Accidente en la carretera

Esta noche ha tenido lugar un incidente que me ha disparado los niveles de adrenalina al máximo y me ha sumido, a continuación, en un estado de letargo, calma y reposo. Como cuando activas el modo avión en el teléfono móvil o bajas el nivel de brillo de la pantalla; reduces el consumo de batería, pero no apagas el dispositivo.

Era ya tarde, prácticamente noche cerrada. Íbamos un total de cuatro personas en un camión al que nos acabábamos de subir, para llegar a un puesto de gasolina en el que irremediablemente esperaríamos el momento del alba, para seguir camino al día siguiente hacia Belém, Estado de Pará, Brasil. Cuatro pares de ojos fijos puestos en la carretera que efectúan un mismo movimiento: derecha, centro, izquierda. El cerebro registra las señales que le acaban de llegar y las traduce: moto, perro, hombre. Por lo que parece, el accidente acaba de tener lugar. El conductor aparca el camión en el arcén y bajamos poco más que alarmados. El cuerpo del hombre arrollado, boca abajo, en el lado izquierdo, no sabemos si yace muerto.

Vemos un camión que se acerca en sentido contrario. Abrimos los brazos en el aire intentando cortarle el paso. No ha visto el accidente, ni el cuerpo del hombre que está apunto de embestir. Ve a las cuatro figuras que salen como fantasmas en la oscuridad y realiza un zigzagueo. Con probabilidad cree que está siendo asaltado, pero consigue frenar a tiempo. Justo a tiempo. Los siguientes vehículos van parando por orden de llegada. Se reúnen algunas personas en torno al cuerpo, y lo mueven fuera del asfalto. Veo cabeza y brazo ensangrentados, pero el hombre consigue moverse con aire lastimero. Me doy cuenta de que he perdido a Sergio de vista. Entonces los ojos me van directamente al perro, que está tumbado inmóvil, solo. Quiero apartar la vista del charco de sangre que le sale del hocico, pero no puedo. La estampa me sume en un desagradable estado de tristeza. “El hombre es víctima del hombre. El animal es víctima del hombre”. Sin malinterpretaciones. Veo a dos grabando la escena y estallo en cólera. Me acerco gritándoles que aparten el móvil. “Debería daros vergüenza”. Por lo que consigo entender, parece que alguien ya ha llamado a los servicios de emergencia. Entonces vuelvo al camión.

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