegó a Palomino con el dedo tan carcomido que se le veía hasta el hueso. Por favor, visita al curandero William”.

No tengo foto del pie, pero os puedo mostrar cómo es una capibara. En Colombia las llaman chigüiro

El caso es que volví a ese corral por la tarde como una coja tan emparanoiada, que si me hubiese dicho que revolcándome en piscina de estiércol me curaría, lo hubiese hecho. Me aplicó un polvo terroso en 5 de los 6 núcleos de infección, una pomada en el sexto, y me dio a beber un trago que llaman “la contra”. Una amarga bebida de hierbas que limpia la sangre. “Regresa mañana para ver cómo sigues”, me dijo. Me desperté a la mañana siguiente andando recto y con el pie irreconocible. Y a partir de aquí todo evolucionó sin complicaciones.

Aclarar que don William no cobra visitas; acepta obsequios. Medicina tradicional versus Medicina moderna, 1 a 0. Ya saben, si están por Palomino y la cosa se pone fea, visiten a don William. Mis eternos respetos para este señor.

Como siempre, os invitamos a que compartáis con nosotros vuestros comentarios 🙂 ¡Nos encanta leeros!

¿Qué tan peligroso es viajar de mochilero? Experiencias y consejos

Cuando hablamos con la gente sobre el hecho de llevar a cabo un viaje mochilero, el tema de la seguridad –entiéndase seguridad con respecto a la integridad física- se sitúa en el puesto número 2 del ranking por orden de interés (el número 1 suele ocuparlo la economía).

¿Qué tan peligroso es viajar por países con tan mala fama como Brasil o Colombia, de mochilero, acampando en cualquier sitio y viajando a dedo? Dicho así, incluso a nosotros nos suena mal. No hubiésemos dicho unos meses antes de comenzar, que lo llegaríamos a hacer con tanta ligereza y naturalidad como ahora.

Viajar, salir de casa, ya de por sí vivir, son hazañas que no se eximen de llevar intrínsecas ciertos riesgos. No obstante, la probabilidad de convertirse en víctima de algún incidente desafortunado es aún mayor si viajas, claro, haciendo autoestop, haces acampada libre, andas con una mochila que lejos está de pasar desapercibida y además, de vez en cuando, duermes en casa de desconocidos -haciendo “Couchsurfing”, contactando por Facebook, o aceptando el contacto “de un amigo de un amigo” que te puede alojar-.

Fabiula y Simão fueron nuestros primeros anfitriones Couchsurfing.

Antes de hablar de alguna de nuestras experiencias personales, queremos aclarar que escribimos este post llevando 5 meses recién cumplidos de nuestro mochileo por Latinoamérica, muchísimos kilómetros a las espaldas, anécdotas varias y algún susto que no entrañó más que eso; ser simplemente un susto que se convirtió en anécdota. Por lo tanto, si en algún momento de la lectura os da por alarmaros… ¡Tranquilos! Si ahora estamos escribiendo esto es porque todo salió bien.

Sustos que se convirtieron en anécdotas…

Para mí el peor trago haciendo dedo fue aquella vez en la que nos paró una camioneta en la que viajaban 4 tipos. “Lo siento, somos dos y no cabemos. Pero gracias”, les decimos. “¿No es su esposa? Pues entre usted y que se siente ella encima”, le dice a Sergio. Sin mucho tiempo para reaccionar y hartos de estar aguantando semejante solambre a luz del mediodía, nos montamos los dos. Él sentado, yo sobre sus piernas con la cabeza torcida por la falta de espacio –“si nos chocamos me rompo el cuello”-, pienso. Y no hubiese sido raro dada la velocidad y la conducción con la que el conductor pilotaba el coche. Pronto nos dimos cuenta de que el copiloto iba ebrio, y los dos de atrás eran dos armarios que le reían las gracias de una forma un poco grosera. Yo intentaba mantenerme callada, como queriendo pasar desapercibida, pero el colmo fue ver cómo el copiloto comenzaba a mostrarle a sus colegas los vídeos porno que llevaba en el móvil. Sin importarle, claro está, lo que podía incomodarme esto sobre todo a mí (Sergio no se dio ni cuenta; yo estaba sentada sobre su regazo y le tapaba la visibilidad). Sentía el corazón latirme en la garganta y el viaje –no tan largo, por fortuna- se me hizo lento y tortuoso. Comencé a imaginarme todo tipo de situaciones para nada gratas: “A ver qué podemos hacer con 4 hombres, 2 de ellos enormes. Correr, simplemente correr. ¿Conseguirían alcanzarnos?”. Gracias al destino, a la suerte, o no sé a qué, nos dejaron en el punto acordado, al pie de la carretera. Me bajé rápidamente y dije bastante malhumorada: “Lo siento, pero el autoestop se ha acabado por hoy. No me vuelvo a subir con 4 tipos nunca más”. Aunque esto, señores, fue un pacto conmigo misma que pronto olvidé.

Playa de Coquerinho
Como recompensa nos encontramos aquel día con este atardecer en una playa desierta (Playa de Coquerinho).

También tenemos varios ejemplos sobre cómo la propia gente te advierte en la calle. Una vez en Olinda, Brasil, íbamos con el teléfono móvil en la mano siguiendo la ruta que nos marcaba el GPS para llegar a la parada del autobús –como dato: el sitio no nos había causado sensación de inseguridad en los dos días que estuvimos allí-. Un matrimonio, a la puerta de una casa, nos silba y hace ademán con la mano para que nos acerquemos. “Guarde el móvil inmediatamente y no vaya por esa calle”, nos dicen. “Se están metiendo en un barrio muy peligroso. Si quieren llegar a la parada, den un rodeo por allá”. Por suerte, ahí ya entendíamos bastante bien el portugués, así que acatamos órdenes sin rechistar y les dimos las gracias por tan sabios consejos.

Olinda
Las calles de Olinda son muy pintorescas.

En otra ocasión estábamos en la playa de Salvador de Bahía regresando de camino al hostal al caer la tarde, aunque aún no era de noche. Se nos acercan tres muchachos navaja en mano y vemos ya de lejos que van como zarandeándolas en alto, algo alterados. Nos paran y, de pronto, lo que pensábamos que iba a ser un atraco inminente se convierte en un consejo: “No vayan por ahí, nos acaban de robar la mochila. Les he sacado la navaja, serán hijos de p***”. Uff… por los pelos. Una vez más la gente consiguió salvarnos de un posible –o bien probable- robo. En general, debo admitir que en los dos días que pasamos en Salvador de Bahía sí tuvimos sensación de inseguridad con bastante frecuencia.

Lo de Belém –de nuevo en el norte de Brasil- fue lo más. Antes de llegar y estando una vez allí, absolutamente TODO el mundo nos advertía: “Cuidado con las mochilas, que aquí roban mucho”, “Ni salgáis por la noche… es peligrosísimo”, “A mi sobrino lo secuestraron la semana pasada pidiendo rescate”, nos dijo la que nos hospedó a través de la plataforma AirBnb. La primera noche, cuando llegamos a su casa, nos quedamos boquiabiertos al ver la cantidad de cerrojos que tenía en la puerta y la valla electrificada que rodeaba el edificio. Pillamos tal paranoia, que el último día aún no nos habíamos atrevido ni a sacar la cámara de la mochila. Este mismo día pensé que ya estaba bien y la saqué en la calle. Vi tantos rostros voltearse hacia mí –no sé si por el interés para con la cámara, o porque simplemente pensaban que yo era una tarada inconsciente-, que la guardé rápidamente.

Belem
Esta es la única foto que nos atrevimos a hacer con la cámara

En Agra dos Reis (Brasil) contactamos con un anfitrión Couchsurfing que vivía en la periferia de la ciudad, en un barrio muy humilde. Tuvimos que hacer tiempo por la calle hasta que él terminase de trabajar y regresase a casa… Y de nuevo, un señor en la calle nos dijo que no fuésemos llamando tanto la atención con las mochilas por ahí. Le contamos la historia a nuestro anfitrión Arundo, el cual nos respondió que la gente vive con mucho miedo. Yo pienso igual.

Hemos dormido en sitios bastante extravagantes. La noche que llegamos tarde a Lagoinhas nos tocó pernoctar en la playa -ni nos molestamos en montar la tienda de campaña-, y nos la pasamos despertándonos intermitentemente con el sonido de algún quad haciendo travesía nocturna. Sin embargo, quizás la peor fue cuando, haciendo dedo, llegamos a las afueras de un pueblo llamado Casimiro de Abreu (Brasil), se puso a llover y como estaba anocheciendo, tuvimos que dormir en una casa abandonada -parte del relato lo describimos en esta entrada-. Creo que en las ocasiones de peligro muchas veces se me activa en el cerebro algo así como una defensa psicológica que me desactiva la capacidad de contemplar y enumerar riesgos. Simplemente, hago por dejar la mente en blanco y no pensar. Claro está, que no por ello no nos cuidamos de tomar ciertas precauciones, como utilizar luz roja dentro de la tienda para no llamar la atención de ningún curioso.

Sí amigos, esta es la casa abandonada en la que hicimos noche.

Nuestra primera ciudad en el viaje fue São Paulo. Quedamos con un chico suizo que habíamos conocido el día anterior y fuimos a dar una vuelta. Llegamos a la boca de una calle llena de fumadores de crack y muchachas intentando captar clientes a las puertas de moteles de mala muerte. Las cámaras colgadas al cuello rápidamente fueron guardadas. Poco después descubrimos que nos habíamos acercado peligrosamente a una zona de la ciudad conocida como Crackolandia: un par de calles plagadas de adictos a esta peligrosísima sustancia de la que tan difícil es desengancharse. Zombies vivientes, robos, sexo y violencia.

En São Paulo hay muchas personas adictas al crack, por desgracia.

Como este post ha consistido en una enumeración de acontecimientos fortuitos, quizás estemos dando una visión equivocada: no es tan peligroso como parece. Hemos echado muchas horas en la calle, algunos días enteros, nos hemos expuesto mucho a todo. Supongo que es el efecto de las malas noticias, que como son las que se cuentan, son las que más lejos llegan. Claro, nadie te va a decir que 1 millón de personas visita Río de Janeiro anualmente y no les pasa nada. Te contarán sobre aquel caso en el que un motorista se metió en una favela sin saberlo y fue disparado. 

Algunos consejos que nos han servido

Hay que tener siempre precauciones, esto es cierto.

    • Mejor ir vestido sin llamar mucho la atención: nada de relojes pomposos o ropa de marca, sobre todo en algunos lugares.
    • Informarse y preguntar a la gente local sobre barrios que es mejor tratar de evitar. Nosotros no solemos salir de noche si el sitio no nos da confianza.
    • Llevar los objetos de valor, como la cámara de fotos, en una bolsa plástica estilo “compra de supermercado” suele ser recomendable.
    • Tener en cuenta que en las ciudades, sobre todo si son grandes, siempre hay más peligro que en zonas rurales o pueblos.
    • La actitud también influye; el miedo se huele. Mejor caminar con seguridad y sin temor, pues pasas más desapercibido aunque se note que eres extranjero.
    • Pero, sobre todo, UTILIZA EL SENTIDO COMÚN. Ir hablando por el teléfono móvil en las calles de una gran ciudad es, como dicen los colombianos, “dar papaya”: es decir, estar creando tú mismo la situación propicia para que te roben.
    • Si se realizan trayectos en autobús, sobre todo si éstos son de larga distancia, es recomendable prepararse una pequeña mochila con los objetos más valiosos y nuestra documentación. Como la mochila grande va a tener que ir en el maletero del autobús, en caso de que nos roben no lloraremos tanto la pérdida.
    • Hemos oído algún caso de robos haciendo autoestop: al bajarse la persona del coche para sacar la mochila, el coche ha salido pitando. Para evitar esto, y siempre que se viaje en pareja, primero puede bajar uno, abrir el maletero, y sólo cuando haya sacado las mochilas que baje el otro.
    • Llevar siempre encima un candado no está de más. En algunos hostels se dispone de taquilla para guardar las pertenencias; eso sí, que el candado sea bueno.
En Colombia las favelas son llamadas comunas. En la foto, la Comuna 13, que a pesar de tener un pasado sembrado por el terror y la muerte, hoy en día resurge para ser un atractivo turístico (y muy recomendable) de la ciudad de Medellín.

Conclusión después de 5 meses mochileando

En Brasil vimos que en general la gente vive con mucho miedo por todo. ¿Será una técnica de los medios de comunicación informar solamente de las malas noticias para infundir terror y tener a la población controlada? A modo de ejemplo: nosotros solíamos viajar bastante con camioneros. Muchos nos decían que manejar de noche es peligroso porque los asaltos en la carretera son frecuentes. “Ah, ¿pero que usted fue atracado alguna vez?”, y siempre nos encontrábamos con la misma respuesta: “No, pero el compañero de un compañero…”. Y así una infinidad de veces.

La realidad en Colombia está siendo diferente a la que vivimos en Brasil. Actualmente llevamos dos meses en el país y en ninguna ocasión nos hemos incomodado ante situaciones extrañas. Es más, Colombia está abriéndose aún más al turismo por la actual situación de tregua con el tema de la guerrilla. Lugares hasta hace unos años controlados en exclusiva por el negocio del narcotráfico han sufrido un incremento en el número de visitantes anuales. Palomino, en la Guajira, es un ejemplo de esto.

Una vez más, agradecemos y os invitamos a que dejéis vuestros comentarios y compartáis cualquier tipo de duda, experiencia o simplemente opinión en el post. ¡Es gratis! Y sobre todo… nos hace mucha ilusión leeros 🙂

¿Viajar es caro? 5 meses, 2 países y miles de km Precio: 2000€ todo incluido.

Cuando le decimos a la gente que llevamos 5 meses viajando no es infrecuente encontrar miradas de confusión, sorpresa o incluso incredulidad. En algunas ocasiones nos miran como de arriba abajo sin decir nada; en muchas otras, directamente afirman: ¡Ah! Pero ustedes deben de estar montados en el dólar.

Pues la verdad es que NO. No estamos montados en el dólar (ni en el euro, vaya). Aunque suene sorprendente, viajar no cuesta dinero. ¡Se podría hacer gratuitamente si uno quisiera! Sabemos de gente que ha salido de casa sin nada, pero éstas, son otro tipo de circunstancias en las que no tenemos experiencia, así que no será el tema objeto de análisis para con este post.

Una buena forma de ahorrar viajando es moverse a dedo. Tardas más, pero el viaje suele ser más interesante.

Lo que sí sabemos es que lo que encarece los viajes son las comodidades a las que uno está acostumbrado, y las prisas que te llevan a querer hacer muchas cosas en poco tiempo. A modo de anécdota: cuando aún estábamos trabajando y solamente disponíamos de 17 días de vacaciones en verano, hicimos un viaje a Indonesia. ¿Sabéis cuántos vuelos cogimos en tan sólo 17 días? ¡9 vuelos! Lo pensamos ahora y… vaya par de locos. Estábamos tan ansiosos por aprovechar el tiempo que entre tours, islas, prisas y caprichos, nos gastamos algo más de 1.000 € por persona. Vamos, ¡lo mismo que nos gastamos ahora en 3 o 4 meses!

Actualmente hemos encontrado un equilibrio entre la comodidad que nos gusta (tomar una cerveza de vez en cuando, hacer algún tour, comer fuera unas cuantas veces por semana…), y un gasto contenido que nos permita estirar nuestro dinero hasta la próxima parada para trabajar de nuevo y volver a ahorrar. En este post te contamos cómo lo hemos hecho y cómo hemos ido evolucionando desde nuestros inicios en São Paulo, hasta el día de hoy, 5 meses más tarde.

En Bogotá no nos privamos de probar el Ajiaco, plato típico.

Al principio, como es de suponer, gastábamos más, pero poco a poco hemos ido aprendiendo una serie de truquillos que nos han hecho posible reducir el gasto de aquí y de allá.

Desde un inicio tuvimos claro que en el alojamiento no queríamos invertir mucho dinero. Los dos nos adaptamos a dormir donde sea (tenemos facilidad para coger el sueño rápido), así que normalmente nos decidíamos por la opción más barata que encontrábamos en internet. Pero ¡ojo! en Sudamérica los alojamientos más económicos no suelen estar publicitados, así que lo que mejor suele funcionar es llegar al lugar, explorar, preguntar e incluso intentar regatear a la hora de reservar habitación o cama.

Además, llevamos una tienda de campaña que hemos utilizado en numerosas ocasiones (¡ni se imaginan!): tanto en nuestras travesías de montaña o campings, como en otros lugares en los que se nos ha permitido acampar (ejemplo: en la Guajira, Colombia, estuvimos un mes entero alquilando parcelas para montar la tienda).

Acampados en una de nuestras travesías de varios días.

Con respecto a Couchsurfing, nos costó bastante arrancar porque viajábamos muy improvisadamente y no siempre sabíamos dónde íbamos a hacer noche (los gajes del autoestop, sobre todo en nuestro viaje por Brasil). No obstante, hemos conocido a muchos viajeros que se mueven así, y les ha ido de maravilla. Para ello es altamente recomendable adquirir una tarjeta de prepago del país en el que te encuentres, para tener siempre una mínima conexión a Internet. Debemos confesar que también hemos tirado de contactos que ya teníamos, o que hemos conocido de viaje, lo cual nos ha permitido quedarnos en sus casas en diversas ocasiones. Recientemente, sobre todo cuando vamos a destinos típicos o grandes ciudades, hemos probado a publicar en grupos de mochileros y viajeros que hay en Facebook, preguntando si alguien tiene hueco o una cama libre en casa. Es otra opción y ¿quién sabe? Algunas veces funciona.

En cuanto al tema comida, comenzamos como señores sibaritas haciendo desayuno, comida y cena fuera de casa. Sin embargo, en seguida vimos que a este ritmo poco íbamos a durar, y decidimos que lo mejor sería, por lo menos, desayunar y cenar en casa. El siguiente paso consistió, entre tanto arroz blanco y frijol (típico y extendido en toda Sudamérica), en aprovechar cada vez que teníamos cocina disponible -esto no siempre es posible- para hacer las 3 comidas en casa, a excepción de cuando nos veíamos vagos y perezosos, o simplemente nos apetecía comer fuera.

Arroz, salsa de tomate y cebolla, plátano frito y queso costeño. Esta comida la preparamos en casa.

Por supuesto, adaptarse a la comida local es siempre más económico. Cuando comenzamos por Brasil, nos costó un poco deshabituarnos a ciertos caprichos culinarios, como por ejemplo desayunar con cereales o tostadas de Nutella (en Brasil es realmente cara). Vimos que lo que nos costaba una caja de cereales o un bote de este delicioso dulce era el equivalente a lo que invertíamos en comprar leche, huevos, harina de yuca y alguna pieza de fruta, así que optamos por el “allá donde fueres, haz lo que vieres”, y ahora llevamos meses sin desayunar a lo españolito pero, ¡nos cuidamos como reyes! Otra cosa a tener en cuenta es dónde se adquieren los alimentos; los mercados en la calle suelen ser más baratos que los supermercados, y muchas veces preguntamos a algún vecino del pueblo o barrio para que nos recomiende alguna tienda a la que ir a comprar.

Intentamos quitarnos el vicio de calcular los precios en la moneda de nuestro país de origen. Lo mejor es adaptarse a la moneda del país que estés visitando. Por ejemplo, 6.000 pesos colombianos es el equivalente a menos de 2 euros o dólares. Hace unos días vimos que vendían unos trozos de pizza con muy buena pinta. Por ellos pedían esta misma cantidad, lo cual en España sería muy barato. Sin embargo, en Colombia por el mismo precio puedes encontrar menús que incluyan bebida, sopa y plato típico (arroz, frijol, carne, ensalada o patacón). Quizás a un español que esté turisteando por unos 15 días muchas cosas puedan resultarle una ganga aunque realmente no lo sean; no obstante, nosotros estamos haciendo un viaje mucho más largo y ¡cada céntimo cuenta! (Dato: al final no compramos el trozo de pizza).

Tratamos de aprendernos el precio aproximado de las cosas porque en muchas ocasiones hemos visto que lo inflan cuando ven que eres extranjero. Pronto nos metimos en la cultura del regateo, y aprendimos cuándo era momento de regatear y cuándo no: en los sitios en los que el precio está establecido no solemos hacerlo, pero cuando el precio no está escrito en ningún cartel o letrero, ¡amigo, somos duros como piedras! No nos da vergüenza ninguna andar preguntando el precio de las cosas antes de adquirirlas.

La fruta de mercado… ¡buena, bonita y barata!

Por lo general, viajando lento se gasta menos. Jugamos con los precios y las fechas de los transportes para adquirir tíquets a mejor precio. Nos da igual salir mañana que dentro de 5 días si el precio es más bajo. Siempre que podemos hacemos autoestop, y en cuanto al alojamiento, si sabemos que vamos a quedarnos más de dos días en un sitio intentamos que nos mejoren precio. 

Los tres puntos de gasto básicos son el alojamiento, la comida y el transporte. Aunque no somos muy dados a realizar tours, de vez en cuando hacemos alguno que sí valga la pena. En Brasil nos gastamos de media mensual algo menos de 400 €/persona, mientras que en Colombia hemos reducido a menos de 300 €/persona. Las razones son varias: las distancias en Brasil son continentales, y aunque lo hicimos casi todo a dedo, tuvimos que invertir bastante dinero alojándonos en cada punto del camino; en Colombia todo es más barato (no mucho, pero se nota); y la experiencia viajando, regateando y aplicando trucos.

Ruta hecha por Brasil y Colombia en los 5 primeros meses de viaje.

A modo de ejemplo, en un momento del viaje llegamos a un punto alejado de cualquier otro núcleo de población (Puerto Nariño, en el Amazonas colombiano). Nos quedamos sin dinero puesto que no había cajeros allí, y queríamos quedarnos unos días más. Ahí surgió la idea del trueque: intercambiar publicidad y trabajo de fotografía por alojamiento gratuito. No siempre lo hacemos, por ejemplo, cuando el alojamiento es tan barato que no merece la pena, o cuando solamente queremos hacer noche en algún sitio. Sin embargo, nos ha dado resultado en diversas ocasiones y hemos quedado ambas partes altamente satisfechas. Aclarar que siempre que hemos hecho esto ha sido con sitios que realmente nos han gustado, ¡nunca publicitamos algo que nosotros mismos no utilizaríamos!

En Bogotá también intercambiamos publicidad por alojamiento. Nos encantó este hostal.

El gasto en las ciudades suele ser más elevado: por el alojamiento, porque tendemos a comer más a menudo fuera de casa, por el transporte dentro de la ciudad (en grandes ciudades este punto es inevitable y el autoestop no es una opción), y de que además nos concedemos más caprichos (a todo el mundo le apetece de vez en cuando sentarse en una terraza a tomarse una cerveza, un helado o un batido de frutas).

De momento no hemos generado ingresos, pues tan sólo hace 5 meses que salimos de casa con nuestros ahorros listos para ser gastados. Sabemos que hay formas de ganar dinero viajando, y que mucha es la gente que las lleva a cabo (hacer artesanías, vender comida en la calle, hacer malabares, trabajos cortos y temporales, etc.). No obstante, nuestra idea es seguir disfrutando del viaje sin trabajar, hasta que se agoten los ahorros y tengamos que establecernos fijos en algún lugar para trabajar de nuevo durante algún tiempo. Seguiremos la filosofía de trabajar en países donde el sueldo sea más alto, para luego viajar por países donde todo sea más barato. De esta forma el dinero rinde mucho más.

Como ya hemos dicho, este es el estilo de viaje que nosotros hemos elegido. Sabemos que se puede viajar más barato y que mucha gente lo hace (obviamente también más caro). Sin embargo, pensamos haber encontrado el equilibrio que a nosotros nos satisface (de momento). Animamos a que cada uno encuentre el suyo pero… ¡no dejen de viajar!

Pueden consultar otros trucos relacionados con la economía del viajero en el post Viaja reduciendo gastos.

¿Creen que este presupuesto es alto?, ¿bajo?, ¿medio? ¿Qué se gastan ustedes cuando viajan? ¡Déjenos sus comentarios y compartamos más trucos sobre la economía del viajero!

Pinceladas de la Guajira: Riohacha, Cabo de la Vela y Punta Gallinas

La Guajira, en el extremo nord-oriental de la rica y variada Colombia, se ubica en la Región del Caribe, y es uno de los departamentos más pobres del país. Limita al norte y al occidente con el mar Caribe, y al oriente con Venezuela.

Ubicación del departamento de la Guajira.

Si el viajero ha aterrizado en Bogotá, habrá ido percibiendo conforme se haya ido aproximando a la costa, un cambio gradual en la economía y el estilo de vida de los lugareños de cada región, que sitúa a los caribeños en una de las posiciones más humildes.

 

Riohacha

La capital del departamento es Riohacha. Esta ciudad abre las puertas de la Guajira a la inmensa cantidad de turistas que se dirigen a contemplar, según dicen, los mejores atardeceres de Colombia en Cabo de la Vela.

Riohacha es una ciudad para entretenerse no más de una o dos noches. Es, talmente, lo que uno espera encontrarse como capital de un departamento como la Guajira: un núcleo modesto, no demasiado grande, con edificios bajos y construcciones austeras. Presenta su punto de mayor encanto en la zona del paseo y la playa, que para ser urbana, no está nada mal. Palmeras pintadas con ribetes de color rojo, azul y blanco; 5 km de extensión de arena blanca en los que dar un paseo al caer la tarde; una estampa multicolor en forma de artesanías hechas por los indígenas Wayuus.

Artesanía Wayuu
Artesanía Wayuu en el paseo frente al mar

La calle 1 es la que se sitúa en paralelo al mar. Las demás se numeran correlativamente partiendo de este punto central hacia la periferia. Para alojarse, son más abundantes los hoteles de presupuesto medio-alto en las cercanías de la calle 1.

No obstante, como alternativa diferente al hotel convencional –y por supuesto, más económica- está el Goa Hostel. Práctico, funcional, con habitaciones privadas y compartidas, cocina a disposición del huésped, y una terraza donde tomarse un tinto por las mañanas (cortesía de la casa).

Goa Hostel
Fachada del Goa Hostel

 

Cabo de la Vela

Este accidente marítimo y orográfico, de carácter desértico y semiárido, está a unos 180 km de Riohacha, dirección nordeste. En los últimos años se ha desarrollado un plan de ecoturismo subvencionado por el estado, que ha hecho posible que la totalidad del pueblo viva, precisamente, de esto. Del turismo.

El pueblo es, básicamente, un camino de polvo y arena frente al mar, con hospederías y restaurantes a ambos lados. Los Wayuus venden artesanías en forma de bolsos y pulseras, y hay una problemática bastante fuerte con la pobreza del lugar. En varias ocasiones se nos acercaron niños Wayuus para vendernos pulseras; si veían que estábamos comiendo, nos pedían comida que cogían de buena gana. Incluso en una ocasión nos pidieron una botella de refresco que nos dejamos a medias porque no nos gustaba. Entré a la barra a pagar el almuerzo, y cuando salí, me encontré a Sergio haciendo de barman hacia un grupo de mujeres y niños que se habían aglutinado alrededor de la mesa pidiendo vasitos de limonada.

Niños Wayuu
Los niños Wayuu en un poblado indígena

Esto refleja una realidad que no es del todo cómoda de entender. ¿Será que Colombia se ha olvidado de la Guajira? Se nos hacía raro que un lugar tan pobre como Cabo de la Vela, donde no hay electricidad durante el día ni suministro de agua en las casas, reciba en temporada alta turismo de yate y dinero.

Cómo y cuándo llegar

Se puede llegar a Cabo de la Vela por dos vías: Valledupar o Riohacha. Ambas rutas confluyen en Cuatro Vías, que es el punto donde empiezan a ofrecerte transporte hasta el propio Cabo, por 25.000 COP aproximadamente.

Desde Cuatro Vías y para llegar al Cabo, se pasa por Uribia. Uribia es el último pueblo donde sacar dinero en efectivo y contratar 4×4 que te lleven hasta el Cabo por 15.000 COP/persona.

Lo más económico, y lo que nosotros hicimos, fue llegar desde Riohacha hasta Uribia en autoestop. El tramo Uribia-Cabo de la Vela es bastante inviable hacerlo a dedo, puesto los que cogen este camino son básicamente camionetas de trabajo de indígenas o 4×4 que se dedican al transporte de turistas. No sabemos si en temporada alta puede darse el caso de que otros turistas, que se dirijan allí en coche particular, puedan daros parada.

Si buscas tranquilidad y precios más asequibles, vale la pena ir en temporada baja. De diciembre a enero, y en Semana Santa (periodo de temporada alta), Cabo de la Vela resulta ser un lugar de turisteo para gran cantidad de europeos, norteamericanos y colombianos de otras partes del país, que convierten cualquier cosa que allí se ofrezca (alojamiento, comidas y tours), en un bien cotizado y difícilmente regateable.

Alojamiento y restauración

Como norma general, las hospederías van aumentando de precio conforme se van alejando del pueblo, y acercándose a lo que es el Cabo propiamente dicho. Se puede dormir en tienda de campaña propia (nosotros conseguimos hacerlo por 10.000 COP/tienda y noche), en hamaca desde 8.000 COP, en chinchorro –que viene a ser una hamaca más amplia con la que uno puede taparse- desde 15.000 COP, o habitación privada desde 20.000 COP.

Hospedaje Cabo de la Vela
Aquí nos quedamos nosotros en Cabo de la Vela

Sin embargo, creemos que los mismos dueños de las hospederías te ofrecen un precio u otro según una serie de factores aleatorios que no siempre son conocidos, a saber: las pintas que lleves, el número de personas que seáis, cómo de ocupado tenga el sitio, lo que tú estés dispuesto a bajar, y la mueca que le hagas al escuchar lo que te pide de primeras. Dato ejemplo: por plantar la tienda nos pedían inicialmente 30.000 COP.

El agua para ducharse suele no venir incluida y se vende aparte en baldas. Una balda cuesta entre 1.000 y 2.000 COP, y es suficiente para dos personas (siempre que no haya cabellos de por medio que lavar). Conveniente llevar papel higiénico, pues tampoco suelen darlo. Otra cosa a tener en cuenta es que no hay suministro de agua, ni dulce ni salada, por lo que el sistema de alcantarillado es, básicamente, un cubo de agua de mar y un pozo ciego conectado al w.c.

Otras distracciones de la vida moderna, como las redes Wi-fi, tampoco han llegado hasta aquí. La electricidad la conectan de 6 de la tarde a 10 de la noche.

En general, muchas hospederías tienen también servicio de restauración para desayunos, comidas y cenas. Las comidas y cenas más económicas pueden encontrarse por 7.000-10.000 COP. Es difícil conseguir que te dejen utilizar la cocina, si deseas cocinar por tu cuenta, pero todo puede negociarse.

Qué hacer en Cabo de la Vela

Como atractivos, aparte de una playa de aguas azules en la que no siempre apetece bañarse, puesto que corre una brisita fresca, están los siguientes puntos:

El Pilón de Azúcar es una loma de unos 100 m de altura desde la que se ven los alrededores del lugar. También se aprecia ese corte en el mar, a partir del cual el fondo empieza a coger profundidad, y que divide la masa de agua en dos partes: una zona azul turquesa de aguas bajas, y otra azul oscura, mucho más profunda.

Pilón de azúcar
El Pilón de azúcar en Cabo de la Vela

Puede llegarse caminando desde el pueblo durante unos 45 minutos (cuidado con las horas de pleno Sol), o con una moto-taxi que te lleva desde 4.000 COP. La Playa del Pilón está justo a la izquierda de esta loma.

El Ojo del agua y el Faro están en el propio Cabo y también puede llegarse andando durante una hora desde el pueblo, o en moto-taxi por 4.000 COP. Cuando nosotros fuimos el Ojo del agua, zona sagrada para los Wayuus, estaba seco.

Otro de los atractivos del lugar es el Kitesurf. Las escuelas ofrecen clases desde 100.000 COP/hora. Yo aún no sé cómo tomarme que en un lugar tan pobre pidan, por 7 horas de trabajo, lo que gana un colombiano al mes con un sueldo mínimo. ¿Turismo burgués sólo apto para gringos y europeos? Una doble moral muy extendida.

 

Punta Gallinas

El camino de llegada

Para ir a Punta Gallinas es necesario contratar un tour-operador. El precio estándar es de 150.000 COP por persona, pero en temporada baja puede conseguirse más barato. Nosotros, aprovechando que éramos 5, lo conseguimos por 100.000 COP/persona.

El trayecto es de algo menos de 3 horas desde Cabo de la Vela y se realiza, la mayor parte, en 4×4. A la entrada de Bahía Hondita os recogerá una lancha para cruzar un corto tramo de unos 5 minutos.

El camino será, para más de uno, el inicio del disfrute. Para otros, un trámite ineludible con el que tratar de lidiar lo mejor posible. Si van en camioneta, agárrense bien para empezar a saltar con el vaivén de los baches, y coloquen lo más confortablemente posible sus posaderas.

4x4 a Punta Gallinas
Transporte para llegar a Punta Gallinas desde Cabo de la Vela

El paisaje está formado por árboles chatos cuyas ramas crecen más hacia los costados que hacia el cielo. Y muchos cactus. Si me hubiesen llevado con una venda en los ojos y un vacío espacio-temporal en la mente, hubiese apostado a que estábamos en plena sabana africana, obviando una fauna que tomaba como representante al chivo y no al león. La carne de chivo es plato típico de esta región, y los indígenas Wayuus comercian con ella. Como nos dijo un buen señor, “Aquí los hombres se miden por el número de chivos que tienen”.

Veréis que a lo largo del camino los niños Wayuus colocan cuerdas tensadas para que los carros tengan que pagar un peaje antes de pasar. ¡Ojo! Aunque por lo general el conductor los elude pitando sucesivamente hasta que aflojan la cuerda, algunos no se andan con tonterías, y obligan a parar e intercambiar un par de frases con él.

En el precio pactado viene incluido también un pequeño tour de 3 horas, desde el alojamiento en Punta Gallinas hasta la Playa de Taroa. Una playa extremadamente hermosa, con dunas de hasta 60 m de altura pero de corrientes fuertes. Te dejan una hora y media libre y después te recogen. También hacen parada en otros lugares no tan interesantes: el extremo más al norte de Sudamérica, un mirador hacia Bahía Hondita, y una parada en el Centro de Visitantes donde venden artesanías (bastante más caras que en Cabo de la Vela).

Bahía Hondita
El color del agua en Bahía Hondita es….¡espectacular!

Lo normal en este tour es que te lleven un día y te recojan al siguiente, pero nosotros creemos que es conveniente intentar hacer al menos dos noches en Punta Gallinas.

¿Alojamiento en Punta Gallinas?

Hay dos alojamientos en Punta Gallinas que alquilan hamacas por 15.000 COP, chinchorros por 20.000 COP, y te permiten plantar tienda a cambio de 10.000 COP/noche. Según el guía con el que vayáis os dejarán en un alojamiento o en otro, y no están tan cerca como para ir caminando para preguntar, comparar y elegir, aunque yo creo que cualquiera de las dos opciones será igualmente válida.

Nosotros estuvimos en “Alojamiento Alexandra”. Tienen servicio de restauración: a 7.000 COP los desayunos, y desde 12.000 hasta 40.000 COP el resto de comidas. Muy importante comprar agua en Cabo de la Vela antes de ir a Punta Gallinas.

A nuestra forma de ver, no tiene sentido llegar hasta Cabo de la Vela si no es para alcanzar el extremo norte de Sudamérica en Punta Gallinas. Este pequeño punto en el mapa está bastante alejado de cualquier otro, lo que hace precisamente que sea tan especial e inhóspito. Nosotros agradecimos, aparte de unos atardeceres que le cortan a uno la respiración, no sentir la incomodidad de estar en un sitio en el que excusarse constantemente porque no puedes comprar todo lo que te ofrecen, como es el caso de Cabo de la Vela.

Atardecer
Increíbles atardeceres en Punta Gallinas

 

Couchsurfing en el Cañón del Chicamocha

Llegada a San Gil

Desde nuestra última parada en Villa de Leyva, a San Gil (en el departamento de Santander) llegamos por los pelos. ¿Cómo por los pelos? A las 17h de la tarde no habíamos recorrido ni una cuarta parte del trayecto que teníamos pensado hacer ese día, y aún quedaban 3 horas hasta San Gil. Justo en el momento en que Sergio y yo estábamos deliberando sobre la idea de pasar noche dondequiera que estuviésemos o seguir sacando dedo en el arcén de la carretera, nos para un camión. “¿A San Gil? ¡Súuuubanse!”.

Couchsurfing en San Gil

Allí teníamos apalabrado hacer couchsurfing con Félix. ¿Couch qué? Couchsurfing. “Couch” significa sofá, así que la traducción literal sería “surfeando el sofá”. Se trata de una plataforma online a nivel mundial en la que anfitriones ofrecen un sofá, una cama, una habitación, lo que sea que tengan disponible, para que los huéspedes o viajeros que quieran puedan dormir allí por unos días. Cada persona tiene un perfil creado en el que describe sus gustos, hobbies, etc., y en el que se refleja su puntuación como anfitrión o huésped en base a los comentarios y notas que otros anfitriones y huéspedes han valorado según sus experiencias.

Pero espera un momento. ¿Por qué alguien va a querer meter a un desconocido en su casa, o va a querer meterse en casa de un desconocido? Fácil. Porque conocer gente nueva puede ser una experiencia muy gratificante, y si uno no está en su lugar de origen, tendrá la posibilidad de conocer el país que visita a través de sus gentes; sí, un intercambio cultural que no es más que una expresión más de la globalización en pleno siglo XXI.

Nacimiento de un plan: ¿Travesía por el cañón del Chicamocha?

Vistas antes de realizar el descenso al Cañón del Chicamocha.

A la mañana siguiente de llegar a San Gil, mientras desayunábamos, Félix nos propuso irnos de travesía un par de días al cañón del Chicamocha. Y nosotros, con el gesto habitual y la rapidez inmediata con la aceptamos esos dulces planes espontáneos, no tuvimos tiempo ni de parpadear antes de aceptar. Una hora más tarde estábamos reuniéndonos con su amigo David y subiendo a un bus que nos llevaría desde San Gil hasta Villanueva -por 4.800 pesos-, donde comenzaríamos la caminata.

De camino al cañón…

Nada más bajar del bus se nos unen un grupo de belgas algo despistados que van buscando el cañón. “¿Pero ustedes van a ir sin agua, ni comida? Bajar al cañón a mediodía no es recomendable”, dice David, quien, al igual que Félix, ha ejercido como guía de montaña y ha participado en rescates por la zona, encontrándose al rescatado en algunos casos teniendo alucinaciones derivadas de un golpe de calor. La pasión que David siente por la montaña toma reflejo en el programa de radio online que emite a las 12h de la noche, hora en Colombia: 1am de Montaña xtrema.

San Gil es un lugar de reunión de mochileros de todas las partes del mundo que vienen a practicar deportes de aventura, como rafting, parapente, barranquismo o bungee jumping. ¡Pero la bajada al cañón sin agua o calzado apropiado a ciertas horas del día podría suponer también un deporte de aventura y muy arriesgado! Se trata de un desnivel de 1.400 m bastante pronunciado, y tanto el descenso como su ascensión no deberían tener mayor complicación si se hacen a horas prudentes del día. Sin embargo, al mediodía no hay apenas sombras en el camino, y la orografía del terreno convierte a este punto en un hervidero al que no le llegan corrientes de aire y que absorbe el calor, irradiándolo de nuevo desde el suelo hasta bien entrada la noche.

Por este motivo, caminamos unas tres horas con un sol abrasador que nos advertía, llegamos a una finca en la que nos quedamos conversando, comiendo y tomando una par de cervezas, hasta las 5 de la tarde, momento en el cual despedimos a los belgas -ellos cogerían un bus a Santa Marta-, y seguimos camino.

Este río atraviesa el cañón del Chicamocha.

La palabra “Chicamocha” tiene su origen en la lengua de los indios Guane, y significa “Hilo de plata en noche de luna llena”. El hilo representa el río que lo atraviesa, que posee un color verde plateado debido a la cantidad de sedimentos que lleva. La belleza del entorno es… espectacular: la vegetación está adaptada a una región en la que pueden prolongarse los periodos secos, y la tierra da vida a un arcoiris de púrpuras, amarillos, marrones, grises y verdes, que le dejan a uno embobado tratando de hacer recuento de colores.

Una vez allí, ¿dónde nos quedamos?

Tardamos algo más de 2 horas en bajar al cañón y unos 15 Km desde que salimos de Villanueva. Llegamos al hotel Shangrila (significa paraíso perdido) recién llegada la noche, y tras haber ido adaptando visión a la escasez de luz propia de los atardeceres.
En el hotel Shangrila, único en esta concreta zona, bien se pueden alquilar cabañas por 40.000 pesos por persona, dormir en hamacas por 20.000 o bien acampar con tienda propia por 15.000 (esto último es lo que hicimos nosotros, puesto que la llevábamos encima).

Puente colgante en el pueblo de Jordán.

El hotel tiene una piscina de agua natural en la que -por supuesto- nos bañamos nada más llegar, y desde la que pudimos contemplar un rato un cielo plagado de estrellas. Y estuvimos tan, tan a gusto, que al día siguiente decidimos quedarnos un día más. De día, las vistas desde la piscina y hacia el cañón son aún mejores; hicimos visita al pueblo de Jordán, a unos 3 Km, para comprar subsistencias, y nos bañarnos como niños que no han pisado nunca un río poco después. Por la noche, hacíamos rondas en las que cada uno contaba una historia. En esas conocimos a Máximo, un señor colombiano, pintor, y amante de la montaña, que se nos unió al juego.

De vuelta a San Gil, pasando por Barichara.

Máximo nos invitó, a Sergio y a mí, a hacer junto con un grupo de senderistas el camino de vuelta al día siguiente, esta vez pasando por Villanueva y llegando hasta Barichara, en un recorrido de algo más de 20 Km.

El pueblo de Barichara en Santander es famoso en Colombia.

Una vez más, aceptamos las inquietudes de este destino caprichoso, y tras algo menos de 3 horas de sueño, nos despertamos para desayunar y emprender la subida al cañón. Ésta es conveniente comenzarla no más tarde de las 6 de la mañana, pues como dijimos el Sol la hace muy dura e inconfortable. Caminamos toda la mañana, y pasado el mediodía llegamos a Barichara.

Barichara es considerado como uno de los municipios más bellos de Colombia y de los cascos urbanos coloniales mejor conservados. Este municipio declarado monumento nacional en 1975, constituye un documento arquitectónico de la época de la Colonia.

Allí aprovechamos para comer, pasear, sacar algunas fotos –al que le guste la Fotografía éste es un buen lugar para entretenerse-, y regresar a casa de Félix en bus, tremendamente cansados, pero encantados de haber vivido una experiencia como ésta, retomando ese contacto con la montaña que tanto nos gusta.

Jordán, el perro, nos acompañó durante todo el recorrido. En la foto preguntando a un señor dónde comer.

Gracias a Félix, David, Máximo, y a todo aquel que conocimos por el camino, incluido Jordán, nombre que elegimos para el perro que anduvo con nosotros este último día, protegiéndonos de todo carro, can ajeno o maldad. En Barichara, visitamos una clínica veterinaria con él, y tuvimos varias ideas que aún mantenemos en mente. Pero éste, amigos míos, es otro cuento que, quizás, les contemos más adelante ;).

 

Villa de Leyva, pueblo patrimonio de Colombia

Primeras impresiones

Érase una vez, en un lugar de la región andina ubicado en el interior del departamento de Boyacá, a unas tres horas de Bogotá, un pueblo llamado Villa de Leyva.

Villa de Leyva, departamento de Boyacá, Colombia.

De calles empedradas, arquitectura de estilo colonial, y unas vistas a unas montañas de líneas curvas que arropaban la villa, como resguardándola del frío, este lugar tomaba una vida casi impropia de las zonas rurales, los fines de semana. Momento en el cual, los foráneos -de la villa o del departamento-, se alargaban en carro para dar un paseo, comprar un souvenir en alguna tienda para turistas, o simplemente, tomar un tinto -un café, que no un vino- en alguna de las cafeterías de los alrededores de la Plaza Mayor. Algunos se quedaban a pasar la noche; otros iban a matar las horas muertas de los domingos por la tarde. De vez en cuando, se avistaba algún que otro mochilero; tampoco era raro ver a turistas de origen más burgués.

Desde el coche, en la carretera de llegada, ya era posible divisar los dos tipos de paisaje que conforman el lugar: zonas de páramo, con nacimientos y reservorios de agua, y zonas de desierto.

Villa de Leyva presenta clima suave todo el año: de día, calorcito de manga corta; por la noche, chaquetita para salir a la calle y edredón y manta con los que taparse en la cama. Perfecto. Y época de lluvias un periodo concreto del año, aunque por lo general no llueve mucho.

 

Un poco de historia "reciente"

El pueblo se fundó en el siglo XVI con la finalidad principal de crear un lugar donde los soldados españoles, después de la guerra de la conquista, pudieran establecerse. Debido a esto es que la villa posee la Plaza Mayor, proporcionalmente muy grande a la extensión del municipio: porque allí formaban e impartían órdenes a los regimientos militares.

Siempre hay tiempo para divertirse un poco... (Plaza Mayor)

Con la fundación del lugar se pretendía solucionar, además, problemas sociales como el desempleo en las poblaciones de Tunja y Vélez, y crear también un núcleo de despensa de alimentos para las poblaciones aledañas.

Villa de Leyva, como pueblo patrimonio, también tiene un vínculo importante con el cosmos. Comunidades indígenas que se reunían para el estudio de los cielos convierten al municipio en un observatorio astronómico natural, desde épocas precolombinas y actualmente, por grupos especializados. Asociaciones de astrónomos se reúnen en enero de cada año para intercambiar conocimientos y compartir experiencias.

 

¿Cómo llegamos y dónde nos alojamos?

Salimos por la mañana desde Zipaquirá, y llegamos a dedo en un total de 4 coches, 140 km y 5 horas -este fue nuestro primer contacto haciendo autoestop en Colombia. Objetivo del día cumplido, por lo que vimos que también aquí puede ser un buen método de transporte-.
La oferta para alojarse es amplia y variada, puesto que el sitio es turístico. Hay hoteles más caros, hospederías con todo lo necesario a precios más asequibles, e incluso un par de campings a las afueras del pueblo.

Hospedería el Manzano

Nosotros nos alojamos en Hospedería el Manzano, asequible, cómodo y bien ubicado: cerca de la Plaza Mayor y el núcleo del pueblo.

Hospedería el Manzano.

De estilo retro y techos abuhardillados, se trata de un alojamiento que cuenta con habitaciones dobles, triples y cuádruples equipadas con televisión digital, baño propio o compartido, cocina, conexión wifi y una terraza con vistas al pueblo.

Vistas desde la terraza.

Una de las áreas es convertible en apartamento privado, ideal para familias o grupos de 4-6 personas. ¡Y además admiten mascotas!

 

 

¿Qué hacer? Lo que nosotros opinamos

Este apartado podría dividirse en dos: la parte cultural de la villa, y la parte rural. No vamos a enumerar un listado con todos los puntos de interés existentes, puesto que estos podéis encontrarlos aquí bien explicados. Os vamos a dar nuestra opinión, la de dos mochileros saltimbanquis que van de aquí para allá.

Casi llegando al pueblo.

Villa de Leyva es un pueblo tranquilo, rural, aunque no por ello carente de vida en las calles. Perfecto para quedarse un par de noches o alargar estancia si el visitante desea una semana de relax y cultura.

En el pueblo hay agencias que ofrecen excursiones para hacer barranquismo, montar en quads o a caballo, practicar espeleología, etc, pero no son baratas para un presupuesto mochilero, y en realidad estas actividades pueden realizarse en cualquier otro lugar.

Como puntos de interés natural están los Pozos Azules, las cascadas de la Periquera, o la laguna de Iguaque. A los primeros dos puede llegarse caminando o alquilando unas bicis (entre 5.000-7.000 pesos la hora). A la laguna de Iguaque sólo se llega caminando, pues hay que subir una loma que alcanza los 3.400 m.

Se paga una entrada que, aunque no es muy cara (6.000 pesos en el caso de los Pozos Azules, o 10.000 pesos para la Periquera, donde se puede acampar), infringe parte de mis principios. ¿Por qué? Porque los espacios naturales deberían disfrutarse libremente, aunque en este caso los terrenos son propiedad privada.

Y ya que no tenemos otra opción (toda postura es entendible), ¿vale la pena? Bueno, nosotros hemos podido disfrutar de paisajes mucho más bonitos, repito, sin entradas de por medio. Entonces, ¿vamos a Villa de Leyva o no vamos a Villa de Leyva? Como todo sitio turístico, es un poco más caro que otros lugares de colombia, pero el pueblo es muy lindo. Vale la pena perderse un par de noches y pasearlo, pero tampoco os obsesionéis en acaparar todo lo que ofrece. Consultad fotos en Internet y pagad para hacer lo que realmente pensáis que os va a merecer la pena.